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Megan Rapinoe: Cambio de juego

La notoriedad que alcanzó la futbolista estadounidense gracias al triunfo de su selección en el pasado Mundial Femenil ha dado relieve a las luchas por la paridad de género, y no sólo en el ámbito del deporte. Por sus posiciones políticas y su determinación, Rapinoe ha sido, también, una figura inspiradora para que todas y todos cambiemos de una vez las reglas del juego en la sociedad  

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Rapinoe en una de sus protestas durante el himno de Estados Unidos. Foto: Richard Heathcote/Getty Images
Rapinoe en una de sus protestas durante el himno de Estados Unidos. Foto: Richard Heathcote/Getty Images

Como era de esperarse, la selección femenil estadounidense de futbol ganó la Copa del Mundo que se jugó en Francia en julio de 2019. Si bien había serios rivales que podrían haber impedido a Estados Unidos conquistar su cuarta Copa (un triunfo sin precedente en el futbol femenino), la realidad es que desde la fase de grupos pudo anticiparse que la selección de las barras y las estrellas tenía ventajas asombrosas para volver a ser campeona. Esto quedaba claro, no solamente por su espléndido nivel de juego, sino por su espíritu casi maniático de victoria y por la confianza en sí mismas que mostraron las jugadoras, y que rayaba en la soberbia: “Tenemos el mejor equipo y el segundo mejor equipo del mundo”, declaró la defensa Ali Krieger. Y esto, curiosamente, todavía en nuestro tiempo puede parecer una transgresión, dado que en buena parte de la sociedad se tiene asumido que las mujeres, aun las más triunfadoras, deben actuar con modestia y humildad, o de lo contrario se les descalifica como engreídas. Por supuesto, también cabe señalar que se trata de un equipo predominantemente blanco y anglosajón que no parece muy representativo del país y que por momentos hace pensar en la demografía de suburbio de clase media alta. Pero esta acusación es también frívola y refleja una mentalidad políticamente correcta y moralizante.

Esta calidad de equipo es algo que no se veía, quizá, desde tiempos de la selección brasileña de 1970, y sé que la mera comparación con aquella alineación legendaria será considerada herética. Sin embargo, la suprema voluntad, la cohesión, el virtuosismo y el espíritu de juego mostrados por estas futbolistas son características que exigen ser puestas en relevancia. No queda duda: éste es el mejor equipo femenil de la historia, pero también es uno de los mejores equipos de futbol que han pisado una cancha, punto. A esto hay que sumarle que, tres meses antes del inicio del Mundial, las 28 integrantes de esta selección demandaron por discriminación de género a la US Soccer Federation. Es claro que en un caso de discriminación no importan los triunfos deportivos o logros de cualquier tipo, sino los méritos legales. No obstante, estas jugadoras fueron a la máxima competencia dispuestas a demostrar de manera contundente su calidad y sus atributos para poner en evidencia que merecían paga equivalente a la de los hombres y que no necesitaban favores de la justicia. Durante el campeonato, con la mirada del mundo puesta en la selección estadounidense, la Federación declaró que comenzaba pláticas de mediación para resolver la disputa.

El equipo estadounidense arrancó esta Copa arrasando a la selección de Tailandia por un abrumador 13-0. Ahí comenzó la controversia, cuando muchos comentaristas criticaron a las jugadoras por haber celebrado demasiado. Es una acusación un poco absurda, pero no carente de toda razón. Tener a un rival humillado de esa manera, más cuando se trata de un equipo sin experiencia, exige un poco de lealtad deportiva y no convertir más de una docena de celebraciones de gol en fiestas burlonas de la vergüenza ajena. La explicación que dieron, que cada celebración era simplemente una “explosión de alegría”, no terminó por convencer a sus detractores. Es cierto que venían a conquistar la Copa y era una manera deslumbrante de iniciar; sin embargo, el alboroto mostró falta de empatía. Las estadounidenses siguieron jugando de la misma manera contra sus demás rivales y anotando siempre al inicio de los partidos, ya fuera contra un equipo mediano, como el de Chile, al que derrotaron tres a cero (con siete jugadoras de reserva), o bien contra uno de gran calidad, como el de Suecia, al que le ganaron dos a cero. A partir de ahí, los partidos fueron más complicados: contra España, Francia (que muchos consideraban el favorito por jugar en casa y haber derrotado y empatado en fechas recientes a Estados Unidos) e Inglaterra; sin embargo, se impusieron cada vez por dos goles contra uno, con cuatro anotados por la cocapitana Megan Rapinoe. Y una vez en la final le propinaron una derrota, por dos goles a cero, a Holanda, ese país desafortunado que ha llegado a cuatro finales del mundo (tres veces en el Mundial masculino), pero nunca ha logrado quedarse con la Copa.

Megan Rapinoe Foto: Naomi Baker-FIFA

¿Arrogancia o autoridad?

Una de las acusaciones más escuchadas y discutidas al respecto de este equipo ha sido la de mostrar arrogancia. Sin duda, la manera en que proyectan autoridad, tanto en entrevistas y declaraciones como en su comportamiento en la cancha, refleja una enorme seguridad, lo que el crítico Franklin Foer ha llamado, “el sentido casi evangélico de su misión”. Sin embargo, este aparente engreimiento no ha influido en su capacidad para jugar y adaptarse a sus rivales, para cambiar estrategias y ser pragmáticas aun a costo del espectáculo, que aparentemente también es una prioridad de este equipo.

El estilo agresivo, gozoso e impaciente que ha impuesto la entrenadora Jill Ellis tiene en Megan Rapinoe a una de sus principales piezas. Si bien el equipo ha demostrado ser perfectamente competente incluso sin esta delantera, ella hace que la fluidez entre las líneas y la habilidad para replegarse en un parpadeo parezcan cosas sencillas, además de hacer goles insólitos. En una selección repleta de jugadoras fenomenales, Rapinoe, quien juega en el Reign FC de Seattle, ha logrado destacar por su energía, inteligencia y talento extraordinarios, una estratega que se echa el equipo al hombro y funciona como un motor inagotable, versátil e ingeniosa. Rapinoe tiene una prodigiosa destreza para poner el balón donde quiere, para imaginar trayectorias imposibles del balón y explorarlas, para anticipar reacciones de la defensa y la arquera, para buscar las opciones menos probables y explotarlas. Y esto es en gran medida un reflejo de su vida como una transgresora, inconforme y revolucionaria en el campo y fuera de él. Y si bien a los 34 años, y cargando varias lesiones, ya no es una jugadora particularmente veloz, obtuvo muy merecidamente el Botín de Oro (por ser la mayor anotadora, con seis goles) y el Balón de Oro (por ser la jugadora más valiosa del torneo) en esta Copa del Mundo.

 

Una activista en la cancha

La jugadora con el número 15 en la camiseta y el pelo morado es una activista abiertamente lesbiana, que declaró con desparpajo al término del campeonato: “No puedes ganar un campeonato sin gays en tu equipo. Nunca ha sucedido. Jamás. La ciencia está ahí para demostrarlo”.

Un icono gay en el futbol no tiene precedente. Rapinoe fue la primera atleta blanca en solidarizarse con el jugador de futbol americano Colin Kaepernick, y en cada partido llevaba a cabo un pequeño acto de protesta en contra de la brutalidad de la policía por motivos raciales, al poner, como él, una rodilla en el piso mientras sonaba el himno estadounidense. La Federación, temiendo una insurrección masiva que lastimara sus ingresos, o bien un boicot de la derecha, impuso la regla de que los jugadores debían estar de pie durante el himno. Rapinoe respetó la orden, pero sigue negándose a cantar el himno de su país o a llevarse la mano al corazón al inicio de los partidos. Lamentablemente, la carrera de Kaepernick fue destruida por la NFL y muy pocos de sus compañeros se sumaron a la protesta. Ella corrió el riesgo de que la Federación la castigara o le prohibiera ir al Mundial. La acusación de no ser patriota y la incapacidad, por parte del público, de separar el amor a la patria de la crítica a las políticas del gobierno o a las actitudes de ciertos sectores es un típico reflejo del rasposo conservadurismo retrógrada. Esto le ha costado ser objeto de ataques brutales de parte de misóginos, racistas y homófobos.

Megan Rapinoe Foto: Elsa/Getty Images

Rapinoe, quien nació en Redding, en una zona muy conservadora del norte de California, siempre estuvo consciente de los abusos e injusticias que sucedían en su país; sin embargo, a partir de 2016 decidió hacer algo al respecto, y fue convertirse en una “protesta ambulante”. Su actitud provocadora, seductora y extravagante ha hecho que gente como Foer la compare con uno de los más grandes deportistas de todos los tiempos, Muhammad Ali, y aunque señala que ella nunca sufrió las injusticias que él padeció, Rapinoe es también una atleta que, con elegancia y cierta fanfarronería, en la cumbre de su carrera, desafía al sistema para poner en evidencia sus defectos y aprovechar su fama para una causa social.

Aparte de antipatriota, Rapinoe ha sido personalmente acusada de ser ególatra, autoritaria, divisiva e impertinente. Esto refleja, obviamente, la intolerancia por su personalidad, que muy probablemente sería más aceptada si fuera hombre o si no fuera gay. Estas mismas masas, que de modo santurrón critican a Rapinoe, usualmente consideran que la esencia del espíritu estadounidense es la independencia, la rebeldía, el trabajo duro y el orgullo. Nadie mejor que esta jugadora para representar estos valores. Su respuesta a estos ataques fue su celebración de gol con un aire épico de dramatismo, con los brazos extendidos, como si fuera bailarina de ballet o cantante de ópera, que se volvió emblemática de este Mundial. El campo de futbol es su lienzo, su escenario y su medio de expresión.

Otras jugadoras de futbol han salido del clóset, pero sin duda nadie con la exuberancia de Rapinoe. El atrevimiento de confrontar a su propia Federación durante una Copa del Mundo para exigir igual paga que la de los jugadores de los equipos masculinos no fue la única controversia desatada por Rapinoe y su equipo: durante una entrevista declaró que, en caso de quedar campeonas, no le interesaba ir a la “fucking White House”. Esta aseveración desató la ira del presidente en turno, que en su estilo vengativo habitual se lanzó a atacarla vía Twitter. Nada ofende más al ocupante de la Casa Blanca que la insolencia de las mujeres y de la gente de color. Después de ese intercambio, Rapinoe saltó a la cancha a jugar el que será probablemente el mejor partido de su vida, en contra de Francia, un juego verdaderamente histórico en el que anotó los dos goles para su escuadra. Eso no calmó a las hordas de troles inspirados por Trump, que se lanzaron a agredirla con ferocidad, convirtiéndola en uno más de los blancos de su odio. Poco después de ese intercambio, Trump les dijo a cuatro congresistas, Alexandria Ocasio-Cortez (de origen puertorriqueño), Ilhan Omar (naturalizada estadounidense, pero nacida en Somalia), Rashida Tlaib (de origen palestino) y Ayanna Pressley (afroamericana), que se fueran a sus países de origen; antes le había dicho a Kaepernick, quien también es negro, que se buscara otro país. En cambio, y a pesar de su rabia, a Rapinoe, como es blanca, no la exhortó a largarse a ningún lado, poniendo en evidencia, una vez más, su enorme racismo.

 Megan Rapinoe Foto: REUTERS/Michael Chow-USA TODAY Sports

El futbol ha sido un poderoso fenómeno cultural y un transformador social que en gran medida ha abierto puertas a las minorías, ha servido para demoler prejuicios y crear sociedades más tolerantes a través del ejemplo de jugadores triunfadores de una variedad de etnicidades. Por supuesto que también ha dado lugar a muestras de racismo, xenofobia y misoginia, pero, a la larga, su impacto ha sido la normalización de la diversidad.

Sin embargo, las mujeres fueron mantenidas al margen por más de un siglo. En Inglaterra, hasta 1965, la Federación inglesa tenía prohibido a los clubes prestar sus terrenos y servicios a las ligas de mujeres. En el resto del mundo la situación era muy similar o incluso peor, ya que muchos ni siquiera consideraban la posibilidad de que existiera el futbol femenil. La prohibición comenzó a desaparecer en la década de los setenta, y la primera Copa del Mundo femenil, no oficial, tuvo lugar en Italia en 1970. Desde 1991 ha habido Copas Mundiales femeninas de la FIFA, y en cada ocasión el interés y la popularidad mundial han aumentado. Algunos países, principalmente en Europa, tienen ligas femeniles profesionales y amateurs competitivas y bien organizadas; varios han invertido generosamente en sus selecciones. Esto sonará en extremo obvio, pero no se puede negar que los salarios de los jugadores tienen que ver con la comercialización del juego, y el factor determinante para que el futbol femenino alcance a un público mayor se mide en términos de entradas a los estadios y espectadores frente a sus televisores. Mientras haya una diferencia desproporcionada por el interés que generan los partidos, las ligas y los campeonatos masculinos con relación a los femeninos, el abismo salarial será difícil de franquear. Los equipos femeninos muestran regularmente su talento, lo que hace falta es convencer a los medios de que ofrecen un mutuo beneficio.

Ahora bien, este Mundial femenino fue espectacularmente más exitoso que los anteriores: los boletos para ciertos partidos, como el Francia contra Estados Unidos, no sólo se agotaron en unas horas, sino que los precios alcanzaron miles de dólares. La liga femenina estadounidense ha generado en fechas recientes más ingresos que la masculina. Asimismo, Nike anunció que la camiseta del equipo estadounidense femenil ha sido la más vendida en la historia del sitio web de la empresa, y que muchos de quienes las compraron fueron hombres. Los anunciantes desempeñan un papel fundamental y determinan en buena medida las transmisiones de juegos por televisión (el medio que sigue siendo dominante). Y es muy significativo que todos los partidos de este mundial hayan sido transmitidos por las televisoras Fox y Telemundo, en Estados Unidos.

Megan Rapinoe Foto: REUTERS/Michael Chow-USA TODAY Sports

Cuando terminó la final, el grito que más se escuchó en el estadio fue “Equal Pay!” (“Igualdad de salarios”): el público se sumaba de ese modo a la exigencia de justicia salarial y el mundo era testigo de esa demanda. Así, el triunfo de la selección estadounidense se volvió una acusación en contra de la situación laboral de todas las mujeres, no solamente las futbolistas o las estadounidenses. En este caso, la exigencia se volvía incluso bochornosa, dado que el equipo masculino de Estados Unidos ocupa la posición 23 del ranking de la FIFA.

No obstante, es difícil imaginar un tiempo en que el futbol ya no sea misógino. A menudo, cuando las jugadoras de futbol aparecen en revistas, programas o sitios electrónicos, se les sexualiza, poniendo en segundo lugar su calidad como profesionales. Aunque así funciona el marketing, es frustrante. Basta recordar que, en 2004, el entonces presidente de la FIFA, el ahora caído en desgracia Sepp Blatter, dijo que lo que hacía falta para promover el futbol femenil era que las jugadoras usaran shorts más apretados. Las cosas han cambiado, pero el mero hecho de que el mismo día en que se jugó la final de la Copa del Mundo femenil también se jugaran la final de la Copa América y la de la Copa de Oro, demuestra cierto menosprecio.

No hay duda de que las actitudes han cambiado y seguirán haciéndolo, pero para que el cambio sea realmente determinante hacen falta más que buenos partidos; es necesario que los espectadores se apasionen y que surjan figuras que logren cautivar la atención y los sueños de los fanáticos: personalidades carismáticas, fascinantes y complejas como Megan Rapinoe, quien, más que una heroína, debe considerarse un modelo para ser acompañado en la obsesión y la subversión, y que más que ser celebrada, debería ser imitada. .

Desigualdad económica y salarial, lastres del futbol femenil

Por Andrés Gallegos

Mientras las gradas del Estadio Azteca se llenaban con entradas mínimas de 80 mil personas para ver las hazañas de la Selección Femenil de México en el segundo Mundial de Futbol para Mujeres en 1971, el Comité Organizador de ese torneo —no reconocido por FIFA— rechazó otorgar un premio de dos millones de pesos a aquellas jugadoras que iban a disputar una final mundial. No obstante el éxito deportivo del evento, la retribución económica se canceló para mejor ocasión.

La lucha de aquellas pioneras del balompié femenil en México se mantiene casi 50 años después. A pesar de crearse una liga para mujeres reconocida por la Federación Mexicana de Futbol (Femexfut) en 2017, la falta de incentivos económicos, el menoscabo de los derechos laborales de las jugadoras y las desigualdades de sus ingresos con los de sus colegas hombres han retrasado el desarrollo de las mexicanas que aspiran a ser futbolistas profesionales.

En cuanto al aspecto salarial, la mayoría de las jugadoras mexicanas ganan entre 2 mil 500 y 6 mil pesos mensuales, lo que representa ingresos inclusive inferiores al salario mínimo vigente en México (103 pesos diarios) y una violación a la Ley Federal del Trabajo. Una jugadora consolidada con convocatorias a la Selección Nacional llega a ganar 30 mil pesos mensuales, aunque mucho de ese ingreso procede de patrocinios. En contraparte, el jugador mejor pagado de la Liga MX varonil, el delantero chileno Nicolás Castillo, gana 400 mil dólares mensuales (7.8 millones de pesos).

Pero no sólo son los ingresos lo que pone en desventaja a las mujeres. Aunque las violaciones a las leyes laborales también existen en el futbol profesional varonil, las mujeres quedan más expuestas, ya que sus ingresos apenas les alcanzan para una vida digna. Por ejemplo, la delantera Alicia Cervantes, goleadora del Atlas, tuvo que salir del equipo en 2018 porque le negaron un aumento a su raquítico sueldo de mil 500 pesos mensuales.

En diciembre de 2018 se anunció que la directiva de las Chivas Rayadas del Guadalajara quitaría el sueldo y la beca escolar a las jugadoras con poca participación durante el torneo de liga. Sin embargo, la presión mediática y las protestas de las futbolistas obligaron a los altos mandos a revertir esa decisión.

Marlene Santos, columnista de La Jornada, aseguró en 2017 que la Femexfut puso condiciones de trabajo vejatorias para las futbolistas: por ejemplo, se les pedía no actuar de “forma masculina”, ocultar la homosexualidad y no embarazarse, bajo riesgo de despido.

Es cierto que las mujeres no generan los mismos ingresos económicos de los hombres, pero la liga femenil ha levantado interés público. En el primer torneo oficial (Apertura 2017), 290 mil personas acudieron a los partidos de temporada regular, las semifinales tuvieron entradas entre 15 mil y 20 mil aficionados, y la final entre Pachuca y Chivas, jugada en el Estadio Hidalgo, se jugó ante 32 mil personas que coparon el inmueble.

Seis meses después, la final del Torneo Clausura 2018, entre Monterrey y Tigres, fue vista por 2.1 millones de televidentes, y al menos el 30 por ciento de los hogares con la televisión encendida en Monterrey presenció el juego. Igualmente, el actual Torneo Apertura 2019 ya contará con el patrocinio del banco BBVA, luego de dos años de buscar respaldo comercial.

La disparidad financiera entre hombres y mujeres también se refleja a nivel mundial con el reparto de premios que hubo en el Mundial de Francia 2019. Estados Unidos, la selección campeona del mundo, recibió un premio de cuatro millones de dólares, de una bolsa de 50 millones repartida entre las 24 selecciones participantes. En contraparte, Francia, mejor selección masculina del mundo en 2018, recibió 38 millones de dólares y la bolsa total de premios del Mundial de Rusia superó los 400 millones de dólares.

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