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Los malos entendidos

Esperaba que su ópera prima fuera un hitazo, que le asegurara el Premio Nacional de Literatura, la inmortalidad, las grandes ventas, el respeto generalizado, su ascenso al Olimpo con todo y tenis. Pero no: el Reseñista tenía que fijarse en naderías como las comas mal puestas, en sus constantes caídas, en su escritura incipiente. ¿No podía simplemente haber visto las virtudes que se ocultan tras la máscara de los defectos?

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Al principio pensó en golpearlo. ¿Cómo era posible que el Reseñista lo leyera de una forma tan torcida? Una bomba en su casa, un secuestro prolongado, un disparo a quemarropa, el exterminio de su progenie, el exilio. Una reseña despiadada al libro del Reseñista que arranque de raíz todas sus aspiraciones literarias. No, reconsideremos lo esencial: una golpiza a domicilio.

Los amigos le dicen: no te fue tan mal. El Escritor Ofendido no se lo cree: es de los que ven los vasos medio vacíos siempre. Eso de verlos medio llenos es para poquiteros.

Esperaba que su ópera prima fuera un hitazo, que le asegurara el Premio Nacional de Literatura, la inmortalidad, las grandes ventas, el respeto generalizado, su ascenso al Olimpo con todo y tenis. Pero no: el Reseñista tenía que fijarse en naderías como las comas mal puestas, en sus constantes caídas, en su escritura incipiente. ¿No podía simplemente haber visto las virtudes que se ocultan tras la máscara de los defectos?

Un día, el Escritor Ofendido se encuentra con un amigo que también es escritor —parece que nadie en el mundo encuentra otra cosa mejor que hacer que ponerse a sobar papel con tinta—, que le suelta: “Vi la reseña de tu libro. Qué bueno que alguien supo valorarte. Los reparos que te puso tienen algo de razón, pero lo importante es que su lectura fue atenta, certera”.

Desconcierto. Traición. ¿Me estará confundiendo con alguien más? ¿Seré más distraído de lo que supongo?

El Escritor Ofendido recuerda que leyó una sola vez, hace más de dos meses, la mentada reseña, y decide transitar el calvario de releerla.

Llega a casa, busca la revista justo donde la dejó, donde merecía estar: detrás del depósito del excusado. Lee. Hojea. Regresa. Relee. No entiende cómo pudo haber pasado. La reseña no le parece tan mala. Por momentos pareciera que el Reseñista lo considera un autor valioso, que el libro sale ganando. No todo es puntos a favor, claro, con las ínfulas condenatorias y el sempiterno dedo flamígero de sujetos como ése, nomás eso faltaba, pero aun así, el tipo se comportó menos cabrón de lo que recordaba. Lo lee de nuevo, por cuarta vez. Parece que sus ojos esmerilan las afiladas puntas de los insultos que creyó ver, que amansan la iracundia de la prosa que parecía al principio endiosada en sus reproches.

Asume su culpabilidad y sigue con su vida. De cuando en cuando abre la revista para buscar su reseña y, en efecto, cada vez le parece un mejor texto, más razonado, más cierto. Cuando pasen algunos años podrá decir que el Reseñista tuvo razón al señalar los defectos del libro, él mismo los verá así y tratará de seguir los consejos contenidos en la crítica para resanar sus debilidades.

Sonríe cuando piensa en que nunca imaginó que llegaría a agradecer los garrotazos, como un adulto que entiende que en la niñez fue doblegado por su propio bien.

Mucho antes de eso, un día se cruzará el Escritor Ofendido con el Reseñista. Se mirarán de frente. El Escritor Ofendido preguntará al Reseñista —a quien había retirado el saludo— cómo le ha ido. Estrecharán las manos. No habrá rencor ni disimulación en las palabras del Escritor Ofendido cuando se despida del Reseñista deseándole bienestar.

Luego de darse las espaldas y retornar a sus respectivos asuntos, la sorpresa será toda para el Reseñista, quien se preguntará cómo ha podido este escritor sobrevalorado, siendo como son los escritores —y para qué mencionar a los sobrevalorados—, perdonarle aquella reseña que le escribió —aquel ajuste de cuentas personal, alevosamente injusto— tan cargada de insultos, escrita con la más ácida de las malas leches. m

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