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Las manos que dan vida a un museo

Desde la generación de una idea hasta el montaje de una exposición, son cada vez más los profesionales —historiadores, fotógrafos, diseñadores, museógrafos, contadores, educadores— que comparten sus saberes y habilidades para enriquecer la experiencia de los visitantes de un museo.

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Son casi las 7:30 de una bochornosa tarde de verano y en el Museo de Arte de Zapopan (MAZ), en Jalisco, se rompe el habitual silencio de la sala Juan Soriano. Ante más de medio centenar de personas que lo rodean formando una media luna, el pintor mexicano Enrique Oroz, vestido de traje oscuro y sin corbata, con el pelo engominado, habla sobre su exposición A mano armada, inaugurada en mayo pasado. Sobre su obsesión por pintar sexos femeninos, dice:

—Es la manera que encontré para sazonar mis cuadros.

Afuera del museo, el público ha comenzado a transitar por una alfombra roja colocada en el pasillo central. La razón: celebrar la primera década de vida del MAZ, un hecho relevante si tenemos en cuenta que se trata de un museo municipal dedicado al arte contemporáneo y que depende por completo de los recursos del Ayuntamiento de Zapopan.

Entre los presentes están muchos integrantes de los equipos de trabajo que ha tenido el museo: artistas, claro, pero también museógrafos, curadores, diseñadores, arquitectos, administradores, comunicadores, escritores, músicos, periodistas, críticos, poetas, videoastas, editores, escenógrafos, restauradores y un largo etcétera.

Todas estas personas representan la gama cada vez más amplia de profesionales que ponen sus saberes al servicio de una exposición o incluso de un proyecto museístico.

Sin embargo, esto no siempre ha sido así.

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Encuentro a Gutierre Aceves (San Francisco del Rincón, 1955) en la Casa ITESO-Clavigero. Además de dirigir este museo, instalado en una de las casas mejor conservadas de Luis Barragán en Guadalajara, Aceves es un experimentado curador, especializado en los siglos XIX y XX mexicanos.

Cuando él empezó a trabajar, en la década de los ochenta, a los curadores no se les prestaba tanta atención como ahora; de hecho, no se les llamaba curadores —término reservado para los investigadores de la colección de un museo—, sino “investigadores huéspedes”. Como se sabe, el curador de una exposición es quien hace el guión museológico, lo que equivale, en términos sencillos, a contar una historia.

Sentado en una de las mesas del elegante patio de la Casa, mientras se toma un café, Aceves rememora cómo era la cosa para los universitarios al final de los setenta:

—No había opciones laborales. Los que estudiábamos carreras como Historia del Arte sabíamos que tendríamos que dedicarnos a la docencia y a la investigación, o esperar a que se muriera alguien en Estéticas [Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM]. No había espacios ni becas. El mundo de los museos era ajeno a las licenciaturas y los pocos puestos disponibles eran manejados como puestos políticos.

No fue hasta que Graciela de la Torre —actual directora del Museo Universitario de Arte Contemporáneo de la UNAM— tomó las riendas del Museo Nacional de Arte (Munal), durante los años ochenta, que los museos mexicanos comenzaron a integrar investigadores en sus equipos de trabajo.

Gutierre Aceves identifica dos momentos clave que han detonado el trabajo interdisciplinario: cuando los departamentos de museografía y de investigación comenzaron a dialogar en el interior de los museos —algo aparentemente obvio, pero que en la práctica no ocurría—; y la apertura del arte hacia nuevos discursos, provenientes de la filosofía, la ciencia y la comunicación. Aceves rastrea este momento en el siglo XIX con el Romanticismo y, ya en el siglo XX, con artistas como Marcel Duchamp, que abrieron el rango de lo que se entendía hasta entonces por arte.

Al término de la entrevista, Gutierre Aceves me invita a recorrer la exposición que se presenta en Casa Clavigero: Los árboles y la ciudad, una muestra que le rinde homenaje a la amplia variedad de especies que abundan en Guadalajara y que resalta tanto su belleza como sus beneficios. En la planta alta está quizá la sala más llamativa: dentro de unas vitrinas de cristal se exhibe una exquisita y delicada selección de pequeñas flores, ramas, semillas y hojas disecadas del jardín botánico del iteso, botón de muestra de un trabajo interdisciplinario que, en este caso, involucró a biólogos, arquitectos, urbanistas y a Rodolfo Chávez, claro, el querido y respetado jefe de jardineros de la Universidad.

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Aunque algunos no son tan rimbombantes, hay profesiones y oficios que son fundamentales en la vida de un museo. Están, por ejemplo, los administrativos, sin cuyo soporte ninguna exposición se podría llevar a cabo. Otra área indispensable es la relacionada con el aseguramiento de las obras. Alicia Esparza (Guadalajara, 1955) es de las pocas vendedoras de seguros que trabajan con museos e instituciones culturales en Guadalajara. Representa, entre otras compañías, a la francesa AXA. Cuenta, vía telefónica, que lo peculiar de asegurar obras de arte son los costos: “Es tan sencillo que se roben un cuadrito. Un Rufino Tamayo, por ejemplo”. Explica que, básicamente, hay dos tipos de seguros para piezas artísticas: el seguro “clavo a clavo” (que abarca desde que se descuelga la obra hasta que regresa de nuevo a su lugar de origen) y el de estancia (que responde sólo frente a daños ocurridos dentro del museo). ¿El hecho de trabajar para museos ha hecho a Alicia una persona más interesada en el arte? Dice que sí, pero cuando le pregunto por las exposiciones a las que ha asistido, responde: “Estoy como Peña Nieto: no me acuerdo de los títulos”.

Foto: Pedro Andrés

Gerardo Muñoz (Durango, 1964), por su parte, trabaja en el área de ventas de Autotransportes Internacionales en la capital jalisciense. Dice que manejar obras de arte es algo delicado: “No se puede trabajar con prisas”. No cualquier empresa de transportes puede trabajar con museos. Se requieren camiones con suspensión de aire, climatizados y con rieles especiales que evitan el maltrato de las piezas.

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La llegada de nuevas tecnologías a los museos ha propiciado el surgimiento de muy diversas empresas, fuente de trabajo para comunicadores, cineastas, diseñadores, maquillistas, vestuaristas, escenógrafos, escritores y editores. Es el caso de Aset Films, productora integrada por Joel Solórzano e Isis Bobadilla, quienes hace poco aterrizaron en Guadalajara, provenientes de la ciudad de México, previa escala en Querétaro. En su vertiente museística, Aset Films apoya la museografía de distintos proyectos a través de la producción de materiales visuales, interactivos y didácticos.

“Sabemos que la estrella del show es la exposición en sí misma”, dice Solórzano (DF, 1975), licenciado en Comunicación y Periodismo por la UNAM, especializado en Producción Avanzada para Televisión y Montaje Cinematográfico por el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC). Un problema de alergias lo obligó a huir de la capital para buscar horizontes en otras ciudades del país; espera quedarse en Guadalajara, donde ya tienen varios proyectos, “aunque hasta ahora no nos hemos podido colar en ningún museo”. Aparentemente, el proyecto más próximo es un video interactivo para el Museo de Paleontología Federico Solórzano, ubicado a un costado del Parque Agua Azul.

Hasta el momento, el trabajo más importante para Aset Films ha sido su participación en la exposición Un paseo por la historia, montada en la Expo Guanajuato en 2010 como parte de las celebraciones por el Bicentenario de la Independencia. La muestra consistía en un espectáculo audiovisual con elementos interactivos montado en 18 salas, cada una de las cuales presentó un episodio de la historia patria. Entre otros productos, Solórzano y su equipo fabricaron una réplica de un vagón de tren que vibraba y producía cierta ilusión de movimiento cuando el espectador se subía, y permitía ver imágenes de la Revolución Mexicana a través de pantallas instaladas en las ventanas del vagón. Solórzano admite que luego de la celebración del Bicentenario, el gobierno dejó de invertir en este tipo de producciones. Antes, Aset Films había sido contratada para hacer un video educativo sobre la tumba de Pakal para el museo de Palenque, como parte de la renovación museográfica que el arquitecto y museógrafo José Enrique Ortiz Lanz emprendió entre 1994 y 1999 en el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

Optimista, el realizador capitalino observa un fenómeno que le parece muy llamativo: el crecimiento del número de museos municipales en el país. “Hay unos muy chiquitos, sin mucha idea, pero hay otros muy interesantes como, por ejemplo, el Museo José Alfredo Jiménez, en Dolores Hidalgo, Guanajuato. Creo que en el futuro va a haber más apertura, más trabajo para profesionales, pero se requiere mayor especialización”.

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El trabajo interdisciplinario que vincula a profesionales con los museos no podía estar desvinculado de la academia. Al menos no del todo. La empresa Margen Rojo, dirigida por Ofelia Martínez (Lagos de Moreno, 1955), es la confirmación de aquella frase que, de cuando en cuando, se escucha en boca de algún profesor universitario: “No hay nada más práctico que una buena teoría”.

Egresada de la carrera de Comunicación Gráfica de la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM —conocida popularmente como San Carlos—, Martínez tuvo entre sus maestros a artistas visuales, gente de teatro y filósofos, varios de ellos emblemáticos de la cultura de los años setenta. “Ellos nos abrieron el campo para tener una perspectiva mayor tanto en el arte como en la búsqueda del conocimiento y el disfrute estético. Y fue el maestro José de Santiago (escenógrafo) el que me invitó por primera vez a trabajar en el Museo del Caracol del Castillo de Chapultepec”, recuerda Martínez, a quien entrevisté a finales de 2011 en la cafetería de la biblioteca del ITESO, después de que dictara una conferencia a estudiantes de la primera generación de la licenciatura en Gestión Cultural.

En 1985, asociada con Gerardo Portillo, con un restirador y material de dibujo como capital, fundó Margen Rojo, empresa que en un principio se dedicó a hacer catálogos. Cuatro años más tarde, en 1989, recibieron una beca de la unam para hacer una investigación, lo que permitió a Portillo y Martínez recorrer Estados Unidos, Canadá y Europa, y vincularse con cineastas, biólogos, historiadores del arte, diseñadores y artistas visuales. Entonces dieron un gran salto: de hacer catálogos pasaron a plantear exposiciones y a diseñar museos temáticos.

El Museo de Tlatelolco, en el DF, es uno de sus trabajos más recientes. Se trata de un museo de sitio, coproducido entre el INAH —que puso la colección de piezas arqueológicas de la zona— y la UNAM —que puso el espacio: varias áreas del antiguo edificio de Relaciones Exteriores—. Margen Rojo coordinó el trabajo de dos grupos de investigadores. El museo, que consta de dos salas principales y una colección de 270 piezas, fue inaugurado a finales de 2011.

Lectora compulsiva de textos ensayísticos que especulan sobre qué está pasando en el mundo del arte, Martínez es una profesionista que, a la par de sus proyectos en Margen Rojo, no se olvida de dos cosas: de estudiar (realizó la Maestría en Artes Visuales en la Escuela Nacional de Artes Plásticas y el Doctorado en Bellas Artes en la Universidad Politécnica de Valencia) y de dar clases. Su tesis doctoral, por cierto, aborda el tema de los museos de arte.

“Creo que los museos de arte viven una gran crisis de identidad, porque de pronto no se tiene claro qué es arte y qué no es. Son elitistas. A mí me preocupa algo que he platicado con especialistas: ¿Cómo hacer para que la gente se acerque al arte? Porque yo creo que el arte te salva. Para mí en las grandes crisis existenciales del ser humano, el arte, la música, la danza, entrar a un museo, te salva, te da otra perspectiva. A mí me gustaría, y en eso estoy trabajando, crear o romper espacios para que el arte llegue directamente a un público más amplio. No sé si con eso se acabaría la magia del arte. No sé si, como dice el español José Luis Brea, el arte pasaría a ser otra cosa”.

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Cuando a Graciela de la Vega le propusieron en 2001 hacerse cargo de un ambicioso proyecto museístico, tuvo un claro y único motivo de inspiración: las niñas y los niños.

Hoy Chela, como la llama cariñosamente la gente, es la directora-fundadora del Museo Trompo Mágico de Guadalajara. Construido en un terreno de 10.5 hectáreas al poniente de la ciudad, con un área construida de 12 mil metros cuadrados, es el único de los museos interactivos del país con un programa permanente de fomento a la lectura y con un programa de educación para la paz.

“Este museo se hizo a sí mismo y se sigue haciendo. Aquí se produce todo: software educativo, piezas de comunicación, las exposiciones temporales y la permanente, los talleres”, explica De la Vega en su oficina, un espacio iluminado y alegre, repleto de libros, discos, plantas, cuadros, dibujos y juguetes. Hace hincapié en el hecho de que el Trompo Mágico es un museo de cuarta generación. De acuerdo con esta clasificación, hay museos de primera generación (los contemplativos); de segunda (los de ciencia y tecnología); de tercera (los interactivos) y, finalmente, de cuarta generación: aquellos que reúnen todo lo anterior y que además están cimentados en un proyecto educativo.

Egresada de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación del ITESO, De la Vega no ha olvidado sus vínculos con la universidad. De hecho, fue un equipo de maestros y estudiantes de la Maestría en Comunicación de la Ciencia y la Cultura del ITESO —encabezados por Guillermo Orozco—, el que dio forma al proyecto educativo del museo, aprobado después por la Secretaría de Educación. Este equipo interdisciplinario conceptuó las tres salas de ciencia del Trompo Mágico: “Ombligo”, dedicada al cuerpo; “Cacalota”, dedicada a la Tierra; y “Eureka”, a los avances científicos y tecnológicos.

En 2004, durante una sesión anual de la Red Europea de Museos y Centros de Ciencia (Ecsite) en Michelen, Bélgica, Chela conoció la exposición Diálogo en la oscuridad, ideada por el periodista alemán Andreas Heineke, que busca sensibilizar a los espectadores-participantes acerca de las condiciones en las que viven los invidentes en una ciudad. Producida en su totalidad por el equipo del museo (asesorado por Heineke, quien visitó Guadalajara), esta exposición fue inaugurada en julio de 2009, y es quizá la más recordada por el público.

De la Vega interrumpe la entrevista para mostrarme algunos juguetes populares, hechos por artesanos de Jalisco, que fueron exhibidos en la exposición Tú la traes, de 2007. Sobre la mesa pone un trenecito de madera. Luego trae una sirena de trapo. También me muestra una viborita amarilla de madera que reposa en el librero.

“Sí, respondiendo a tu pregunta, sí somos un equipo interdisciplinario, pero que consulta a sus usuarios: las niñas y los niños. Contamos con un gran equipo, talentoso y con gran potencial de compromiso social”, dice con una sonrisa.

Después de despedirme de la directora, decido dar una vuelta por el museo. Es sábado, uno de los días con más visitas. En las salas se percibe una intensa actividad: niños aquí y allá, saltando de una sección a otra. A diferencia de la mayoría de los museos de la ciudad, éste es un espacio de “sí tocar”, y ahí están los chiquillos apretando cuanto botón encuentran, armando y desarmando vehículos robotizados, haciendo gigantes burbujas de jabón.

En el patio central hay una fuente formada por varios chorros de agua que salen del suelo. Un niño intenta cruzarla sin mojarse, ante la mirada vigilante de varios adultos. El camión de bomberos está a punto de salir a atender una “emergencia”. Veo aproximarse una locomotora con niños y papás, junto al Laberinto de la Paz (“Contemplar y pintar mandalas, caminar y meditar en ellos, ayuda a despejar la mente, concentrarse y ser más creativo”, reza un aviso). Un mambo de Pérez Prado se escucha por el sonido local. Movimiento y bullicio. Entrecruzamientos que sirven de metáfora para ilustrar el multifacético mundo de los museos de hoy. m

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