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La rapidez literaria

En la literatura, la distancia recorrida son ideas y la velocidad consiste en expresarlas con la mayor perspicacia posible, valiéndose de la menor cantidad de recursos ampulosos. A continuación cinco recomendaciones de diversos géneros, cinco formas de concebir la rapidez.

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La rapidez es el común denominador de los procesos modernos de producción. La trayectoria del hombre es incierta, la aceleración constante y el lector un cuerpo en reposo.  La velocidad se mide según el tiempo que le toma a un objeto moverse de un punto a otro. En la literatura, la distancia recorrida son ideas y la velocidad consiste en expresarlas con la mayor perspicacia posible, valiéndose de la menor cantidad de recursos ampulosos. Km/h equivale a palabras/ideas. En el caso de la rapidez literaria, desplazamiento es concisión y multiplicidad. En las experiencias de lectura el yo transcurre y el tiempo envejece. Rapidez no es lo mismo que brevedad y, sin embargo, son casi indisociables. La sucesividad y la discontinuidad del pensamiento —características inherentes al humano— han sido representadas estructural y estilísticamente por numerosos escritores. Ésta se puede evidenciar, por ejemplo, en la trama (precipitación de eventos espontáneos), el ritmo (fraseo vertiginoso) o la economía del lenguaje (       ). Ceremonia de la elipsis, la fragmentación y las sinécdoques, la literatura rápida sólo es apresurada cuando es de pobre manufactura. Según palabras de Leopardi, que rescata Calvino en su conferencia sobre la rapidez, se trata del éxtasis de ideas simultáneas que “hacen flotar el espíritu en tal abundancia de pensamientos o de imágenes y sensaciones espirituales, que no es capaz de abarcarlos todos”.

A continuación cinco recomendaciones de diversos géneros, cinco formas de concebir la rapidez:

 

Cataratas, de John Berger (Editorial Gustavo Gili).

Cataratas de John Berger

Éstas son las impresiones de un crítico de arte que recupera la vista, primero de un ojo y luego del otro, tras ser operado de cataratas. Como al ensayo rápido le basta una aguja para abordar un asunto de proporciones cósmicas, este texto —que bien podría titularse Elogio de la luz—, al reflexionar sobre una experiencia concreta, insinúa un modo de aproximarse a la composición elemental de un mundo extraordinario a detalle. Cataratas me hizo evocar la conferencia de Borges sobre la ceguerala teoría de Goethe sobre el color, y sentir que la realidad visible se precipitaba hacia mí, fulgurando.

 

Curso de filosofía en seis horas y cuarto, de Witold Gombrowicz (Tusquets).

Witold Gombrowicz

Enfermo, tras presentir su muerte, Gombrowicz se concedió el gusto de dictar un curso de filosofía íntimo para su mujer y un admirador. Conocido por sus diarios y novelas como Ferdydurke o Cosmos, este polaco dedicó sus últimas horas a revisitar, con talante crítico, la obra de Kant, Nietzsche y Sartre, entre otros. Estas notas nos conducen a través de la conciencia y la metafísica, la abstracción y el eterno retorno. La fast philosophy no se digiere tan fácilmente como la fast food, de modo que uno concluye la lectura con el estómago revuelto de dudas.

 

La cena, de César Aira (Beatriz Viterbo Editora).

La Cena César Aira

Seguidores de zombis: les advierto que esta novela tiene un final impredecible. Para César Aira, la narrativa no debiera resignarse a contarnos algo, sino ser un “juego de ideas”. Prodigioso inventor de artefactos narrativos, atenta contra la verosimilitud porque quiere inventar sus fórmulas, y contra la trama porque los sucesos del día a día no suelen tener principio ni final, mientras que el pensamiento, así como la vida, está lleno de acontecimientos esporádicos, accidentes sin sentido, eventos mínimos, sin desenlace.

 

Estampida de poemínimos, de Efraín Huerta (en Poesía Completa, Fondo de Cultura Económica).

Estampida de poeminimos Efrain Huerta

Herederos de las greguerías y de la picardía mexicana, los poemínimos nos recuerdan que la poesía no tiene por qué ser exquisita: también le pertenece al pueblo. Desprovista de su cualidad lírica, estas píldoras poéticas son genéricas de antidepresivos. En palabras del propio Efraín: “Un poemínimo es una mariposa loca, capturada a tiempo y a tiempo sometida al rigor de la camisa de fuerza. Y no lo toques más, que así es la cosa, la cosa loca, lo imprevisible, lo que te cae encima o sólo te roza la estrecha entendedera”.

 

Microgramas, de Robert Walser (Siruela).

Microgramas de Robert Walser

Con caligrafía gótica oscilante entre uno y dos milímetros de tamaño, Walser escribió cientos de textos fragmentarios que se nutren de cierta intimidad digna de la diarística a pesar de ser discontinuos; divagan desde y hacia el yo como el ensayo, se valen de la brevedad del cuento y la perspicacia de la crónica, son un vaivén del testimonio a la ficción. Su estilo es conversacional, un paseo costumbrista y se inflaman de recuerdos, lecturas, música, deseo. No podría decir que sus tres tomos sean ligeros; sin embargo, lo pesado no se opone a la rápido: miren a los trenes, desbocados cual microgramas, veloces en dispersión de sentidos.

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