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La otra historia. Edward Kienholz

Mientras Robert Rauschenberg extendía el lienzo a lo tridimensional, Kienholz combinaba ya sus pinturas con fragmentos de muebles, electrodomésticos y desechos, en un empeño que tenía que ver con la sátira y la crítica aguda a la cultura desde un lado perverso y terrorífico.

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Versiones de la historia hay muchas, pero también artistas dedicados a la transcripción de la historia no oficial, ese delicado arte comprometido en rememorar para detonar la experiencia estética sin pisar los linderos del panfleto. Uno de los padres del arte contemporáneo dedicado a la memoria colectiva, a los sucesos olvidados (o los que se insiste en olvidar), es, sin duda, Edward Kienholz, el rebelde con causa que en la mitad del siglo pasado se empeñó en hacer arte con el lado no amable de la historia.

En los años cincuenta nace lo que las vanguardias llaman el Funk Art estadunidense, en contraposición con el expresionismo abstracto y en constantes experimentación e investigación sobre la amplitud de medios de expresión de una idea. Mientras Robert Rauschenberg extendía el lienzo a lo tridimensional, Kienholz combinaba ya sus pinturas con fragmentos de muebles, electrodomésticos y desechos, en un empeño que tenía que ver con la sátira y la crítica aguda a la cultura —que también criticaba el Pop Art, pero desde un lado perverso y terrorífico. Ya en la década de los años sesenta, el artista se decidió por la creación de ambientes, por el montaje de escenarios, como monumentos a esa parte trágica, oculta e incomprensible de la memoria colectiva. El 2 de mayo de 1960, un convicto llamado Caryl Chessman fue ejecutado porque “no alcanzó” a llegar a tiempo la orden judicial que detendría su muerte. Ese mismo día, Kienholz comenzó un ensamblaje-instalación dedicado al suceso para reflexionar sobre la pena capital.

The Bronze Pinvball Machine with Woman Affixed Also, Edward Kienholz y Nancy Reddin Kienholz, 1980, Galería Haunch of Venision, en Londres, Inglaterra

En 1961 dio inicio la —digamos— etapa macabra del artista, dedicado entonces al choque y el horror mediante el arte, pero de una manera tan fina y poderosa que pocos se atrevían a criticar. De ese año es “Roxy’s”, recreación del famoso burdel Roxie de Las Vegas, con muebles hechos de partes femeninas y mujeres recreadas con huesos de animales, una feroz e impactante crítica a la misoginia.

En 1968, Kienholz creó una de las instalaciones más emblemáticas del arte contemporáneo: “Monumento portátil a los muertos”, instalación que desglosa ese punto no heroico de la guerra utilizando, precisamente, la iconografía bélica y los estímulos de la sociedad de consumo. El paseo, el ensamble, comienza con Kate Smith entonando su famosa interpretación de “God Bless America”, y sigue con una imagen del Tío Sam buscando enlistados, la recreación de la famosa fotografía de Joe Rosenthal en la montaña Suribachi que homenajea la Batalla de Iwo Jima, lápidas, una máquina expendedora de Coca-Cola y otros objetos e imágenes entre un conglomerado de típicos muebles para terraza. Una maravilla que resguarda el Museo Ludwig en Alemania.

En 1972, Kienholz conoció en una fiesta en Los Ángeles a la también artista visual Nancy Reddin, y del matrimonio surgió una seria colaboración; de hecho, casi toda la obra producida a partir de esta fecha es firmada por la pareja. Comienza así el momento de la abstracción y la edición de objetos para crear el efecto de shock, de guiños grotescos y crueles con los mínimos elementos. A partir de los años ochenta vuelve la crítica a la misoginia con una serie de objetos sobre la pornografía, el juego y los mensajes ocultos en los sistemas de mercadeo, como la famosa máquina Playboy pinball, creación de Hugh Hefner, a la que los artistas le agregaron un maniquí femenino de piernas abiertas y en la que el jugador mueve una pelota a empujones.

Al Funk Art se unieron Bruce Conner, George Herms y Paul Thek, entre otros creadores que todavía continúan con su tradición: la utilización de materiales de desecho para intentar restaurar un arte realista y con compromiso social, a partir de temas tan sensibles como aborto, violencia, pena de muerte, religión, locura, injusticia —y otros en algún sentido temporales, como las posibilidades de una guerra nuclear—, con el fin de subrayar no sólo esa otra historia, la que no se cuenta, sino también lo que yace debajo de la alineación moderna.

Kienholz murió en 1994, y forma parte de la historia oficial del arte, aunque muchos no quieran. m

 

Para ver

:: Galería de obra

:: En The New York Times

:: Museo Tinguely

 

Para leer

Kienholz: Signs of the Time, editado por Max Hollein (Walther König, Alemania, 2012)

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