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La nada en el laboratorio

Ahora la nada y el vacío son más utilizados que nunca antes: los encontramos en la notación binaria, en nuestra cavidad torácica, en las verduras frescas y conservadas en sistemas de enfriamiento al vacío, en los envases que nos rodean

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Foto tomada de sonicando.com
Foto tomada de sonicando.com

Nuestro interés por el vacío es tan antiguo como la humanidad misma. Desde el consuelo maya de que “nada existe, a excepción del cielo vacío y el mar en calma en la noche profunda”, hasta el relato del Génesis donde se lee que en su origen “la Tierra era informe y vacía, la oscuridad ocupaba la superficie de las profundidades, y el espíritu de Dios se movía por toda la extensión de las aguas”, o la provocación de artistas a la usanza de John Cage: “No tengo nada que decir y estoy diciéndolo y eso es poesía”.

 

El difícil camino hacia el vacío

Por extraño que parezca, la idea del vacío es difícil de intuir: a los mejores matemáticos de la antigüedad —“Los números son la mayor experiencia compartida de la humanidad” según John D. Barrow— les fue imposible descubrir el cero. Y es que la nada nos resulta incómoda, angustiante. Por ello, las teorías cosmogónicas funcionan como antítesis del vacío: en buena parte de ellas, los dioses habrían creado el mundo a partir de la nada.

En cambio, los filósofos naturales del siglo XVII fueron más pragmáticos y supieron explorar el vacío de una manera utilitaria: aquellos que, interesados en el comportamiento de los gases, notaron que para evacuar el contenido de un recipiente —es decir, para convocar al vacío— había que succionar la totalidad del aire ahí atrapado mediante bombas que ejercieran una diferencia de presión entre el interior y el exterior del recipiente. Hacia 1643, un alumno de Galileo Galilei llamado Evangelista Torricelli maduró una noción de presión atmosférica: esto es, que la atmósfera de nuestro planeta contiene un peso de aire que ejerce una presión sobre su superficie. El vacío, entonces, parecía estar lleno de aire.

Torricelli elaboró un experimento sencillo: tomó un tubo de vidrio de 75 centímetros y lo selló herméticamente en una de sus puntas, lo llenó de mercurio hasta el tope y cerró con su dedo la parte superior. Luego lo volteó para colocarlo de manera que la boca abierta quedara dentro de un recipiente que contenía mercurio; el mercurio bajó por el tubo y en la parte superior quedó un espacio vacío. En el momento en que Torricelli inició su experimento llenando el tubo de mercurio, no había aire en el interior de éste, pero con su descenso, el mercurio había dejado un espacio vacío en la parte superior del tubo. ¿Qué había en ese espacio? Si aquello no era aire, entonces debía ser un vacío. Y Torricelli había dado los primeros pasos para visibilizarlo.

 

Las tecnologías del vacío

Con el desarrollo de la física moderna en el siglo xx, las ideas acerca del vacío cambiaron de forma radical: desde la perspectiva de las teorías de la relatividad y de la cuántica, el vacío ya no representa la nada, sino el estado que posee la mínima energía posible. El vacío cuántico, cuenta Barrow, “es un hervidero de actividad, se ha mostrado como el fundamento de toda nuestra comprensión detallada de las partículas más elementales de la materia”, como si los físicos hubieran encontrado los argumentos que darían la razón al filósofo chino Lao-Tsé: “Treinta radios comparten el cubo de una rueda; / Mas sólo el agujero le da su utilidad. / Moldea una jarra con arcilla; / El hueco interior le da su utilidad. / Corta puerta y ventanas para la estancia; / Sólo estos vanos le dan su utilidad. / Se obtiene, pues, beneficio de lo que no hay. / La utilidad la da lo que no hay”.

En una escala menos abstracta, la importancia del vacío —defienden Laura Talavera y Mario Farías— “no estriba tanto en su generación, ni en el significado físico que tiene, sino en su gran utilidad que lo hace acreedor de un número enorme de estudios y usos”.

Ahora la nada y el vacío son más utilizados que nunca antes: los encontramos en la notación binaria, esa combinación de unos y ceros que sirve como materia prima para los códigos que permiten el control de la mayor parte de los sistemas. O nuestra cavidad torácica, que es un compartimento cerrado con una sola abertura hacia la tráquea: cuando el volumen de la cavidad aumenta, por el aire que ingresa, disminuye su presión y se genera un vacío que provoca que el aire sea aspirado hacia el interior de la tráquea. Cuando disminuye el volumen, aumenta la presión y el aire es expulsado, por lo que nuestra respiración depende sustancialmente del vacío. Recibimos las verduras frescas y conservadas en sistemas de enfriamiento al vacío que permiten la rápida evaporación de pequeñas cantidades de agua y combaten la descomposición durante el largo viaje desde el campo. Los envases metálicos que nos rodean, lo mismo que los de plástico, se llenan “al vacío” para colocar la cantidad exacta de contenido y preservar sus características químicas y físicas; los termos —con una pared doble que encierra un vacío— nos atemperan en días calurosos o nos salvan del tedio de los días con un café caliente.

Por eso, Italo Calvino, leyendo a Giacomo Leopardi, concluyó que “lo espantoso y lo inconcebible no es el vacío infinito, sino la existencia”. m.

 

Para seguir la conversación

:: El vacío y sus aplicaciones, de Laura Talavera y Mario Farías (FCE, México).

:: El libro de la nada, de John D. Barrow (Editorial Crítica, Barcelona, traducción de Javier García Sanz).

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