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La huella del maestro: A 25 años de la muerte de Ignacio Díaz Morales

¿Cómo imaginarnos sin la huella de Ignacio Díaz Morales? Todos los que en el occidente del país hemos optado por la arquitectura tenemos algo de este hombre; directa o indirectamente somos fruto de su esfuerzo y parte de su cosecha

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La conocida como «Cruz de plazas» de Guadalajara fue diseñada por Díaz Morales. Foto: Archivo
La conocida como «Cruz de plazas» de Guadalajara fue diseñada por Díaz Morales. Foto: Archivo

A la memoria del Maestro,

de mi tía Marga y de Isabel

 

¿Qué habría pasado si el arquitecto Ignacio Díaz Morales no hubiera existido? Es tan vasto el personaje y tan amplio su legado que es difícil responder a esta pregunta. Por ello, considero necesaria la ayuda del lector para complementar las ideas que aquí expondré.

¿Podríamos imaginar a Guadalajara sin su Plaza de la Liberación? ¿Sin su plaza central que recibe, que da la bienvenida y que verdaderamente une a las dos Guadalajaras? Por su ubicación, su uso y su proporción, por los edificios que la delimitan y su extraordinaria composición, este espacio público es, sin duda, la plaza más importante de la ciudad y una de las mejor logradas del país.

¿Qué habría sucedido si Ignacio Díaz Morales no hubiera fundado la Escuela de Arquitectura de la UdeG? ¿Si no se hubiera gestado esa semilla coyuntural e irrepetible que, con la incorporación de jóvenes talentos europeos, revitalizó el arte nacional y originó en esta ciudad un lenguaje propio de la mejor arquitectura de su tiempo en el país? ¿O si no se hubieran formado en esas aulas tantas generaciones, de las que surgieron varios talentos, algunos de los cuales contribuyeron a formar la Escuela de Arquitectura del iteso y posteriormente la Esarq?

¿Podríamos imaginar la arquitectura del occidente del país (y mucho más allá) sin la teoría de Ignacio Díaz Morales? ¿Dónde estaríamos ahora sin esos límites —tan indispensables en toda educación— que nos dieron una estructura basada en esencias y crearon en nosotros una sólida plataforma de despegue sin privarnos de la libertad creativa?

¿Los que nos formamos como arquitectos en esos tiempos podríamos imaginar nuestra educación sin las clases de Ignacio Díaz Morales? Esas clases en que nos hacía descubrir que estábamos inmersos en algo importante: el entendimiento de la vida humana y la arquitectura como consecuencia de ésta. Cuando al inicio de cada sesión se creaba un ambiente de expectación silenciosa, esa que surge al reconocer que estamos frente a un hombre sabio. Esas clases en que parecía que el maestro, con su enjundia y su pasión, se jugaba la vida en cada palabra; que no hablaba desde el fondo de su ser, sino desde el fondo de la Tierra y era capaz de hacerla temblar con tan sólo una de sus imborrables frases, pronunciadas al tiempo que golpeteaba el escritorio como enfatizando su trascendencia. Su presencia causaba gran admiración y respeto, pero también una contención que incluía un extraño miedo amigable. Su disminuido oído hacía que el monólogo se desarrollara en voz alta, de forma contundente y pausada, sólo interrumpido por los escasos valientes que preguntaban. Esas clases en que el maestro creaba una atmósfera de tal energía y entrega que parecía como si cada sesión fuera la última. Lo increíble y contradictorio es que todo esto transcurría imbuido en un alegre, cálido y refinado sentido del humor. Frecuentemente lanzaba retos para que sus alumnos defendieran algún tema controvertido, pues nada lo hacía más feliz que despertar en nosotros una postura personal. Los que tuvimos la oportunidad de enfrentarnos a él fuimos apabullados y demolidos en debates sin tregua, extremadamente desiguales, que motivaban risas entre los compañeros. Al final de éstos, uno quedaba con la satisfacción de haberse enfrentado a una avalancha, a un gigante que nos dejaba con vida y con energía desbordada para levantarnos para otra batalla. Después de sus clases nos sentíamos parte de una hermandad, de un ejército invencible con el cual lucharíamos hombro con hombro, piedra por piedra, día tras día, para defender la dignidad humana desde nuestra única trinchera: la arquitectura. Eran pactos no hablados, sellados en nuestra conciencia con fuerza tal que aún permanecen después de 38 años.

¿Cómo imaginarnos sin la huella de Ignacio Díaz Morales? Todos los que en el occidente del país hemos optado por la arquitectura —lo sepamos o no, lo aceptemos o no— tenemos algo de este hombre; directa o indirectamente somos fruto de su esfuerzo y parte de su cosecha. Considero que, en retribución y para honrar su memoria, el mejor homenaje que puede recibir Ignacio Díaz Morales es que recordemos su persona, conozcamos su obra y defendamos su legado. Todo esto envuelto en una palabra que jamás abarcará su generosidad: ¡GRACIAS!

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