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John Banville: el dictado del dios

Banville declaró una vez que él escribía porque no sabía escribir —y porque quería, en cada nuevo libro, aprender a hacerlo—. Tiene una obra vasta, una parte de la cual, consistente en novelas policiacas, está firmada con el nombre de Benjamin Black. 

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Foto: EFE
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Puede que se manifiesten como una ráfaga de viento inmotivada, en una mañana cuya limpidez no sugiera la conflagración de nubarrones que desatará una tormenta luego del robo de un beso por la tarde. (La mujer se mostrará sorprendida, como si no hubiera sabido que su belleza pedía ese hurto como una confirmación innecesaria: fingirá indignarse, como si no hubiera querido ese beso para pagarlo con una bofetada). O acaso se materialicen en un modo especial que el sol tenga de infiltrarse, a través de la oscuridad de la habitación donde un hombre podría morir hoy mismo, para iluminar la memoria de la juventud de ese hombre, cuando conocía a la vez la gloria y el precio que debía pagar por ella (ese mundo era Venecia, está en su sueño, él se halla en las inmediaciones de su tumba, pero el sol, allá y acá, aún no renuncia a iluminarlo todo). Puede ser, también, que su presencia adquiera la forma de una decisión repentina, que no habríamos tomado por nuestra cuenta. El caso es que los dioses deambulan entre nuestras ilusiones de voluntad y usurpan la potestad de nuestros actos, recelosos de lo poco que podemos hacer con el albedrío que nos obsequiaron, o bien por lo que conseguimos al desentendernos de ellos: “Ese amor, ese amor mortal, es creación propia de ellos, cosa que nosotros no pretendimos, barruntamos ni autorizamos. ¿Cómo no iba a fascinarnos? Les damos esa irresistible compulsión en las entrañas […] sólo para que puedan superar la mutua repugnancia por su carne y se unan encantados, más que de buena gana, en el acto de la procreación, pues habiéndoles dado comienzo nos mostrábamos reacios a dejarlos morir, porque al fin y al cabo eran obra nuestra, para bien o, como tantas veces, para mal”.

Tal vez sea que estén meramente aburridos, en la perspectiva desoladora de su inmortalidad: que a nosotros, a diferencia de ellos, nos espere un fin, los llena de envidia, y se vengan. Hermes colabora con su padre, Zeus, en el día que transcurre mientras la familia de Adam Godley, matemático prodigioso, espera que éste muera. Zeus está sobre todo interesado en transfigurarse para yacer al lado de las mortales que lo subyugan: se disfrazó, por ejemplo, del marido de aquella mujer del beso robado, y la visitó la noche anterior para amarla con pasión divina y tempestuosa, como ella jamás habría esperado que la amara su marido. Hermes más bien se divierte al ver cómo esa familia vive al margen de lo que los dioses ya han decidido, y por momentos se pronuncia, compasivo, al respecto de los tristes afanes de los mortales —él es quien cuenta lo que ocurre ese día—: “A veces os pedimos cosas horrendas […] y con frecuencia no os damos nada a cambio. Es nuestra manera de demostraros la inescrutable intervención del Destino. Por encima de todo, os haríamos reconocer y aceptar que la naturaleza de vuestra vida es trágica, no porque sea cruel ni triste —¿qué son la tristeza y la crueldad para nosotros?—, sino porque es como es y el Destino no puede evitarse, y, sobre todo, porque moriréis y seréis como si nunca hubierais sido”.

Hermes es quien cuenta; quien ha tomado nota es el escritor irlandés John Banville (Wexford, 1945), en su novela Los infinitos. Otra que firmó, El mar —la que más fama le ha dado—, tiene por tema también el comercio de los mortales con los dioses, sólo que éstos, en esta ocasión, son los recuerdos de las presencias deslumbrantes que un niño conoció cuando veraneaba a la orilla del mar: un padre todopoderoso, la madre cuya sensualidad avasalladora dejó paso al amor por la hija —el primer amor de ese niño—, la hija misma y su hermano, eternamente jóvenes en el resplandor de su destino. (Ese niño volvería a aquella playa como un viejo, luego de haber enviudado brutalmente, acaso en búsqueda de reconocer qué fue lo que lo hubo definido).

Banville declaró una vez que él escribía porque no sabía escribir —y porque quería, en cada nuevo libro, aprender a hacerlo—. Tiene una obra vasta, una parte de la cual, consistente en novelas policiacas, está firmada con el nombre de Benjamin Black. Y es evidente que, al declarar aquello, omitía un detalle: los dioses colaboran fecundamente aportándole las palabras que utiliza para que consiga, sin duda alguna, una de las prosas narrativas más emocionantes y hermosas de la literatura contemporánea. “Sí, los dioses sonreímos a veces a nuestra creación, pero sólo a veces, y nunca por mucho tiempo”, reflexiona Hermes en Los infinitos. Una de esas veces tiene lugar en la imaginación de John Banville. m.

 

Algunos libros de John Banville

:: El libro de las pruebas (1989)

:: El mar (2005)

:: Los infintos (2009)

:: Antigua luz (2012)

 

Como Benjamin Black:

:: Muerte en verano (2011)

:: Órdenes sagradas (2013)

:: La rubia de ojos negros (2014)

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