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Hacia una espiritualidad corpórea

En sus Ejercicios Espirituales, Ignacio de Loyola nos invita, entre otras cosas, a ordenarnos en el comer y en el dormir, como una ayuda para iniciar la búsqueda de la armonía de nuestra dimensión biológica con la emocional y la espiritual

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Foto de archisevilla.org
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La situación de violencia que se vive en México nos invita a reflexionar acerca de los posibles caminos por los que juntos podemos transitar hacia una sociedad en paz. Una manera básica de prepararnos para emprender uno de esos caminos es tomar conciencia del estado actual de nuestro espacio vital más inmediato: nuestras relaciones. Para ello sugiero responder estas preguntas: ¿cómo nos relacionamos con nuestros compañeros de trabajo, con nuestros vecinos y familiares? En general, ¿reconocemos que predominan relaciones de competencia, de solidaridad o de apatía?

Una vez hecho el ejercicio de traer a la memoria cómo están nuestras relaciones con los demás, propongo que nos cuestionemos el modo como nos comunicamos con nosotros mismos. Se suele pensar que tenemos cuerpo, pero en realidad somos cuerpo. El cuerpo es el vehículo con el que nos vinculamos con el mundo, y desde él se construye la sociedad que somos.

San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, nos invita, entre otras cosas, a ordenarnos en el comer y en el dormir, como una ayuda para iniciar la búsqueda de la armonía de nuestra dimensión biológica con la emocional y la espiritual, indispensable para emprender la hazaña de dejarnos habitar por el amor. Atender las necesidades de descanso y alimentación es una manera de prepararnos para el encuentro con los otros. Un cuerpo cansado y mal alimentado es un cuerpo más propenso a ser intolerante y, por tanto, agresivo.

La alimentación y el descanso pueden mejorar o empeorar según las circunstancias que está viviendo cada persona. Por ejemplo, si un individuo sufre de pereza porque no quiere enfrentar la realidad, tal vez sea necesario quitar un poco de tiempo para dormir y con ello generar un movimiento en su interior que le ayude a armonizar su dimensión biológica con la autenticidad de sus deseos. Por el contrario, si descubre que tanta actividad lo está enfermando psicológicamente, es necesario ordenar su voracidad laboral, por muy noble que sea la causa de sus fatigas. A veces, dice Ignacio, es necesario quitar lo superfluo o incluso lo conveniente, sin que esto desestabilice y corrompa el subjecto.

El subjecto, en este sentido, es el termómetro para saber si estamos en condiciones de compartir la vida. El subjecto dañado puede experimentarse cuando nos descubrimos indiferentes ante el dolor ajeno, o cuando usamos a las personas para satisfacer nuestras necesidades de éxito.

Estamos, pues, invitados a atender el cuerpo que somos como parte de nuestra vida espiritual, pues sólo desde él podemos ofrecer nuestro trabajo generoso al servicio de la construcción constante de espacios de paz y solidaridad. Vencer la apatía hacia los demás nos hace crecer humanamente. ¿Acaso no sería genial, al final del día, caer en la cuenta de la amistad que se va tejiendo con los más próximos a nosotros? Crear vínculos de confianza genera sociedades capaces de vencer la violencia. m.

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