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Esta vieja costumbre de no pensar

A los científicos les interesan las costumbres porque representan una de las estrategias más exitosas de aprendizaje, casi inmediatamente después de nuestro nacimiento, observamos, imitamos, aprendemos.

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Acostumbramos abrir el agua caliente hasta lograr una temperatura altísima, para luego enfriarla.
Acostumbramos abrir el agua caliente hasta lograr una temperatura altísima, para luego enfriarla.

Tan acostumbrados estamos a las costumbres que apenas nos damos cuenta de cómo determinan nuestras acciones, cómo definen nuestro comportamiento. “Todos los afectos sagrados no son más que una perezosa costumbre”, escribió Cesare Pavese. Quizá por ello, durante el siglo XIX —en pleno apogeo de las ideas de progreso, urbanidad y desarrollo— se publicó gran cantidad de “manuales de buenas costumbres” para regular la conducta, sugerir los gestos y las actitudes consideradas correctas para los miembros de una sociedad; aquellas buenas costumbres derivaban de la voluntad explícita a favor del alfabetismo y la civilidad, en abierto combate contra la mala educación. Son los años de consolidación del estudio científico de las costumbres en la humanidad, de la investigación antropológica por medio de la etnografía y, en el resto del reino animal, mediante la etología.

A los científicos les interesan las costumbres porque representan una de las estrategias más exitosas de aprendizaje, casi inmediatamente después de nuestro nacimiento, observamos, imitamos, aprendemos. Charles Dickens acuñó la célebre fórmula: “El hombre es un animal de costumbres”, sabiduría que encierra una paradoja, pues aunque pareciera que no pensamos cuando actuamos al amparo de los comportamientos que imitamos, en la mayoría de los casos perpetuar las costumbres es una táctica de supervivencia muy exitosa en la naturaleza, un gesto de cierta inteligencia.

¿Cómo valorar si “nuestro modo habitual de proceder establecido por tradición o por la repetición de los mismos actos” es más o menos sensato? Revisemos cinco ejemplo relacionados con la ciencia y la tecnología.

 

El agua caliente primero

La ducha es uno de los lugares más prolíficos para realizar experimentos. De acústica, por ejemplo, favorecidos por la atmósfera del baño. Pero tenemos la costumbre de siempre abrir primero la llave del agua caliente hasta lograr una temperatura altísima, que luego equilibramos con mucha agua fría. Este hábito tiene un alto impacto ambiental, no solamente por el desperdicio de agua, sino también porque hacemos un uso excesivo de energía para calentar de más el agua, que terminaremos enfriando. Lo mejor sería conseguir desde el principio una combinación agradable de agua caliente y fría.

 

“No arrojar papeles al inodoro”

Estos letreros están en la mayoría de los baños públicos. El pretexto es que el papel higiénico dentro de los excusados podría tapar el flujo de agua. Sin embargo, la mala costumbre de dejar al aire libre (dentro de los cestos de basura), el papel higiénico usado, tiene consecuencias mayúsculas de insalubridad, dado que se contamina el entorno y se facilita la propagación de infecciones. Además, este papel es fabricado con fibras de origen vegetal mezcladas con sustancias químicas, específicamente para que se desintegre en el agua sin afectar el sistema de drenaje.

 

“Vengan esos cinco”

No en todas las sociedades, pero sí en la mayor parte de las occidentales, saludar dando la mano es una buena costumbre y una señal de civilidad. Incluso, un buen apretón de manos representa el cierre de un honroso acuerdo. Pero, en ciertas condiciones, estrechar la mano del otro es una costumbre que puede tener consecuencias nocivas (más allá de la sabiduría popular: “Nunca le des la mano a un pistolero zurdo”). Al entrar en contacto con la mano de alguien más, es posible establecer un puente de contagio entre esas dos personas. Empero, esto no es tan obvio —la gente se da la mano al saludarse, sin pensar mucho en ello—, al punto de que los médicos no tuvieron el hábito higiénico de lavarse las manos sino hasta finales del siglo XIX, con consecuencias mortíferas.

 

Las pastillas de vitamina C como medicina contra el resfriado

“¿Cuánta ciencia hay en lo que aprendimos a partir de las costumbres familiares?”, pregunta Valeria Edelsztein, autora de Los remedios de la abuela. Las abuelas siempre nos han dicho que en caso de estar resfriados hay que ingerir mucha vitamina C, pero la cantidad que necesitamos a diario de esta vitamina (de 45 a 70 miligramos) la obtenemos de nuestra dieta diaria y el resto lo desechamos. Al comprar una pastilla de un gramo de vitamina C, los 950 miligramos excedentes los convertimos en orina. En condiciones ordinarias, esa costumbre de ingerir píldoras de vitamina c, nos dice Edelsztein, no es otra cosa que el hábito de “comprar orina cara”. Y si, además, consideramos que las pruebas en laboratorio han mostrado que una mayor ingesta de esa vitamina ni previene ni reduce los estragos de la gripe… m.

 

Para saber más

:: Sobre el hábito de lavarse las manos: El triunfo de la antisepsia. Un ensayo en filosofía naturalista de la ciencia, de José Antonio López Cerezo (Fondo de Cultura Económica).

:: La ciencia detrás de los remedios de las abuelitas.

:: ¡Tíralo al excusado!

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