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Entrevista con Cecilia Suárez: Un parpadeo azul

Desde el comienzo de su carrera cinematográfica, el talento y la suerte han acompañado a Cecilia Suárez. Se ha convertido en una de las mejores actrices del cine mexicano de los últimos diez años y comienza una nueva etapa como actriz con su papel estelar en Párpados azules, la película de Ernesto Contreras.

 

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Cecilia Suárez delante de una casa
Cecilia Suárez delante de una casa

Desde el balcón de su casa se puede ver la montaña, surcada por gigantescas torres que llevan y traen la electricidad más allá del Distrito Federal. ¡Ah, el bucólico Distrito Federal! Aquí, entre estas cuatro paredes amplias y bien iluminadas, pintadas de blanco, con un toque mexicano-hindú, donde abundan espejos y espejitos, Vírgenes de Guadalupe y santos, dioses y diosas a las que se les reza diariamente, habita y ensaya, ensaya y habita, Cecilia Suárez.

La encuentro radiante en esta mañana. Como me lo suponía, sus ojos son tan grandes y bonitos como en las películas. Pero no es la chica neurótica que aparece en Sexo, pudor y lágrimas. Qué bueno. Tampoco es agresivona como en Todo el poder. No es abnegada como en Puños rosas, ni rancherita como en ese papel pequeñito que le dieron en Los tres entierros de Melquíades Estrada. Bueno, sí, esta treintañera tiene algo de rancherita, su acento norteño quizá, cosa que me gusta. También me gusta su nariz. Y sus párpados azules.

Sentado en un sillón–hamaca de lona, la observo, vestida con unos jeans y una fresca blusa de algodón, mientras come un plato de frutas. Lleva su pelo chino suelto y entre sus rizos se alcanzan a asomar unos aretes color jade. El toque de elegancia se lo da ese enorme anillo rectangular, también color jade, que lleva en la mano derecha, y que ya empiezo a sospechar que, efectivamente, es de jade, y me hace recordar las joyas que usaban nuestros antepasados prehispánicos y “sacacorazones”.

Cecilia Suárez es una chica de risa fácil. Según la escala, va de una encantadora y delicada risita, hasta unas carcajadotas norteñas que la agigantan, convirtiéndola en una Toña Machetes temible. A juzgar por las preguntas personales que me hace, alusivas a mi temperamento, se ve que no le es difícil intimar. Buena señal, pienso, con un poco de suerte al final de esta entrevista podrá producirse un clic entre nosotros.

Sentados ante una frágil mesita de madera, donde está la charola del café, la actriz cuenta que acaba de regresar de Los Ángeles, ciudad en que radica la mitad del año, en donde grabó unos capítulos para Boston Legal. Recientemente terminó su participación en Capadocia, producida por HBO y Argos, serie de televisión sobre mujeres reclusas que promete acaparar la atención de buen número de televidentes latinoamericanos. Cecilia personifica a Bambi, una reclusa de cuidado. Y Párpados azules, la que podría ya calificarse como su primer gran película como protagonista, acaba de ser seleccionada para participar en la sección Semana Internacional de la Crítica del Festival de Cannes. Así que, además de ensayar una obra de teatro, preparar su participación en un encuentro de migrantes en Morelia, atender sus compromisos con Greenpeace —de la que es socia y colaboradora—, y alguno que otro pendientillo que surja por ahí, Cecilia hace las maletas con rumbo a la Costa Azul. Durante la entrevista, un discreto timbre de teléfono, como un grillito, no deja de sonar.

Parece que Párpados azules marca una transición en tu carrera...le pregunto. Cecilia contesta con su inconfundible acento tampiqueño y con una sonrisa cristalina:
La ¡Pues ojalá!... Yo estaba buscando esto desde hace mucho tiempo, ¿sabes? Aunque suene bien cursi, Párpados azules es algo con lo que yo había estado soñando. Yo quería un papel así, tenía ganas de tener ese “estiramiento” actoral y lo busqué. Y como dicen por ahí: cuidado con lo que deseas porque se te puede cumplir...

En Párpados azules, la opera prima del director veracruzano Ernesto Contreras, Cecilia Suárez da vida a Marina Farfán, una gris empleada de una tienda de uniformes del DF que gana un viaje para dos personas y que se topa con la situación de que no tiene a quién invitar. La película, gran ganadora del pasado Festival de Cine de Guadalajara (en las categorías de mejor película, mejor actor y mejor actriz), ya ha recibido elogiosos comentarios, como los del crítico Carlos Bonfil, quien dijo que: “Párpados… es muestra evidente de un cine a contracorriente del gusto dominante. Una propuesta personal —punto de vista sólido, visión de autor— en medio de la frivolidad de aventuras genéricas intrascendentes o de comedias insulsas que prolongan en pantalla grande la tontería sin fin de la oferta comercial en la pantalla chica”. Sobre la interpretación de Cecilia Suárez, dijo que la actriz está “irreconocible en su soberbia caracterización de jovencita tímida y poco agraciada”.

Por esto y por otras cosas más, a esta guapa tamaulipeca no le cuesta nada de trabajo hablar sobre su personaje y sobre el del actor Enrique Arreola, quien personifica a un tipo —tan gris como Marina Farfán— que saca copias fotostáticas:
—Los personajes son antihéroes que al final de la historia terminan por no darse por vencidos. Es gente que tiene todas las de perder, que no entra al sistema, que no entra a los cánones de “éxito”, de “belleza”, de todo lo que nos vende esta vorágine capitalista–consumista sobre lo que debemos hacer para estar felices y contentos y ser exitosos y triunfar en la vida. Ellos dos están fuera de eso y a pesar de ello no se dan por vencidos. La película habla esencialmente sobre la soledad, que es otra de las cosas con las que nos ataca este siglo, con tanta información, con todo este bombardeo de consumo, que a lo que nos lleva es a que nos sintamos más solos.

¿Te hace gracia el glamour de Cannes?
¡Sí, claro! —dice con emoción, abriendo bien la boca—. ¡A quién no le va a hacer gracia! Una de mis hermanas me dice que la lleve para reírnos de todo eso. Es verdaderamente absurdo también.

¿Por qué absurdo?
Porque lo que importa es ver las películas, más allá del vestido que traigas puesto. Pero es muy rico también darle una importancia a lo que hacemos. Es muy rico bañarte, peinarte y ponerte tu mejor ropita para ir a ver una película. Me parece bien padre.

Además de que Cannes resalta los trabajos de los autores.

Por eso —dice en voz baja—.

De un lado está Cannes y, del otro, Hollywood, o no sé si sea tan radical la cosa…
Pues ahora Hollywood está medio invadiendo a Cannes. Ya sabes que Hollywood en todo mete mano. Pero sí, finalmente es un festival que se ha distinguido y enfocado en el trabajo de los directores. En ese sentido es un festival que creo acierta al darle su importancia al trabajo cinematográfico y no a cuántos boletos se venden en taquilla. (Suena el grillito del teléfono y nadie contesta.)

Al hablar de los actores se suele hacerlo de la manera como se meten en sus personajes, las distintas técnicas y las ideas románticas de cómo un actor se ejercita, engorda o enflaca para encajar en su papel, ¿cómo fue meterte en Marina Farfán? (No bien termina la pregunta y Cecilia deja escapar una de sus risitas delicadas.)
Mmm… El único trabajo de campo que hice fue ir a la tienda de uniformes y observar a todas las chicas que allí trabajaban —la actriz mira al techo—. Esa tienda existe, no es set, está en Insurgentes. También averigüé el estatus socioeconómico de mujeres que trabajan más o menos en lo mismo, para tener una idea. Lo demás fue realmente ir de la mano de Ernesto —el director— y de alguna manera echarse un clavado a uno mismo. Dice Daniel Giménez-Cacho que cuando actuamos y nos sale más o menos bien es cuando más somos nosotros mismos.

Hablar sobre técnicas actorales con Cecilia Suárez viene al caso, ya que se formó como actriz de teatro en la Universidad de Illinois, en Chicago. Tenía 16 años cuando tomó la decisión de irse a Estados Unidos. Iba por un año y se quedó seis. En la ciudad de los vientos a Cecilia le fue más que bien, ya que además de conocer las distintas metodologías —de chile, mole y manteca, como le gusta decir—, al final del curso fue seleccionada junto con otra compañera para hacer unas prácticas con Stepenwolf, compañía de actores que ha cobrado bastante notoriedad en el vecino país, y de la que forman parte prestigiados actores, por ejemplo John Malkovich, a quien Cecilia califica de muy magnético.

—Tiene una gran capacidad de relajación, que es lo más importante—, dice. 

¿Lo más importante en un actor es la capacidad de relajación?
Pues, sí.

¿Por qué?
Peter Brook dice esto también: “Porque si tú estás relajado puedes recibir el impulso, el input, y tener un impulso de respuesta. Si tú estás tenso, no entra. Tú tienes la capacidad de responder si tú estás relajado y responder de manera…

(Suena un poco sexual todo esto. ¿Será acaso una indirecta? El teléfono suena y sigue sonando. Cecilia continúa:)

—Si estás tenso es muy complicado. Y evidentemente si estás tenso, la concentración es un desastre. El paso uno es relajarse.

(El teléfono no para de sonar y me pregunto si la contestadora de Cecilia está averiada o algo.)

Entonces, ¿en dónde radica el poder de un actor?
¡Quién sabe!! — lanza otra risita — hay muchas cosas. Es como un pastel milhojas.

Entonces hace una pausa, se levanta de la mesa y va hacia un área de la casa donde tiene su escritorio.

—Déjame contestar el teléfono, porque ha estado suene y suene.

Aprovecho para ir al baño. Ahí encuentro una foto de Salvador Dalí y sus acalambrados bigotes electrizados. A un costado está una imagen de Oscar Wilde con la frase: “I can resist everything except temptation”. Mientras me lavo las manos, me topo con un papelito atorado en el espejo que dice: “Ignorance never settles a question”.

Al parecer, la persona que llamaba con tanta insistencia era la modista. Cecilia tiene que ir a probarse todos los vestidos que se llevará a Cannes, que deben de ser muchos.

A continuación hablamos sobre los actores que admira, que también son muchos, empezando por los mexicanos, porque, como buena mexicana, Cecilia es nacionalista: Ernesto Gómez Cruz, Ana Ofelia Murguía, Vanessa Bauche, por ejemplo. Y de los extranjeros, también muchos y muchas, como Katy Outinen, la mujer de Aki Kaurismaki, o Gena Rowlands, la de John Casavettes, pero de entre todos y todas, Giuletta Massina, la mujer de Fellini, a la que le ha montado un altarcito, “pa’ rezarle todos los días”, dice. Y también tiene una pequeña foto, en otro altar —esto ya parece Pátzcuaro en día de muertos—, del día en que se casó con Marlon Brando, como a ella le gusta decir. Y por ahí está una imagen de la diosa hindú Lakshmi, con todos sus brazos, que también son muchos.

¿Cómo ves a la distancia películas como Sexo, pudor y lágrimas, Sin ton ni Sonia o Todo el poder, que de alguna manera son películas que… que…
Que ya envejecieron, pues —dice asertiva.

Pues un poco sí, ¿cómo las ves a la distancia?
Creo que en su momento es lo que me tocaba hacer. Son películas que veo con cariño, que me han dado mucho, me han enseñado cosas, gracias a las cuales pude hacer una película como Párpados azules. Las películas son como los amantes que uno va teniendo en la vida: cada uno te acerca al que realmente quieres.
(Suelta una carcajada.)
—También podrías verlas como vidas pasadas.

Pues lo son, porque tú fuiste esa persona, o por lo menos trataste. ¿Crees en la reencarnación?
Mmm… —su expresión ahora es la de una niña traviesa—. A veces sí y a veces no.
(El teléfono vuelve a sonar.)

¿Cómo supiste que ibas a ser actriz?
Pues así, de sopetón. Tenía ganas de estudiar leyes, pero me imaginaba que los juicios eran así como en las películas gringas, donde el abogado se para y se avienta un discursazo súper dramático. Y cuando me enteré de que acá era puro papeleo sin aparición frente a un público, me pareció muy aburrido, y a lo que eso me lleva es que finalmente de lo que yo tenía ganas era de pararme frente a un público y hacer un numerazo. Y mira en lo que acabé.
(Suelta una carcajada moderada y agrega:)
—Esto que te voy a decir es bien importante: donde yo crecí no había un teatro.

¿En dónde creciste?
¡¡En Tampico!!

¿No había un solo teatro?
¡No! ¿Puedes creerlo? Ahora sí. Hay uno precioso que se llama el Metro, el Teatro Metropolitano, con su proscenio y su caja negra. Hermosísimo. Cada vez que voy trato de pasar por ahí. Es un teatro espectacular, con vista a la laguna.
La infancia de Cecilia Suárez, la menor de cuatro hermanas, transcurrió tranquila, sin mayores sobresaltos, en el puerto de Tampico, yendo a la playa cada vez que se podía, que era muy seguido, con sus hermanas y tíos y primos (en Tampico todos son primos y tíos “de cariño”). Sus padres, pero en especial su madre, psicóloga y educadora, les dieron una educación más bien liberal en donde siempre se valoró mucho la libertad de decidir. Tomando en cuenta el contexto provinciano, no era raro que más de un tampiqueño tildara a las hermanitas Suárez de “raras”. Cecilia reconoce que su madre les inculcó una simpatía por la izquierda y las causas sociales. Tal vez por eso no es extraño que además de su trabajo como actriz, Cecilia desarrolle ciertas labores como activista.

¿Qué sentido le das a este activismo?
Pues que tener una postura, para mí, es casi como una obligación —dice, tajante, haciendo un gesto, con las palmas de las manos hacia arriba—. Yo creo que este país no va a cambiar si no es a través de su sociedad civil, y que tenemos que empezar por hacer algo.

Un ejemplo de esta faceta fue la campaña “Tú rock es votar”, en la que Cecilia participó tanto para las elecciones mexicanas, como para las de Estados Unidos, dirigiéndose en este segundo caso a la comunidad hispana. Se pone seria y se inclina hacia delante. Cruza las manos.
—Yo le rogaba a todos mis santos para que por favor no ganara Bush.
—Pues te fallaron.
—Sí, caramba. ¡Hubo más gente rezando del otro lado o yo no sé cómo fue la cosa! ¡Y acá también nos han fallado! Eso de que siga ganando el PAN, qué desgracia… Pero tampoco me convencen el PRI ni el PRD. Ésa es la cosa, que no hay a quién irle. Estamos faltos de héroes.

¿De héroes?
Bueno, de líderes. Estamos faltos de líderes y de gente comprometida.

¿Tú crees que, como figura pública de un país como México, con todos sus problemas, tienes un compromiso social distinto del que tendrías si fueras gringa, por ejemplo?
No, la verdad es que no. Porque el sentido de frontera para mí no tiene nada que ver. Cuando vivía en Estados Unidos hice cosas con grupos chicanos.

¿Y si fueras finlandesa o danesa?
Seguro que allá también hay cosas por las que uno tiene que levantarse y decir: “a ver, vamos a poner orden, o hagamos bola”, o qué sé yo. Los problemas también están globalizados. Es algo bien budista. El que tú cuides hoy el bosque, el que tú cuides hoy el agua, le va a afectar a un danés. Estamos interconectados, nos guste o no.

¿Qué es lo que más te duele de un país como México?
La injusticia —dice casi sin pensarlo.

¿La injusticia como en qué?
Como en la ley del ISSSTE, por ejemplo. En la falta de amor que ha marcado a la clase política de este país. La falta de amor hacia su gente. La falta de respeto. Ese abismo entre las clases sociales que, más allá de ridículo, es ofensivo.

¿Y qué amas de México?
La gente. La manera en que la gente quiere, cómo la gente da, lo solidario que podemos ser a veces. Esta cosa contradictoria del mexicano, entre alegre y pudoroso.

Qué bueno que Cecilia Suárez ama a México, de otra forma tal vez ya se nos habría ido definitivamente al Gabacho, que para nada le resulta ajeno, hasta medio se considera chicana. Aunque, para decir verdad, ese papel que le dieron en la película Spanglish no fue nada del otro mundo. Alguna vez la actriz declaró que en Hollywood se hacen películas como si fueran pizzas. Aclara, no obstante, que no desprecia a Hollywood. Y ahora que los “Tres Amigos” —como se les conoce a Del Toro, Cuarón e Iñárritu— están tan bien posicionados por allá, “pues claro que trabajaría encantada con cualquiera de ellos”, quizá con una predilección por Del Toro.

—Hollywood tiene cosas bien padres —abunda—. La metodología de trabajo de ellos es muy rica. Las áreas de trabajo están sumamente divididas, cada quien llega, hace su chamba, pum, pum, pum, y se va. Y hay mucho orden en eso, mucha eficacia. Pero lo que yo siento es que acá, aunque todo pueda ser un caos, hay una sensación de familia y de intimidad en la manera de aproximarse al trabajo.

Las películas se hacen de una manera artesanal...
Pues es que no hay de otra —señala, encogiéndose de hombros—. La otra cosa es que aquí mucha gente las hace porque quiere y por amor a lo que está haciendo. Allá finalmente cada quien va por su billete… Es más importante trabajar acá, y hacer algo desde acá, porque, de entrada, nunca vas a poder ser mejor actor que en tu idioma.

Irremediablemente llegó la hora de hacerle a Suárez la clásica pregunta sobre la situación del cine mexicano: Ya se sabe, pues, que los triunfos de los “Tres Amigos” fueron conseguidos en el extranjero, mientras que en México la industria cinematográfica nomás no se desarrolla...
¡Hasta flojera me da tu pregunta! —¿Así o más norteña la respuesta?—. Ya saben ustedes la respuesta. No nomás es el cine, es toda la cultura de este país. Los panistas no tienen interés alguno en que la cultura sea tomada como algo más allá que entretenimiento. Piensan que la cultura es entretenimiento, y no, la cultura es también elevar el nivel de educación. Nomás para arrancar. Y de ahí pa’l Real, te vas con todos los detalles y evidentemente con todo el problema económico. Pero no nomás es el cine. Ve el teatro cómo está, y los pobres de danza. Los pintores, los escritores. Es generalizado.

¿Percibes el cine mexicano y cada una de las películas que se hacen como pequeños y grandes milagros, en términos de que no hay un contexto propicio?
Absolutamente. Es cine guerrero.

Regresando a Párpados azules, ¿qué esperas que resulte de su participación en Cannes?
No, yo prefiero no pensar en lo que va a pasar. Hay que ser orientales en eso. Neta.

No me refiero necesariamente a que la película vaya a ganar un premio importante, sino quizá a la posibilidad de que una película como esa abra las puertas para que se realicen otras…
¡¡Uy, no, ahí sí hay que ser súper orientales!! (Una carcajada retumba en todo el edificio.)

¿Y te gustaría dirigir?
La verdad que sí —contesta con una sonrisa pícara.

¿Ya tienes algo pensado?
Todavía no. Hace falta valor, como dice Radio Futura.
Bajo hacia una zona céntrica del DF, a bordo del auto de Cecilia Suárez, quien tiene una cita por esos rumbos. El segundo piso del periférico nos parece horrible a los dos. Despotricamos contra el deplorable nivel de la política mexicana y también contra los baches de las calles, y el descuido en que se tiene a los árboles, aunque me parece que la situación es más crítica en Guadalajara que en el DF. Al final, Cecilia se detiene en un sitio de taxis junto a un parque. Llegó el momento de las despedidas. Es mi última oportunidad para que el clic se produzca, ¿qué pasará? La respuesta la obtengo cuando abro la puerta, y con un preciso golpecito, seco, hago pedazos el espejo retrovisor de un auto que circulaba por ahí, demasiado cerca, en ese instante. La puerta del auto de Cecilia también ha sufrido daños. ¡Ah, el bucólico Distrito Federal! Ahí estamos Cecilia y yo, y otra automovilista, contemplando el pequeño desastre, mientras un grupo de taxistas se ríe de la escena, como espectadores de lujo. El clic se convirtió en crash , pero qué importa, ahora no sólo tengo todos los teléfonos y correos de Cecilia Suárez, sino que ella tiene los míos. La historia apenas comienza. m.

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