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El silencio en el cine: ver, antes que oír

Para Bresson, el primero era poco menos que teatro filmado; el segundo ofrecía la posibilidad de crear. De acuerdo con Bresson, no obstante, al cine sonoro debemos la invención del silencio, tan difícil de encontrar hoy día.

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Imagen de la cinta Broken Flowers, de Jim Jarmusch
Imagen de la cinta Broken Flowers, de Jim Jarmusch

S. M. Eisenstein y la escuela rusa preveían en 1928 que la irrupción del sonido debilitaría el poder de lo hasta entonces logrado por el cine (en particular en el montaje, que consideraban como el elemento fundamental). Anticipaban “filmes hablados” que no irían más allá del naturalismo y en los que, luego, se instalaría cierto automatismo. El tiempo les dio la razón.

Así puede confirmarse con un rápido vistazo a la cartelera comercial, en la que predomina un estilo de cine en el que la palabra es un ingrediente primordial (lo mismo en momentos clave que en la resolución final, la explicación es verbal) y la música un manipulador agente emocional. En el peor de los casos, reproduce el frenesí de las grandes ciudades: el espectador pasa con naturalidad, así, del aturdimiento callejero al de la sala oscura.

Robert Bresson solía diferenciar el cine (cinéma) del cinematógrafo. Para él, el primero era poco menos que teatro filmado; el segundo —una escritura con imágenes en movimiento y sonido, según lo definió— ofrecía la posibilidad de crear. De acuerdo con Bresson, no obstante, al cine sonoro debemos la invención del silencio, tan difícil de encontrar hoy día.

Y sin embargo se escucha. Jean-Luc Godard ilustró en Bande à part (1964), el peso que tiene un minuto de silencio; Jacques Tati, en la piel de Mr. Hulot, apenas pronuncia un puñado de palabras en las cintas que protagoniza; los personajes de Jim Jarmusch no dicen ni lo indispensable. En todas ellas, entre otras, el silencio es elocuente.

 

El gran silencio (Die große Stille), Philip Gröning, 2005

El realizador alemán Philip Gröning tuvo una paciencia de años para poder ingresar a la Grande Chartreuse, el monasterio de monjes cartujos en Los Alpes franceses. Este documental es el resultado. A lo largo de casi tres horas y en un registro estrictamente contemplativo, acompaña a los religiosos en sus faenas cotidianas. Para el cinéfilo despierto y atento, el tránsito por la cinta ofrece una experiencia extraordinaria —religiosa, cierto— y la posibilidad del recogimiento y de hacer un proceso de introspección. Para los demás está el estruendo y la furia... o el sueño.

 

El silencio de Lorna (Le silence de Lorna)Luc y Jean-Pierre Dardenne, 2008

Lo mismo en Rosetta (1999) que en El niño de la bicicleta (2011), los hermanos Dardenne han dado vida a personajes tenaces que han sido relegados al margen de la sociedad. Obstinados, transitan con la frente en alto y rara vez se comunican. Lorna es de origen albano y se casa por conveniencia con un joven adicto para obtener la nacionalidad belga. Sin embargo, rompe el umbral de la incomunicación y no resulta fácil dejar a su esposo. Ante el silencio de Dios (que Luc explora además en su libro Sur l’affaire humaine), sólo queda el grito del otro.

 

Flores rotas (Broken Flowers), Jim Jarmusch, 2005

No es extraño que los personajes de Jim Jarmusch se acompañen a lo largo de un tiempo y un trayecto. Pero sus diálogos son fugaces y a menudo triviales. En Bajo el peso de la ley (1986), uno de los reos no para de hablar (porque es fuereño: el italiano Roberto Benigni). En Flores rotas, el protagonista se entera de que es padre, pero no sabe quiénes son la madre ni el hijo. Y no tiene nada que decir, pero parte a buscarlos. Jarmusch concluye la cinta con un travel circular que transmite la emoción del padre a la fuerza. El único sonido lo aporta la indiferencia del viento.

 

Andrei Rúbliov (Andrey Rublyov), Andrei Tarkovski, 1966

Andrei Rúbliov nació a mediados del siglo XIV y cobró notoriedad por las pinturas religiosas que realizó. Para Andrei Tarkovski, su ruta es la del artista, y en esta cinta —que hace pensar en Dovjenko, maestro ruso del cine mudo— da cuenta, a través de su mirada, del estruendo y la euforia de los hombres de su tiempo. Luego de ser rebasado por la realidad y en penitencia por sus acciones, Rúbliov hace un voto de silencio por más de una década: para el cineasta, un hombre religioso y espiritual, el sufrimiento y el sacrificio son acción y rara vez palabra. 

 

El espíritu de la pasión (3 Iron), Kim Ki-duk, 2004

Un joven silencioso, que viaja en moto y vive en casas cuyos habitantes están ausentes, conoce a una joven que sufre el maltrato de su marido. Entre ambos surge un nexo que bien podría llamarse amor. El cine del coreano Kim Ki-duk a menudo presenta hallazgos o apuestas riesgosos pero valiosos. Aquí la relación crece por medio de miradas, y el sonido, que sólo se dispara en la cotidianidad doméstica, se asocia a la violencia del marido. El espíritu es silencioso, como el joven protagonista: rara vez la mala traducción de un título es tan afortunada.

 

Para ver más

:: Un minuto de silencio dura una eternidad en Bande à part (subtitulado).

:: Nicolas Winding Refn habla del silencio en sus películas.

:: El director Víctor Erice habla del silencio en el cine de Tarkovski.

:: Breve texto sobre el silencio en Tati.

:: Behind Jim Jarmusch. “Making of” de Los límites del control (subtitulado).

:: Fragmentos de varias películas de Kim Ki-duk, “El cine del silencio”.

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