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El provecho de los prodigios

Nuestro deseo de capitalizar los prodigios es menos extraño que nuestra necesidad de pagar por ellos. Ahí radica la auténtica naturaleza de nuestra relación con lo extraordinario.

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Antetitulos: 
Fragmento de la portada de «Cómo hacer bien el mal», de Houdini, en edición de Capitán Swing.
Fragmento de la portada de «Cómo hacer bien el mal», de Houdini, en edición de Capitán Swing.

Es difícil separar la maravilla de los negocios. One Froggy Evening, aquel viejo corto animado donde una rana lleva a la ruina a su codicioso dueño porque se niega a cantar y bailar frente a un auditorio, ejemplifica nuestros tratos con los prodigios: queremos sacarles el mayor provecho posible. La moraleja que uno obtiene después de atestiguar la degradación psicológica y económica del propietario de la rana es que los milagros no deberían despertar tan pronto el espíritu mercantilista, pero está en nuestra condición intentar, al menos, aspirar a algunos rendimientos.

Antes de aprender aquello de que “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”, Peter Parker estaba convencido de que sus facultades recién adquiridas deberían aportarle algún beneficio económico, lo cual nos da a entender que, sin importar que tu mejor talento se reduzca a caminar sobre las paredes o sentir un hormigueo en la nuca ante el peligro, todo es materia de lucro. El comercio del asombro también sorprende por su oferta: siameses, magos, perros matemáticos, funambulistas, médiums, maestros del escapismo. En tiempos más recientes, ni siquiera es necesario ver esos portentos en vivo: no pocas personas asisten a conferencias acerca de fantasmas, sólo para que les muestren fotografías borrosas, o contratan canales poco confiables dedicados a los extraterrestres.

Y nadie hace nada.

Lo cierto es que nuestro deseo de capitalizar los prodigios es menos extraño que nuestra necesidad de pagar por ellos. Ahí radica la auténtica naturaleza de nuestra relación con lo extraordinario.

 

Dear Mr. Ripley. A Compendium of Curioddities from the “Believe It or Not!” Archives. Mark Sloan, Roger Manley y Michelle Van Parys (Bulfinch, 1993).

Robert Ripley (1890-1949) era un cazador profesional de curiosidades —oddities, las llamaba él—, que consignaba en su célebre tira de periódico Aunque usted no lo crea. Este volumen resume 30 años de gente que le enviaba cartas con la esperanza de ser parte de ese catálogo. Contorsionistas, mujeres que soportaban la llama de un soplete en la lengua, cocineros capaces de matar, desplumar, cocinar y comer un pollo en 50 segundos. Personas, de aspecto común y corriente, que se veían a sí mismas como seres excepcionales.

 

La verdadera historia del Hombre Elefante. Michael Howell y Peter Ford (Turner, 2008).

La vida de Joseph Merrick parecería una trama digna de Dickens: hay pobreza, maltrato, personajes cómicos y, al final, algo cercano a la redención. Debido a sus terribles malformaciones, Merrick era exhibido como fenómeno de feria, hasta que en 1884 fue “descubierto” por el doctor Frederick Treves, quien lo sacó de la vida itinerante para llevarlo a un pabellón médico. Este libro describe su paso de maravilla circense a amigo de nobles. También puede leerse, y no es poca cosa, como un agudo retrato de la sociedad victoriana.

 

Cómo hacer bien el mal. Harry Houdini (Capitán Swing, 2013).

El mayor mago de la historia no se consideraba un embaucador: es más decoroso advertir a tu público que será engañado, que jactarse de tener poderes, sostenía. El asombro que despierta un truco está en el sutil mecanismo que lo vuelve un misterio, no un milagro. Houdini sabía que la magia era un arte menor, y una forma de dignificarla era desenmascarar, por un lado, a los estafadores y, por otro, aleccionar a los primerizos. Sus artículos muestran esas dos facetas de alguien convencido de que la realidad es extraordinaria en sí misma.

 

La sirena de Fiji y otros ensayos sobre historia natural y no natural. Jan Bondeson (Siglo XXI, 2000).

En 1822, los funcionarios de la aduana londinense confiscaron una sirena disecada porque no estaban seguros de cuál era el estatus legal de una criatura mitológica, por no decir que no sabían si debería pagar derechos de importación. Así comienza una saga que incluye a navegantes caídos en desgracia y un museo en llamas. Bondeson recoge éste y otros casos (de cerdos ilustrados, caballos danzantes o sapos longevos) que prueban que hasta los animales fantásticos son susceptibles de ser explotados si el espectáculo así lo requiere.

 

Estética del prodigio. María Emilia Chávez Lara (Cal y Arena, 2016).

El asombro adopta formas tan variadas —y, a menudo, tan comerciales—, que eso nos hace olvidar lo que tienen de experiencia estética. Una misma belleza recorre los libros de teratología, la construcción de los autómatas, las incipientes grabaciones en fonógrafo o los usos de la fotografía para buscar familiares fallecidos. Como proponen estos ensayos, el oportunismo del cirquero tiene finalmente que ver con la meticulosa curiosidad del científico: enfrentarnos a lo aparentemente inexplicable crea maneras nuevas de mirar el mundo.

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