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El arte de contar la ciencia: Una neurocharla con Diego Golombek (y su cerebro)

“¿Te gusta la física? ¿Te gustan la química o la geología? Te necesitamos para un montón de cosas que son fascinantes y que dan para vivir dignamente”. Es lo que este científico y divulgador les diría a los jóvenes para animarlos a internarse en ese terreno, convencido como está de que el interés por la ciencia debe contagiarse… y, además, de que sobran las razones para trabajar por ese contagio

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Diego Golombek es autor de media docena de libros. Foto: gradoceroprensa.wordpress.com
Diego Golombek es autor de media docena de libros. Foto: gradoceroprensa.wordpress.com

A Diego Golombek —biólogo argentino, uno de los científicos más fascinantes del mundo de habla hispana— le costó tres años llegar al ITESO: “Ése es el tiempo que tarda uno en llegar a Guadalajara si se viene caminando desde Buenos Aires”, bromea. Desde 2015 había prometido participar en una de las sesiones del Café Scientifique que tienen 14 años celebrándose los martes primeros de cada mes en la Casa ITESO-Clavigero. Pero fue hasta este otoño cuando pudo saldar su deuda.

Ocurre que, para Golombek, el tiempo es una materia todavía más compleja que para el resto de las personas. Por una parte, él está involucrado en tal cantidad de proyectos de investigación y de comunicación científicas que resulta aritméticamente imposible atenderlos en el transcurso de un día de 24 horas, a lo largo de un año de 365.25 días. Veamos: concebir, escribir, dirigir y actuar su exitosísimo programa de comunicación científica en televisión, Proyecto G; dirigir la popular colección de librosCiencia que Ladra..., de Siglo Veintiuno Editores; planear y llevar a cabo las charlas TEDxRiodelaPlata, en las que han participado más de cien mil personas en vivo; diseñar y hacer que se construya un museo de ciencia tan original como efectivo, cuyo nombre, Lugar a Dudas, es toda una declaración de principios; encabezar comisiones, presidir instituciones —como la Sociedad Argentina de Neurociencias, a favor del desarrollo de la investigación científica—, dirigir su propio laboratorio en la Universidad Nacional de Quilmes, escribir Sexo, drogas y biología. Y un poco de rock and roll, El cocinero científico: apuntes de alquimia culinaria, Cavernas y palacios: en busca de la conciencia en el cerebro o Las neuronas de Dios. Una neurociencia de la religión, la espiritualidad y la luz al final del túnel, entre otros deliciosos libros…

Diego Golombek Golombek (en segundo plano) es autor del libro El cocinero científico (cuando la ciencia se mete en la cocina). Apuntes de alquimia culinaria, en el que hace divulgación científica desde un espacio cotidiano como es la cocina. Foto: scoopnest.com

 

Y, por otra parte, su trabajo rutinario tiene que ver con la investigación sistemática del tiempo. “Nosotros mismos somos la verdadera máquina del tiempo”, asegura, “hablo de un tiempo interno, recurrente, periódico y bastante predecible. Si bien la biología y la medicina suelen construirse alrededor del dónde y el cómo suceden las cosas, el cuándo es una variable fundamental para comprender la armonía del cuerpo sano, sus trastornos en la enfermedad y los nuevos enfoques en los tratamientos clínicos. Entre los muchos inventos soñados por Herbert George Wells está la famosa máquina del tiempo. Con ella, uno puede programar no sólo el adónde viajar, sino, y muy especialmente, el cuándo. Atravesar el tiempo externo sigue siendo tarea de la ciencia ficción, pero hay otros tiempos que están al alcance de la mano —y del cerebro, y del corazón, y de todo el cuerpo—: los nuestros”. De manera que Diego Golombek sabe que el tiempo encierra ciertos misterios que es posible develar, y por eso trabaja en un campo desafiante: la cronobiología, que “estudia los ritmos internos en las funciones corporales”, afirma. “Es una ciencia joven: recién a mediados del siglo xx comenzaron a formalizarse los conceptos del estudio del cuándo ocurren las cosas. Y se comprobó lo que se sospechaba desde la antigüedad: todas las funciones fisiológicas, bioquímicas y comportamentales son periódicas. En particular, el hecho de haberse adaptado a un planeta que gira con un periodo de 24 horas sin duda condicionó a infinidad de ritmos biológicos en plantas y animales a la presencia de esos ritmos diarios. Sin embargo, no todo son días en la cronobiología: si bien han sido menos estudiados, también existen numerosas investigaciones sobre ritmos anuales o estacionales, así como otros con periodos más cortos, que van de los segundos a las horas”.

Por esta doble labor, como investigador y comunicador de la ciencia, Golombek ha sido reconocido con el Premio Nacional de Ciencias Bernardo Houssey en Argentina y el Premio Ciudad Capital Heberto Castillo en México. En 2007 recibió el peculiar premio Ig Nobel —que otorga la Universidad de Harvard conforme la premisa: Primero, hacer que la gente ría y, después, hacer que piense— al demostrar que la administración de Viagra® a ratones puede reducir las secuelas que pudieran padecer a causa del jet-lag o cambio de huso horario. (Será cierta, entonces, la evocación de García Márquez: “cuando viajamos a Europa, nuestra alma tarda unos días más en llegar”). Y en 2015 obtuvo el más importante galardón en América Latina para actividades de comunicación de la ciencia, el Premio de la Red de Popularización de la Ciencia y la Tecnología en América Latina y el Caribe (Redpop), y también el principal reconocimiento a escala mundial en este rubro, el Premio Kalinga de la unesco, “En reconocimiento a su incansable contribución a la comunicación y educación de la ciencia en formatos diversos y entretenidos, en particular por su papel en el desarrollo del primer Centro Cultural y Científico de Argentina”.

Quizá por todo ello fue que se demoró tres años en venir al ITESO a ofrecer un taller para comunicadores de la ciencia: “Contar la ciencia y no morir en el intento”,y una charla para el público en general en el Café Scientifique: “De cavernas y palacios: ¿dónde está la conciencia en el cerebro?”.

Diego Golombek Foto: Roberto Ornelas

Contar la ciencia contagiándola

La convocatoria del taller, de dos días de duración, despertó gran interés y recibió una importante cantidad de solicitudes. El objetivo era que los asistentes se formaran un panorama general sobre la comunicación pública de la ciencia y los múltiples formatos y lenguajes que se pueden utilizar en ello. A pesar de que en nuestros países cada vez se abren más museos de ciencia o aparecen revistas de divulgación, es notorio el constante descenso en la matrícula de estudiantes en carreras científicas, por ejemplo.

¿En qué fallamos?

Ciertamente, esa situación es internacional, pasa en todos lados, porque vivimos un mundo que se mueve por intereses económicos. Es ahí donde fallamos mucho los científicos: el imaginario de cualquier estudiante de secundaria o preparatoria es: “No voy a dedicarme a ser científico porque me voy a morir de hambre”. Eso es lisa y llanamente mentira. Si bien no es un paraíso, en nuestros países hay trabajo para los científicos. Y eso también debemos comunicarlo. ¿Te gusta la física? ¿Te gustan la química o la geología? Te necesitamos para un montón de cosas que son fascinantes y que dan para vivir dignamente. En nuestro laboratorio [Laboratorio de Cronobiología de la Universidad Nacional de Quilmes] se escucha música y se ríe mucho. Y debo decir que no es un laboratorio extraño, atípico: así son los laboratorios de ciencia. Eso es algo que también debemos contar. Los laboratorios no son lugares solemnes; son lugares serios donde se hacen preguntas serias, pero se canta, se ríe se bromea, se festeja, se come y se bebe cuando corresponde. Y esto es algo muy diferente de la imagen que tiene la gente de la ciencia y de los laboratorios… Realicemos una pequeña prueba: cerremos los ojos e imaginemos a alguien que hace ciencia. ¿Qué te vino a la mente? Seguro que un hombre (podemos probar una variante: imagina ahora a tres científicas; tacha a Marie Curie: ¿quién te queda?) con bata blanca (aunque no todos los científicos la necesiten), anteojos (somos todos miopes), con moscas en la cabeza (porque nunca nos bañamos) y una libreta en el bolsillo por si en el camión de repente se nos ocurre una fórmula y hay que escribirla rápidamente. Se trata de un arquetipo hollywoodense muy fuerte… que por suerte está cambiando. Habrás notado que ahora en las películas y las series al final el científico se queda con la chica… Sufrimos cuando hay que repetir todo varias veces, sufrimos cuando no hay dinero para seguir adelante con el experimento. Pero, en términos generales, en el laboratorio la pasamos muy bien. Es un lugar donde vas a disfrutar, a estar alegre; haces un trabajo serio, pero no de manera solemne.

¿De qué manera podemos revertir esa imagen pública de la ciencia que tenemos, errónea? ¿Cómo encuentras el panorama de la comunicación de la ciencia en nuestros países?

La comunicación de la ciencia tiene mucho que ver con compartir la ciencia, como lo hemos dicho ya en Instrucciones para contagiar la ciencia, libro publicado acá en Guadalajara: al hablar de contagio, esa palabra que da escalofríos a las madres y trabajo a los farmacéuticos, no nos referimos únicamente a virus, bacterias y epidemias, sino también a los bostezos, las risas, los hábitos y, sobre todo, a que la inspiración puede ser contagiosa: cuando un poeta se siente inspirado al escribir hay más probabilidades de que inspire a sus lectores y les produzca sensaciones de admiración y maravilla, aun sin conocerlos. Nosotros debemos compartir esa inspiración, esos sueños, hasta ese amor por lo que hacemos y, si lo hacemos bien, esparzamos el contagio hasta generar una avalancha. No olvidemos que, cuando Carl Sagan decía “Después de todo, cuando estás enamorado, quieres contarlo a todo el mundo”, no hablaba sólo del amor romántico, sino del amor por lo que hacemos, por lo que nos inspira y entusiasma. Es más, Sagan se refería a uno de los conceptos más extrañamente contagiosos de todos: la ciencia: “la idea de que los científicos no hablen al público de la ciencia me parece aberrante”. Hay muchos esfuerzos de gran calidad entre nosotros que, más allá de la ciencia profesional, se ocupan de contagiar el pensamiento científico, aquella porción de la cultura que nos despierta curiosidades, inquietudes, cosquillas, esparciendo brotes de ciencia en libros, museos, periódicos, aulas, etcétera. Cualquier escenario es lícito.

Diego Golombek Integrantes del Laboratorio de Cronobiología de la Universidad de Quilmes, en Argentina. Foto: cronos.web.unq.edu.ar

El taller “Contar la ciencia y no morir en el intento” rindió grandes frutos. Para Mariana Reyes, una de las participantes (y quien unos días después partió a Inglaterra para iniciar sus cursos de doctorado), “el taller fue un balde de agua fría para quienes nos asumimos como divulgadores de la ciencia en estas latitudes. Sus ideas contagiaron frescura y atrevimiento a un área que por momentos pareciera querer relajarse en el confort —a veces letargo— institucional y en la comodidad del oficio burocrático. Pensar la divulgación como una actividad atrevida y desenfadada, capaz de adoptar una infinidad de formatos, es el gran reto que nos compartió Diego, quien no se limita a la hora de imaginar estrategias para acercar al público a la ciencia. Sacar la ciencia de las aulas universitarias, incluso de los museos y de los podcasts, y llevarla a donde sea necesario para que la gente se involucre, comprenda y se apasione con esta forma tan peculiar de entender el mundo; porque para la divulgación científica no hay límite: hay que contagiarla, hasta en los espacios menos convencionales: cafés, bares, gimnasios y, ¿por qué no?, hasta en los conciertos de rock, todo, claro está, con una única condición: garantizar, en todo momento, el rigor científico de los mensajes transmitidos. La invitación de Golombek a extender la divulgación a contextos poco explorados vino acompañada de otra proposición: pensar la ciencia no como una actividad confinada a los laboratorios de los científicos de bata, sino todo lo contrario, como una producción cultural altamente vinculada con otros aspectos sociales o culturales, como el arte o la política. En otras palabras, su taller vino a desestabilizar nuestra concepción tradicional de la divulgación para presentarnos la extensa y rica trama que conecta a la ciencia con el arte, la cultura y la vida cotidiana. Pensar la ciencia con una perspectiva de género fue otro de los resultados del encuentro. Además de señalar nuestra tendencia a asociar la producción científica con el género masculino, se discutieron las conexiones entre el acceso a formación científica y la desigualdad de género, una realidad que no puede dejarse desatendida, especialmente en la región latinoamericana. Finalmente, es de reconocer que el buen ánimo y la chispa de Diego no decayeron a pesar de que el inicio del taller coincidió con la mala noticia de que Argentina recién acababa de eliminar su Ministerio de Ciencia y Tecnología, una medida que amenaza con retraer los avances en desarrollo científico alcanzados por esta nación. Quizás dicho acontecimiento sea una señal más de que debemos dejar de pensar la divulgación científica como una actividad aislada para comenzar a entenderla como una herramienta de empoderamiento social, cuyas implicaciones se extienden hasta los terrenos de lo político”.

Diego Golombek Foto: Extensión Unicen

Cavernas, palacios y otros recovecos del cerebro

Si Diego Golombek consiguió mover y conmover a los participantes de su taller de comunicación de la ciencia, el mismo efecto logró con todos aquellos que respondieron a la invitación al diálogo en la sesión del Café Scientifique. Será que tiene mucha razón cuando afirma que “hablar del cerebro es un viaje hacia nosotros mismos a través de las puertas de la percepción. El cerebro es lo que somos: habla de nosotros mismos”. Pero también reconoce que el interés por las neurociencias se ha beneficiado de cierta moda: “Hoy, hablar de neuro es una manera de estar fashion”, confiesa, “hay que hablar de neurofutbol, de neurohelado… antes, cuando menos en Argentina, para ligar ibas a un bar, con una gorra, pipa, la barba crecida y a todo le ponías el prefijo psi… pero en nuestros tiempos vas a Starbucks y hablas de neuro. Claro, se ha vuelto una moda porque realmente sabemos más del cerebro. En los últimos 20 o 30 años aprendimos del cerebro más que en toda la historia de la ciencia. Hemos hecho preguntas más atinadas, quizás no tan ambiciosas. Y la tecnología nos ayudó: antes, para revisar el funcionamiento de un área del cerebro uno tenía que abrir un cráneo, sacar esa área y ver si se perdía esa función —pero lo que se perdía era el sujeto, el paciente o la rata—. Ahora vemos el cerebro desde afuera: usamos colores para ver qué áreas están activas o inactivas, por ejemplo. Pero esto es reciente. En el pasado no era así, el cerebro no era el órgano que hoy conocemos: el órgano del pensamiento, de las emociones, de la memoria, de las decisiones. De hecho, durante gran parte de la historia de la humanidad fue un órgano secundario. Para los griegos antiguos, como Aristóteles, digamos, era poco más que el refrigerador de la sangre. Aunque Hipócrates ya defendía un atisbo que ahora está comprobado: ‘Del cerebro y sólo del cerebro provienen nuestros placeres, alegrías, risas y humoradas, así como nuestras aflicciones, sufrimientos, penas y lágrimas’, escribió”.

El encantamiento por el cerebro en este hechizante científico se dio cuando Golombek ya cursaba la licenciatura en biología, carrera a la que llegó luego de practicar el periodismo y el teatro. Hechizo tardío pero fulminante: “Adentro del cerebro hay números, números astronómicos: los neurólogos no tenemos nada que envidiarles a los cosmólogos” declara con pasión, como hablándole a su hermano mayor, Daniel, quien es astrónomo. “Hay miles de millones de números acá dentro: se dice que hay 86 mil millones de neuronas; es imposible pensar en las charlas entre las neuronas, que le sumarían hasta tres ceros más a esa cantidad inimaginable. Y peor aún: esas charlas cambian todo el tiempo las conexiones… lo que más me maravilla es que todo quepa aquí dentro, en esta cosa arrugada, pequeña, más o menos ligera, que parece insignificante, apenas algo así como un kilo 350 gramos”.

“Pero gran parte de lo que somos está aquí”: lo afirma, sonriendo, ese mismo niño que veía a su padre concentrado y feliz en su laboratorio químico —donde inventó una loción para que creciera el cabello, no obstante lo cual, tanto Daniel como Diego Golombek, y su padre, han vivido su vida adulta presumiendo sendas calvicies—, y que ha sabido no extraviar los estímulos para ir por la vida diaria haciéndose preguntas y buscando respuestas que llevan a más preguntas, y de paso contagiar a otros para provocar que repitan ese mismo proceso con la misma alegría.

Diego Golombek Imagen de la sesión del Café Scientifique, en Casa ITESO Clavigero, con Golombek como invitado. Foto: Roberto Ornelas

Para saber más

:: En Twitter: @DiegoGolombek.

:: Laboratorio de Cronobiología de la Universidad Nacional de Quilmes.

:: Libros de Diego Golombek en Siglo Veintiuno Editores.

:: Colección Ciencia que Ladra…

:: Premios Ig Nobel.

:: Red de Popularización de la Ciencia y la Tecnología en América Latina y el Caribe.

:: “De cavernas y palacios: ¿dónde está la conciencia en el cerebro?”, charla de Diego Golombek en el Café Scientifique.

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