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Dios en el cine desde la mirada de cinco directores

¿Es Dios un problema para el cine? En las vidas y obras de Ingmar Bergman, Terrence Malick, Bruno Dumont, Luis Buñuel y los hermanos Dardenne, hay mayor rigor y asumen el compromiso que esto supone. Y casi todos ellos se ocupan de la ausencia de Dios.

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El director de cine Terrence Malick.
El director de cine Terrence Malick.

¿Es Dios un problema para el cine? La respuesta no es sencilla, pero, por supuesto, habría que buscarla en las películas y sus creadores, particularmente en la obra de algunos realizadores que, en sentido filosófico, lo han problematizado.

A juzgar por sus apariciones en pantalla, podría decirse que con todo y que el cinematógrafo es un medio audiovisual, Dios brilla por su ausencia: en las cintas bíblicas Dios es omnipresente, pero rara vez se ve. A menudo sólo tiene presencia en la banda sonora. En imagen —cuando aparece— son célebres las interpretaciones de tres actores veteranos: George Burns, Groucho Marx y Morgan Freeman. Casualmente, en los tres casos, Dios tiene sentido del humor.

Algunos realizadores abordan el asunto evadiéndolo, como Darren Aronofsky, que se declara ateo no obstante haber hecho su Dios: “el cine narrativo”. Woody Allen, quien escribió una obra teatral en un acto titulada precisamente Dios, provee también algunas frases que merecen atención por el humor que lo caracteriza (“Para ti soy un ateo; para Dios soy la oposición leal”). El realizador griego Ado Kyrou zanja la cuestión de tajo: “El cine no necesita a Dios”.

Pero en las vidas y obras del sueco Ingmar Bergman, del estadunidense Terrence Malick, del francés Bruno Dumont, del español Luis Buñuel y de los belgas hermanos Dardenne, hay mayor rigor y asumen el compromiso que esto supone. Y casi todos ellos se ocupan de la ausencia de Dios...

 

Luc y Jean-Pierre Dardenne

En El hijo (2002), Luc y Jean-Pierre Dardenne siguen a un padre que lidia como puede con la ausencia de su crío, quien murió asesinado. “Es una historia sin Dios, pero trabajada completamente por el simbolismo cristiano”, señala el crítico Jean-Michel Frodon. En El chico de la bicicleta, el tándem acompaña al chamaco del título, que vive en el abandono. Cuando trabajaba en el guión, Luc concluyó el ensayo literario Sobre el asunto humano, en el que explora “cómo vivir esta soledad humana sin Dios”. “Con los otros”, sería la anhelante respuesta de los personajes dardennianos.

 

Terrence Malick

A menudo en sus películas se contraponen el creyente y el escéptico. Así sucede con un par de militares en La delgada línea roja (1998), en la que, desde el registro de la naturaleza, se insinúa la divinidad, y con El árbol de la vida (2011), en la que el protagonista ha de conciliar la amable fe materna con la hostil fuerza del padre. En Deberás amar (2012), un sacerdote reclama a Dios su sordera mientras somos testigos de las amarguras del amor sin Él. Sus cintas seducen a tal grado que, mientras corren en pantalla, aun para el escéptico se despliega el milagro.

Dumont observa al hombre con un paciente ánimo contemplativo. En La vida de Jesús (1997) y La humanidad (1999), la materialista realidad cobra una gravedad insoportable. Pero algo flota con ligereza, algo que podría acercarse a la espiritualidad y que en Hadewijch (2009), que sigue a una joven alienada que ama con fervor a Cristo, adquiere densidad... y ambigüedad. El cineasta, una especie de místico ateo, ve en Dios “una representación del sentimiento amoroso” y cree que el cine ofrece la posibilidad de hacer visible lo invisible. “Dios existe”, afirma, “pero en el cine”.

 

Luis Buñuel

En su libro de memorias, Mi último suspiro, Buñuel titula un capítulo “Ateo gracias a Dios” (fórmula que, anota, “sólo es contradictoria en apariencia”). Al inicio de éste afirma que “el azar es el gran maestro de todas las cosas” y que dedicó su cinta El fantasma de la libertad (1974) al abordaje de este tema. En ésta y otras queda claro que, si él no es creyente, sí le dejó una honda huella su paso por una escuela jesuita. ¿Por eso en Él (1953) el desquiciamiento del protagonista (inspirado en él mismo) sucede en una iglesia, y en Viridiana (1961) se acerca al sacrilegio?

 

Ingmar Bergman

Bergman fue hijo de un pastor luterano y en más de una de sus cintas se hacen presentes conflictos de orden religioso. En particular en El séptimo sello (1957), en la que un cruzado debate sobre la vida, la muerte y Dios mientras juega ajedrez con La Muerte, y en la trilogía que a posteriori conformaron Como en un espejo (1961), Los comulgantes (1963) y El silencio (1963). En la primera aborda “la certeza conquistada”; en la segunda, “la certeza desvelada”; en la última, “el silencio de Dios”. Y de cara a las nulas palabras divinas, para el buen entendedor, el cine de Bergman.

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