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Del estallido al proyecto: la encrucijada de la oposición

Las posibilidades actuales de encuentro e interconexión global han configurado las nuevas formas de construcción de ciudadanía y de resistencia a los excesos del poder de los Estados. En la fuerza que anima las nuevas expresiones democráticas, los jóvenes tienen que desempeñar un papel fundamental

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Protesta de Marco Rascón durante un informe de gobierno de Ernesto Zedillo. Foto: Archivo
Protesta de Marco Rascón durante un informe de gobierno de Ernesto Zedillo. Foto: Archivo

El 1 de septiembre de 1996, una máscara de cerdo rompió la solemnidad de la política mexicana. En la Cámara de Diputados, el legislador Marco Rascón se ubicó frente al presidente Ernesto Zedillo, que leía su segundo informe de gobierno, y se puso una máscara de puerco con largas orejas; después, desplegó varias cartulinas (en una de ellas escribió: “oink oink oink”).

La acción del diputado del Partido de la Revolución Democrática fue calificada como una escandalosa afrenta a la investidura presidencial. La imagen se convirtió en un referente para los partidos de oposición y Rascón quedó en el imaginario como el mejor ejemplo del antagonista al gobierno y al régimen político. En adelante, todos los que quisieran asumir esa bandera ya sabían con qué parámetro serían medidos.

En los años posteriores, los partidos políticos de oposición siguieron anteponiendo los gritos y las disputas a las propuestas y a la construcción de acuerdos. En la Cámara de Diputados, la vida seguía igual en septiembre de 2013. Legisladores del Partido Acción Nacional recurrían a los jaloneos, la provocación y las acusaciones para mostrarse públicamente como una oposición al gobierno del Partido Revolucionario Institucional. También buscaban expiar sus culpas por haber firmado con el presidente Enrique Peña Nieto el “Pacto por México”, un acuerdo que se publicitó como un llamado a la construcción democrática entre el gobierno y los partidos de oposición, pero que, ahora sabemos, fue una simulación concebida a partir de sobornos. 

Hoy, los partidos políticos de oposición siguen estancados en los gritos, los bloqueos y la estridencia. Su bravuconería (exacerbada en tiempos de elecciones) es proporcional a su descrédito. No es un asunto exclusivo de México. En mayo de 2019, diputados hondureños pelearon a golpes por diferendos en la discusión de una propuesta legislativa. En octubre de ese año, legisladores chilenos también consideraron que su papel opositor consistía en reñir con otros diputados.

En América Latina, la fe de los ciudadanos en los partidos va en picada. El Latinobarómetro 2018 reveló que la confianza en los partidos alcanzó un promedio regional de 13 por ciento, 11 puntos porcentuales menos que en 2013. En algunas naciones está al mínimo: en El Salvador, 95 por ciento desconfía de los partidos políticos; en Brasil, 94 por ciento; en Perú, 93 por ciento; y en México, 89 por ciento.

El filósofo español Daniel Innerarity señala que al desgaste de las instituciones políticas se sumaron abundantes casos de corrupción y una crisis económica que llevó a centrar las responsabilidades en el gobierno y en los partidos.

“¿Cómo conseguimos que la indignación no se quede en un desahogo improductivo, sino que se convierta en una fuerza que fortalezca la política y mejore nuestras democracias?”, pregunta Innerarity, autor del libro La política en tiempos de indignación.

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La crisis de los partidos parece haber provocado un renovado auge en la movilización popular y un impulso a nuevas agrupaciones políticas. Quienes ven el vaso medio vacío advierten que el hueco que dejan los partidos tradicionales ha sido llenado por formaciones populistas, nacionalistas y xenófobas. Ahí están la Liga Norte y el Movimiento 5 Estrellas en Italia, Vox en España, el Partido para la Libertad en Holanda y Alternativa para Alemania. Todos con claros discursos radicales y contrarios a las libertades individuales.

Quienes ven el vaso medio lleno consideran que en el espacio de los partidos tradicionales están las organizaciones no gubernamentales, los sindicatos, los movimientos de estudiantes y de trabajadores que, como nunca, tienen una gran capacidad de convocatoria y reconocimiento social. Una de las grandes diferencias con los levantamientos sociales de hace 50 años es que existe la colaboración trasnacional para desarrollar estrategias de movilización efectivas, principalmente con jóvenes. Son redes locales hermanadas con el mundo por identidades comunes. Desde la izquierda, son identidades feministas, ambientales, anticapitalistas, en defensa de los derechos reproductivos y los derechos sexuales, del matrimonio igualitario, del consumidor… Desde la derecha, son identidades fundamentalistas, antiinmigrantes, en contra del aborto, opuestas al matrimonio igualitario, nacionalistas…

Manuel Castells, catedrático de la Universidad de California en Berkeley, destaca que los movimientos actuales son estructurados de forma flexible y cambiante en redes multimodales. “Suelen nacer en internet pero de inmediato tratan de hacerse visibles en el espacio urbano. Son locales, porque se manifiestan en espacios específicos, pero también son globales, pues se conectan mediante internet alos otros movimientos en el mundo. No es internet quien los crea, tal discusión no tiene sentido […] sin la red estos movimientos, en su forma actual, no existirían”, escribe Castells en El espacio y los movimientos sociales en red.

La máscara de Rascón ha perdido vigencia como símbolo de oposición política. Las resistencias van más allá de los centros de poder y de la crítica a un partido o a un gobierno, buscan enfrentar a sistemas sociales, económicos y políticos.

Aunque los movimientos ciudadanos están vigentes desde hace décadas, hoy parecen tener una fuerza excepcional; se encuentran interconectados, visibles y empoderados frente a lo que el politólogo Larry Diamond, investigador de la Universidad de Stanford, ha llamado “un periodo de recesión democrática”.

 

Más allá de las elecciones

Las amenazas ambientales y económicas mueven a diversos movimientos sociales en México. Nada nuevo para el neozapatismo que en 1994 se levantó reivindicando derechos ambientales, de justicia, económicos y de autodeterminación. Hoy, sus añejas exigencias encuentran una nueva coyuntura en el patio de su casa, con la construcción del Tren Maya en la península de Yucatán, que supone un claro desafío impulsado por el gobierno mexicano y la iniciativa privada. El Ejército Zapatista de Liberación Nacional y sus bases de apoyo se oponen a la construcción del tren. Además del impacto que tendrá en las comunidades rurales, acusan que el gobierno no ofreció información suficiente sobre el proyecto ni realizó una consulta pública transparente y amplia.

Alejandro Bonada, profesor del Departamento de Estudios Sociopolíticos y Jurídicos del ITESO, investiga el asunto del Tren Maya desde la historia ambiental. En su análisis ha encontrado múltiples tensiones entre el gobierno federal y las organizaciones ciudadanas que cuestionan el proyecto.

Semanas antes de que Andrés Manuel López Obrador iniciara su periodo presidencial el 1 de diciembre de 2018, decenas de especialistas y académicos ya habían alzado la voz sobre los impactos negativos del Tren Maya. A los neozapatistas y a los activistas ambientales se han sumado defensores de derechos humanos, organizaciones campesinas y asambleas comunitarias. Desde distintas plataformas, estos grupos diversos han logrado vínculos de solidaridad para amplificar su mensaje.

Bonada considera que, en este momento, el levantamiento en torno al Tren Maya es uno de los movimientos opositores con mayor impulso en México. Uno de sus principales activos, destaca, es la presencia de agrupaciones indígenas que tienen décadas de experiencia en la construcción de luchas autónomas. Con todo, los opositores al proyecto tienen el gran desafío de hacer que su discurso conecte con los ciudadanos de los centros urbanos.

Las agendas opositoras en América Latina caminan en distintos tiempos. Las protestas en Ecuador en 2019 respondieron al malestar por el aumento de los combustibles, mientras que en Bolivia se centraron en la crisis política y en la urgencia por convocar a nuevas elecciones. En Chile, las movilizaciones de 2019 por el aumento en el costo del pasaje del metro recordaron a las de ocho años atrás, cuando miles de estudiantes se manifestaron para exigir reformas al sistema educativo.

“En América Latina hay una gran variedad de movimientos de oposición. Es imposible ponerlos a todos en el mismo saco. Protestan contra la falta de democracia, por mayor igualdad, por mayor apoyo a la educación, contra el autoritarismo, etcétera. En México apenas están comenzando a movilizarse sectores de las clases medias, que sienten inquietud por la falta de seguridad, el mal manejo de la pandemia y el autoritarismo”, explica el sociólogo Roger Bartra, investigador honorario en el Birkbeck Collegede la Universidad de Londres e investigador emérito del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM.

Inmerso en el análisis de la realidad latinoamericana, Manuel Antonio Garretón, sociólogo y catedrático en la Universidad de Chile, hace una clara diferencia entre las movilizaciones de otros países y el estallido social chileno de 2019, donde observa que hay una búsqueda auténtica por transitar a otro modelo socioeconómico.

Aunque en el horizonte está el ánimo de un cambio de fondo, concretarlo no parece sencillo. El entramado institucional que era intermediario entre el Estado y la sociedad chilena ha desaparecido, asegura Garretón. “Hoy en Chile hay más bien movilizaciones sociales, y no movimientos sociales. Podrán constituirse posteriormente como movimiento, como en Francia”, detalla en una entrevista con el portal Río Negro.

En los últimos meses, los jóvenes han sido la punta visible de diversas movilizaciones en Chile y en México. Los medios de comunicación muestran imágenes festivas de estudiantes en las marchas, pero también hay retratos de saqueos y violencia. En ambos extremos, la narrativa de los medios siempre coloca a los jóvenes como los motores de la protesta. La imagen de una juventud opositora y rebelde que está triunfando en las calles y desde las redes sociales no es tan clara para Octavio Rodríguez Araujo, doctor en Ciencia Política y profesor emérito de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

“No me parece que los jóvenes jueguen un papel importante como opositores hoy en día, ni en México ni en América Latina. En nuestro país han proliferado algunos grupos (juveniles) de corte anarquista que han dado la nota en las noticias, que han tomado escuelas o que las han incendiado, así como vehículos en las calles. Pero más bien parecen provocadores a sueldo que auténticos anarquistas. Yo no los consideraría como ‘movimientos ciudadanos de oposición’”, advierte Rodríguez Araujo.

Los jóvenes han sido un sector de la población duramente castigado por el sistema político y económico. Justo por eso, María Amparo Casar, analista política e investigadora del Centro de investigación y Docencia Económicas (CIDE), piensa que el papel de los jóvenes en la discusión pública es indispensable, ya que se juegan su propio destino.

“Creo que la juventud siempre ha tenido un papel preponderante dentro de los movimientos ciudadanos. Cada nueva generación ha empujado cambios políticos que han ayudado a la construcción de sociedades más abiertas, plurales y democráticas. Es muy importante que, a pesar de su legítima decepción con la política, den un paso hacia la participación activa y la demanda de cambios sociales, económicos y políticos. Justo ahí en donde los gobiernos les han fallado”, apunta Casar.

Con 30 años de edad, Pedro Kumamoto es vocero de Futuro Jalisco, una agrupación donde predominan los jóvenes y que busca convertirse en partido político. Fue el primer candidato independiente en ganar una elección a un cargo de representación popular en Jalisco. Kumamoto no tiene claro hacia dónde llevará la precarización de los jóvenes y su desencanto del sistema político. Por un lado, indica, puede desmovilizarlos; pero también puede alentarlos a politizar nuevos espacios y formar redes críticas fuera de lo institucional.

“Los movimientos sociales en México tienen elementos únicos y muy potentes que rompieron la dinámica electoral. Tienen una gigantesca creatividad política. No será igual que en otros países, pero el potencial de los movimientos sociales es gigantesco, con mucha dignidad y con compromiso”, sostiene Kumamoto.

 oposición política

Opositores errantes

Sin proyecto ni organización, las oposiciones parecen destinadas a seguir en la sombra. Sucede con los partidos políticos opositores y con las movilizaciones que sólo se muestran en ciertas oportunidades. En América Latina estamos llenos de estallidos; los movimientos no son tan frecuentes. Garretón ha definido el estallido como “un momento que funda una situación, es una coyuntura crítica”, mientras que el movimiento es algo que tiene proyecto, consecuencias, rupturas.

Esa trascendencia no puede darse sin antes fijar un rumbo. Rodríguez Araujo ha sido un férreo crítico de la desarticulación que predomina en la oposición en México. Antes que todo, anota, hay que definirse. “Lo primero que deben hacer los opositores es precisar a qué o a quién se oponen, por qué y qué alternativa presentan. En segundo lugar, tienen que organizarse y convertirse en un movimiento. Sin organización no hay movimiento que valga la pena”, establece el catedrático de la UNAM.

Aun sin ruta ni líneas claras, hay movilizaciones capaces de crear un golpe de efecto. Son estallidos oportunistas que ocurren desde cualquier lado del espectro político. Por ejemplo, el Congreso Nacional Ciudadano nació hace una década en Monterrey con propuestas para incentivar un cambio en la vida política. Desde hace meses, su fundador, Gilberto Lozano, cambió su ideario para formar un bloque que, a través de la presión social, lleve a dimitir al presidente Andrés Manuel López Obrador. Así surgió el Frente Nacional Anti AMLO (Frenaaa), al que se han sumado organizaciones católicas, activistas y periodistas.

Desde el análisis político, Frenaaa es un proyecto ideológico con un discurso inconsistente y destructivo. “El Frenaaa es una opción de ultraderecha, pero sus críticas carecen de sustento real. ¿AMLO comunista? Ni como chiste tiene credibilidad. AMLO, como buen megalómano, no sigue esquemas ideológicos claros y precisos, mucho menos basados en teorías políticas de alcance universal. El populismo, me adelanto a decir, no es una categoría definida como tal en la ciencia política”, detalla Rodríguez Araujo.

Frenaaa se manifiesta públicamente con caravanas de automóviles que apuestan por los cláxones y las cartulinas para llamar la atención. En las protestas, la caricaturización de López Obrador parece una puesta en escena para ridiculizarlo, más que una movilización crítica sobre sus acciones de gobierno. Bartra advierte una evidente confusión: “Es un movimiento de derecha que reacciona con un gobierno que supone de izquierda. Están mal encaminados, pues el gobierno es también de derecha, pero de otra clase de derecha: es una derecha populista”.

Las protestas sin rumbo ni argumentos sólidos sirven a los gobiernos para desacreditar a los movimientos sociales de oposición. “De pena ajena”, dijo López Obrador el pasado 14 de julio al referirse a varias cartulinas exhibidas en una de las protestas de Frenaaa.

Otra consecuencia es el efecto negativo que provocan estos llamados entre los ciudadanos, ya de por sí escépticos y desmovilizados. Las expectativas que generan las movilizaciones se acaban con el paso del tiempo y, otra vez, hay un desencanto de la vida pública que reduce la participación social.

 

Organismos atacados

Ese hastío de la política y por todo lo que provenga de ella se acrecienta con las tensiones que los ciudadanos observan entre el poder y los organismos autónomos que funcionan desde el Estado para vigilarlo y contenerlo.

La dirección que les falta a los movimientos sociales la tienen de sobra estos organismos. Estructura y cimientos son dos palabras que pueden resumir las fortalezas de estas instituciones que, con el paso de los años, han construido un carácter ciudadano y cierta independencia frente a las decisiones gubernamentales.

En México, la Comisión Nacional de Derechos Humanos, el Instituto Nacional Electoral, el Banco de México y el INEGI buscan operar más allá de caprichos sexenales y de los partidos políticos. Los intentos por controlar sus decisiones fueron constantes en los gobiernos del PRI y del PAN; también han aparecido con Morena.

Incluso, hay quien observa mayor presión sobre estos organismos autónomos que, en algunos casos, tienen facultades legales para modificar, impedir o sancionar acciones gubernamentales. Ese poder en manos de ciudadanos es único y está en el centro de la embestida política.

“El gobierno los está tratando de desaparecer o de neutralizar mediante cualquier cantidad de trampas, no todas legales (por ejemplo, la CNDH). Este gobierno no quiere tener contrapesos de ningún tipo. Es absolutamente intolerante y de fuertes tendencias autoritarias”, juzga Rodríguez Araujo.

En el mismo sentido, Roger Bartra observa un debilitamiento de los organismos autónomos ante el constante ataque gubernamental: “Están en mal estado, pues el gobierno ha agredido a los organismos de la sociedad civil. Pero los que quedan están apoyando las funciones del ine, que es un órgano autónomo de gran importancia. La Comisión Nacional de los Derechos Humanos tiene atada al cuello una piedra gubernamental”.

El funcionamiento de los organismos autónomos no puede entenderse sin la fiscalización y la vigilancia de las acciones gubernamentales. En ello radica su valor, en ser guardianes de normas y reglas, no en oponerse al gobierno.

“Los organismos autónomos e independientes no tienen el objetivo de oponerse al poder, sino que están pensadas para regularlo y para aislar de los vaivenes de la política, la toma de decisiones en ciertas áreas de actividad”, describe Casar.

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Recuperar lo perdido

Desde la ciencia política está claro que, en un régimen democrático, cada actor político debe cumplir un papel. Ni los movimientos sociales ni los organismos autónomos deben ocupar el lugar de los partidos políticos de oposición. Tampoco su desaparición es una opción.

La fórmula es clara: mientras más se ataque a la democracia, se necesita más democracia. Y eso pasa por partidos políticos plurales que respondan a las expectativas y necesidades sociales. En pocas palabras, una oposición que tenga la confianza de los ciudadanos.

“Lo más importante es comprender que la oposición que puede tener efectos reales es la oposición partidista. Es importante evitar que se generalice un sentimiento contra los partidos, pues ello fomenta la antidemocracia y el autoritarismo”, afirma Bartra.

Garretón cree que un verdadero proceso de cambio no podrá llegar sin los partidos políticos. Por eso, urge a reconstruir los canales de entendimiento y comunicación entre movimientos sociales, legisladores, funcionarios y políticos. “El problema es que hoy no existe una vinculación como la que existía antes entre los partidos, la ciudadanía, los movimientos sociales y el mundo institucional. Entonces, a mi juicio, es lo que hay que hacer de forma urgente: recuperar alguna forma de relación entre el mundo político y el mundo social”, sostiene.

Aunque pueden caminar juntos, los partidos políticos de oposición y los movimientos ciudadanos opositores cumplen funciones distintas.

“Mientras la misión de los partidos de oposición es la búsqueda del poder político, desde la sociedad civil organizada surge una serie de demandas, críticas y propuestas que, si bien pueden enfrentarse a la voluntad del gobierno en turno, lo que buscan no es ponerse en el lugar del gobierno, sino mejorar sus resultados. Dadas estas dos realidades, pareciera que la única alternativa es tender puentes entre sociedad política y sociedad civil. En particular, que los partidos busquen en las comunidades, los distritos electorales, municipios y estados, nuevos liderazgos que estén dispuestos a ‘entrarle a la política’ y cambiarla desde dentro”, señala Casar, presidenta de la organización Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad.

Acabar con la lógica electoral es uno de los grandes desafíos para los partidos políticos de oposición y los movimientos ciudadanos. Otro, no menor, es llevar los reclamos de los movimientos sociales al mundo institucional y político.

“Va a ser muy interesante lo que viene en los próximos años en los movimientos y organizaciones de base, en los movimientos estudiantiles, en el feminista. Quienes estamos en la política institucional tenemos una enorme deuda con esos movimientos, y lo único que podemos hacer es buscar las mejores vías para representarlos”, apunta Kumamoto.

Recuperar la confianza ciudadana: ése es el gran reto.  .

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