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Cuando el espejo miente

Desnutrida y delgada porque sus padres no podían proveerle alimentos, Gretel, en su anhelo de dulces y golosinas, cayó en la trampa. La Gretel contemporánea, escuálida, se mira ante el espejo, pero no percibe su delgadez. Por la percepción distorsionada de su propio cuerpo, así como por la moda, en la publicidad, en los entornos laborales, cada vez más mujeres caen en la espiral autodestructiva de los trastornos alimentarios: anorexia y bulimia.  

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Mujer al espejo
Mujer al espejo

La imagen de la modelo sofisticada que aparecía en mi cerebro cada vez que escuchaba la palabra anorexia, cambió por la de una muchachita cadavérica de quince años que leía Harry Potter en una cama del servicio de Endocrinología del antiguo Hospital Civil de Guadalajara (HCG). En aquel cuerpo de treinta y tantos kilos —ahora que está en recuperación— había muy poco de esnobismo. Incluso en la simpleza del nombre que eligió la convaleciente para este reportaje: “siempre me quise llamar Estefanía”, sonrió la adolescente, mientras se presentaba con una vocecita de cuento infantil. Quizá la voz para Hansel y Gretel. “Siempre quise ser una niña delgadita”, aclaró esta Gretel, como si hiciera falta.

Estefanía, Blancanieves, Gretel, Rapunzel, Barbie... Las niñas cayeron en la trampa: una combinación de relaciones familiares patológicas e influencias estéticas que tomaron auge hace alrededor de 30 años, acaso por la manía de algún modisto. La trampa fue reconocida y bautizada en 1982 por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Se llama Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA). En un principio incluyeron la anorexia y la bulimia y, en su versión más actualizada, la vigorexia, que es la obsesión por el desarrollo de los músculos. Pero en los blogs en los que muchas de estas jóvenes comparten sus experiencias, traumas, anhelos, tratamientos con pastillas adelgazantes y purgas, así como los autorretratos tomados ante el espejo en los que se ve su piel pegada al fémur, a las costillas y a la cadera, ya aparecen otros trastornos alimenticios como la ortorexia (obsesión por la comida saludable) y la sadorexia (combinación de la anorexia y el masoquismo).

¿Cuántas están atrapadas? Como ocurre con Barbie y miss Pasarela, en México los números oficiales son una fantasía. Sin números no hay certezas, sin certezas no hay una respuesta organizada del Estado, sin respuesta nadie lleva las cuentas. Y vuelta a empezar. Los datos oficiales no existen y los extraoficiales son pesimistas. Las cifras más conservadoras las proporciona el presidente de la Asociación Psiquiátrica de Jalisco, Colegio Médico, AC, Sergio Villaseñor Bayardo: entre 0.5 y 3.7 por ciento de las personas del mundo padece anorexia y de 1 a 4.2 por ciento sufre bulimia. Según esta fuente, hay seis mujeres por cada hombre que padece anorexia, y con bulimia, existen diez mujeres por cada hombre.

Otro organismo privado, Ellen West, Fundación Mexicana contra la Anorexia y la Bulimia, que trabaja en el Distrito Federal desde 1998, presenta un panorama más turbio: de dos a cinco por ciento de las mexicanas que tienen entre 13 y 18 años de edad padece anorexia y otro nueve por ciento sufre bulimia. De ellas, una de cada diez perecerá en el largo plazo por los daños secundarios que provocó su enfermedad. Ellen West afirma que dos de las tres afecciones crónicas más comunes entre las adolescentes actuales son causa de la relación insana con la comida: una es la obesidad que afecta a la mitad de los mexicanos, según la Secretaría de Salud, y otra es la obsesión por la delgadez extrema (la tercera es el asma). Según la Fundación, la ansiedad que causa la ingesta de alimentos comienza cuando una mujer cumplió seis años de edad y redunda en que más tarde una de cada tres púberes vivan a dieta permanentemente.

Entre todo el coctel de números, la única certeza es que los trastornos de la alimentación se escaparon hace varios años del espectáculo de la pasarela.

DESORDEN UNIVERSAL
Diferentes especialistas coinciden en que si los desórdenes alimenticios fueran exclusivos de los ricos y estuvieran presos en las clínicas que cobran hasta 180 mil pesos por 45 días de internamiento, el problema estaría encerrado en una parte pequeñísima de la población mexicana. Pero no.

El caso del Hospital Civil es una sorpresa tan incómoda como el encuentro con Estefanía, o con lo que queda de ella. Se trata de la institución de salud pública que atiende a la gente más desfavorecida del occidente mexicano. Al Civil van los que no tienen seguridad social ni dinero para pagar una consulta médica privada. En el mundo de padecimientos de la pobreza, cuya extraña combinación va de las diarreas mortales por parásitos a los cánceres más complejos, comenzaron a llegar hace un lustro los TCA, menciona la psiquiatra del nosocomio que se encargó de atender esos primeros casos, Adriana Rivas Anguiano.

Los trastornos alimentarios llegaron con tal fuerza al HCG que, hace unas semanas, el área de Nutrición del nosocomio inauguró el turno vespertino para atender a 30 mujeres con anorexia y bulimia. Mujeres es el eufemismo para no decir niñas, porque el promedio de edad de las enfermas es de quince años. Más grave aún: la mayoría llegó al área de Nutrición remitida por Pediatría. La más pequeña de las pacientes del hospital tiene ocho años, apenas se sostiene sobre sus huesos y vive angustiada porque cree que no podrá encontrar una pareja a causa del cuerpo obeso y ficticio que le devuelve el espejo, narra la nutrióloga Sandra Vélez Escalante.

Otro ejemplo de la permeabilidad de los desórdenes alimentarios en las clases sociales es el que sucede en el Hospital General de Occidente, en Zapopan (nosocomio de la Secretaría de Salud Jalisco), a donde cada semana llegan dos o tres pacientes nuevas con anorexia y bulimia, también consignadas por un especialista en medicina infantil, señala el psiquiatra Jaime Orozco Ibarra.  

PESADILLAS DE ANTAÑO
Desde la cama del hospital, donde su cuerpo es como la arruga más anchurosa de la sábana, Estefanía recuerda que la prima que le dio la receta es también una niña. Y relata, con su voz de Gretel y su mirada café herida, que desde hace varios meses esa prima no ha vuelto, tal vez horrorizada por el éxito mortal de su recomendación de dos pasos: dejar de comer y hacer mucho ejercicio. Estefanía comenzó a seguir la recomendación al pie de la letra durante la Semana Santa de 2006. Tenía catorce años y pesaba 59 kilogramos, tres arriba de su “ideal”. A lo largo de la conversación, la joven revela que lo del peso corporal de treinta y tantos kilogramos y la estadía en el hospital son sólo las partes de la pesadilla más palpables. Años antes, cuando cursaba la secundaria para señoritas y pesaba más de 70 kilogramos, su compañera le exigió una mañana que se quitara de la banca o llamaría a una grúa. La adolescente afirma, no muy convencida, que su historia sería diferente si aquella herida escolar no se hubiera producido, o quizá si su hermano hubiera sido bueno con ella —como Hansel el del cuento—, o si sus padres hubieran puesto más atención cuando ella hablaba. Y todo eso, puros hubieras a la vez que historias tan dolorosas, Estefanía lo cuenta sin un dejo de pesar o alegría en su cara blanca que, igual que la de un cuento fantástico, esconde una expresión de niña en una piel que podría ser la de una vieja.

¿Cómo empezó? La respuesta de los especialistas que han abordado los TCA es más complicada que la de las víctimas. Algunos responsabilizan del mal a los diseñadores de moda, a la sociedad discriminatoria, al efecto de los medios de comunicación y la publicidad. Hay quienes indican que la anorexia y la bulimia afecta a las púberes que temen dejar la niñez o experimentan cambios emocionales significativos. Otros apuntan a las familias disfuncionales, pero también a la predisposición genética o al abuso físico o sexual cometido contra las enfermas.
 
Generalmente, el terapeuta familiar sistémico hace un diagnóstico del sistema familiar en que se desenvuelve el paciente e identifica las alianzas familiares, la rigidez en las creencias, formas de actuar, el aislamiento de los miembros o la función que cumple el paciente para cada familiar. Este proceso de diagnóstico suele conllevar entrevistas con toda la familia y después se busca realizar un cambio en el funcionamiento familiar, que en teoría aumentará la capacidad del sistema para manejar la nueva situación. Dicho cambio se dirige a modificar patrones de relación familiares disfuncionales para los que el terapeuta utiliza una serie de recursos técnicos para posibilitar los cambios.

IMAGEN GLOBAL
No es novedad que la moda se convirtió en una tiranía, sustentada en la creencia de que la medida del éxito en las sociedades contemporáneas es la de la imagen perfecta. Un prototipo que se aleja de la naturaleza del cuerpo humano, y que cada vez se vuelve más artificial. Dulce María Valencia, terapeuta y profesora del ITESO, apunta que “nuestras sociedades tienden hacia una forma mucho más individualizada y orientada hacia un narcisismo por el cuerpo. Existe un ideal corporal, como la principal carta de presentación de una persona y es un modelo que ha tomado fuerza con la globalización cultural en la que estamos inmersos”.

Valencia, especialista en el tratamiento de jóvenes que padecen simultáneamente adicción a sustancias y trastornos de la alimentación, explica que además de los factores mediáticos y culturales “hay propensiones y de factores de riesgo que si se combinan con un gran estrés pueden detonar estas enfermedades: cambios escolares importantes, o en la estructura familiar, o algo que se salga de la normalidad. No es un asunto de generación espontánea”, sino la manifestación de una gran complejidad de elementos.

A esta explicación se suman otras diversas: “por lo general ocurre en un periodo de vida en donde se da la transición de un cuerpo de niña a un cuerpo de mujer. Algunos teóricos lo explican como un intento por retrasar la aparición del ser mujer. Muchas de estas chicas, sobre todo las anoréxicas, reportan su malestar por el busto, o por el desarrollo de la cadera, y van tratando de retrasar esta transición a una vida adulta. Otros han planteado el rechazo inconsciente a irse semejando a mamá”, comenta Valencia.

Los pioneros en la investigación de los Trastornos de la Conducta Alimentaria forman parte del grupo de Milán: psiquiatras y psicoanalistas que comenzaron a trabajar con la Terapia Familiar Sistémica y durante décadas han reportado sus experiencias con jóvenes anoréxicas y sus familias.

Alba Gloria Arias, directora del Instituto Bateson de Terapia Familiar Sistémica y profesora del ITESO, habla de su experiencia: “nos hemos encontrado con que las chicas que padecen algún trastorno de la conducta alimentaria vienen de familias rígidas, a las que les cuestan trabajo los cambios y se mantienen muy firmes con ciertas reglas y creencias. Una variable interesante es que en estas familias hay un interés por la alimentación o por la estética o hay un interés por el control: dietas, nutrición, o lo que es bueno para la salud, exagerado. Algunos padres obligan a sus hijos de seis años a hacer ejercicio y controlan que no coman dulces, ponen llave al refrigerador o a la alacena”.

En su habitación del hospital, Estefanía recuerda que hace dos años pesaba 76 kilogramos. Un día su madre la puso en el consultorio del nutriólogo. Más tarde, le aplaudió aquel tesón para perder 17 kilogramos en medio año y la animó a que perdiera los tres que sobraban para tener el peso “ideal”. ¿Le hizo algún comentario cruel?, ¿le contó que las mujeres gordas no consiguen novio?, ¿por qué la obsesión del peso “ideal”? La niña huye de las preguntas incómodas con una respuesta: “tuve miedo de que todos volvieran a burlarse de mí. Siempre fui una niña solitaria por mi obesidad. Cuando enflaqué seguí igual, pero ahora nadie se reía”. Hace un año, cuando estaba de vacaciones en la playa con sus primos y sus padres no podían vigilarla, la joven decidió dejar de comer, vomitar si debía ingerir alimentos, tomar varios litros de agua, practicar ciclismo, correr y hacer media hora de abdominales a diario. Cuando se dieron cuenta de que habían perdido el control, era muy tarde.

UNA FAMILIA, UN PORTADOR
La telaraña entrevesada que en ocasiones se teje en torno a los parientes más cercanos es la razón por la que terapia familiar sistémica aborda los trastornos de la conducta alimentaria como el síntoma de un mal que ha enfermado a toda la familia. Aunque se manifiesta en uno o más de sus miembros.

Para Karina Corona, terapeuta familiar sistémica y profesora del diplomado en Desórdenes de la alimentación del ITESO, “los padres son las relaciones básicas más importantes en las que una persona se basa y se guía el resto de su vida. El paciente sólo es el portador de la disfunción de la familia y si no se sanan las relaciones del núcleo familiar es muy difícil tener éxito en el tratamiento de estos trastornos”. Por ejemplo, dice, “hay situaciones en las que la madre es tan guapa y socialmente aceptada que la hija no puede acercársele sin competir con ella; entonces, la joven se vuelve una comedora compulsiva porque su obesidad es la única forma en que su madre la va a aceptar”. Otras veces, continúa la psicóloga, los padres se enfrentan constantemente y alguno de ellos toma a su hija como aliada. Si es el padre quien lo hace, complica las relaciones entre la madre y la hija. A la rivalidad se suma que en el ambiente circula la certeza de que cuando la pareja resuelva sus problemas la hija será desplazada. Para evitar ese dolor, inconscientemente la niña se convierte en el problema.

La patología menos dañina en apariencia, y la más constante, es la rigidez de las reglas en el hogar. Pero resulta que no es tan inofensiva, pues por rebeldía natural las adolescentes se sienten impulsadas a asumir el control en algunas cosas. Por ejemplo, las jóvenes con anorexia tienen obsesión por la perfección en todas las acciones que desempeñan, coinciden los especialistas. Ese afán por controlar aunque sea algo de su vida las lleva a tomar decisiones extremas sobre la ingestión de alimentos. Rechazan cualquier comida que contenga azúcar, grasa, harina y proteínas animales. Otras jóvenes controlan la salida de esos alimentos de su cuerpo, por medio del vómito y las purgas, coinciden Sandra Gabriela Vélez y Joana López, nutriólogas del Hospital Civil de Guadalajara. Añaden que a menudo, en las consultas, las madres de las adolescentes enfermas intentan recuperar el control y ante cualquier pregunta responden en lugar de sus hijas. Esas mismas madres, agregan, alentaron las dietas de sus niñas hoy bulímicas y anoréxicas.

Recuerdo una historia de terror. Hace un tiempo una mujer con problemas serios de bulimia me contó que habló con su madre del problema y —para su sorpresa— el único comentario que recibió a cambio fue: “¿cómo le haces? Me gustaría tener la valentía para adelgazar”.

Los TCA se generan en familias disfuncionales, afirman varios especialistas. Pero hay un miembro de ésta que manifiesta o lleva a cuestas la disfunción: “quienes desarrollan cualquier trastorno obsesivo, de adicciones y alimentación, son las personas más sensibles y quizá las más inteligentes de su núcleo fraternal. En algún momento, los hoy enfermos detectaron y se atribuyeron los problemas de su entorno. Cuando se trabaja en terapia sistémica se ve que el ‘enfermo’ sólo es el mensajero de su familia”, afirma Karina Corona.

HACIA LA RECUPERACIÓN
Estefanía es alta, de pelo rubio y rizado y una boca carnosa que le desagrada. Ante el espejo su desaprobación de sí misma es total. Apenas se percata del riesgo que implica la eliminación de los nutrientes de su dieta, y la obsesión con la bicicleta, las abdominales y con correr para mantenerse delgada en exceso. Ella explica que su internamiento en el Hospital Civil se debe a la descompensación hormonal y la anemia que le produjeron dejar de comer, pero nunca menciona la palabra anorexia. Está postrada en la cama, conectada al suero para hidratarla y proporcionarle nutrientes. Aún no se cuestiona si seguirá algún tipo de tratamiento tras el mes de internamiento obligatorio —sin el cual, según los médicos, no subsistiría.

Tras un decenio de experiencia en el tratamiento psiquiátrico de los TCA en la consulta privada, Adriana Rivas Anguiano relata lo que suele ocurrir cuando una paciente con anorexia y bulimia empieza a recuperarse: “se hace más evidente el problema de la disfunción familiar, pues comienza a difuminarse el centro de la atención. Antes, los ojos y las responsabilidades estaban puestos sobre la joven porque no comía, porque había que llevarla a la terapia, cuidarla en el hospital. Cuando esa dinámica se termina y el foco de atención se mueve, los familiares empiezan a verse a sí mismos y entre ellos. Se hacen más evidentes los conflictos en la casa y muchas veces, consciente o inconscientemente, la familia vuelve a jalar a la paciente hacia la enfermedad: es más cómodo tener a un sujeto señalado como enfermo entre ellos que decir: ‘toda la familia está mal’. Desde el inconsciente, muchos padres sabotean los tratamientos de recuperación”.

Para el psiquiatra Sergio Villaseñor Bayardo, la familia es una pieza importante en el rompecabezas de los trastornos de la conducta alimentaria, pero sólo una pieza. Los otros elementos de la enfermedad son la predisposición genética a algunas patologías de la mente y la influencia avasalladora de la sociedad. Tanto quienes padecen trastornos de la conducta alimentaria como sus familias, tienen pautas similares a las de los psicóticos, que experimentan una percepción distorsionada de la realidad, así como los que sufren trastornos psicosomáticos y los depresivos”, asegura Alba Gloria Arias.

El presidente de la Asociación Psiquiátrica de Jalisco regresa a las cifras nunca oficiales: la mayor parte de las personas con anorexia y bulimia sufre trastornos de ansiedad. Un poco más de la mitad padece depresión mayor o distimia (alteración del estado de ánimo que se manifiesta con desesperanza, tristeza, autoestima débil). Una cifra similar vive con trastornos de la personalidad. Entre cuatro y seis por ciento vive con trastorno bipolar (cambios drásticos del estado de ánimo, que oscilan entre la euforia y la tristeza). Sergio Villaseñor explica que es indispensable entender que las enfermedades psicológicas han aumentado y seguirán creciendo entre la población —la Organización Mundial de la Salud (OMS) indica que para el año 2020 ocuparán el tercer lugar entre las causas de enfermedad en casi todo el mundo—. Y que los tca son una expresión actual de los padecimientos psicológicos.

Tanto el psiquiatra como el psicoterapeuta y el nutriólogo apuestan por resolver el problema desde su trinchera o sumando sus esfuerzos. Sin embargo, el Estado tiene la gran responsabilidad en la investigación y el tratamiento de este problema que emerge como una epidemia y nos toma desprevenidos. Nadie tiene duda sobre el tratamiento que se debe seguir para tratar el sida, pero para los trastornos de la alimentación no hay un programa articulado por parte de las autoridades de salud que los enfrente de forma integral y en toda su complejidad.

CULTURA Y NATURA
Villaseñor Bayardo ha ligado sus investigaciones a la influencia que la cultura tiene en el comportamiento de los padecimientos mentales. Afirma que la anorexia y la bulimia no existen en los pueblos que no han recibido influencia significativa del Occidente ni en los que la comida escasea.

Respecto al factor cultural y a las creencias familiares, Alba Gloria Arias habla de su experiencia: “hemos observado que las mujeres, en especial, provienen de familias donde les hacen sentir que deben de ser agradecidas y tener un papel de sometimiento y de ayuda a la familia como una muestra de agradecimiento. Si se rebela o muestra su indiferencia o su distanciamiento, es catalogada de ingrata”. Y agrega: “en nuestro contexto social hay una narrativa: eres hermosa y exitosa si tienes ciertas medidas. Hay mujeres muy talentosas que tienen sobrepeso y no las contratan”.

La línea entre el cuidado del cuerpo y la imagen y la obsesión por lo que se impone como perfección y atenta contra la propia naturaleza, es muy delgada. Karina Corona opina que “una cosa es la belleza que no rompe con la estética que permite la morfología humana. Hay una línea divisoria sutil entre el cuidado corporal y el trastorno alimenticio. No se trata de sobrepeso y descuido de la salud por los triglicéridos y los problemas cardiovasculares que conllevan. Pero la extrema delgadez entra en un canon de morfología inexistente. Tanto 40 como 100 kilos son un desfase de la estructura; un desequilibrio físico, emocional, estructural”. Según Corona, desde la perspectiva sistémica, el trastorno de la conducta alimentaria “es la percepción errónea de uno mismo, provocada por factores personales, familiares y sociales que llevan a romper el equilibrio natural como organismo vivo, viendo al ser humano como parte de la naturaleza y no como controlador de la misma. Al ponernos un peso ‘ideal’ estamos tratando de controlar la naturaleza y nuestra propia estructura y vamos en contra de la sabiduría natural”.

Acostada en su cama, Estefanía habla de sus expectativas cuando salga del hospital: “me gustaría tener un cuerpo con el que todos me vean mejor”. Tras un breve silencio, recapacita: “No. Soy yo la que me tengo que ver mejor”.m.

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