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Cristo se detuvo en el cine

Con el advenimiento de la Semana Santa, las televisoras religiosamente abren el cofre de los prodigios para ofrecer “entretenimiento” de bíblicas proporciones. La pasión de Cristo, en particular, es revisitada a través de los múltiples (que no diversos) acercamientos que el cine le ha dedicado. En la gran mayoría de ellos es evidente el solemne respeto que existe por la figura de Cristo: fueron concebidos como una mera ilustración de los episodios narrados en el Nuevo Testamento.

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Jesucristo
Jesucristo

El ensayo no cabe en este género santo, incluso en los episodios que la Biblia describe escasamente. Prácticamente todos se abocan a exhibir a un Cristo de rubia cabellera, tez blanca y ojos claros que es prácticamente etéreo y a cada paso prodiga bendiciones y frases para la inmortalidad aforística. En general, a las películas sobre la pasión les falta, justamente, pasión. La historia más grande jamás contada (1965) de George Stevens es particularmente ilustrativa de este mal hábito.

A diferencia de la literatura, por ejemplo, en la que existen búsquedas de Cristo que van más allá del doliente crucificado (como propone, por ejemplo, el poema “La saeta”, en el que Antonio Machado se niega a cantar a “ese Jesús del madero” y prefiere hacerlo “al que anduvo en la mar”), el cine ha sido conservador (o precavido): muy pocas veces se acerca a Cristo en tanto protagonista de un conflicto de vital importancia para los simples mortales: la angustia que surge de la doble naturaleza de Jesús, la divina y la humana. Por eso, La última tentación de Cristo (1988) es, en este sentido, un hito (que habría que traer a cuento más allá de la temporada): lo que ahí ventilan el novelista Nikos Kazantzakis, el guionista Paul Schrader y el realizador Martin Scorsese es justamente el tamaño de la última tentación de Jesús, que no es otra que terminar sus días... como humano.

Jesucristo superestrella

(1973)
Una banda de harapientos hippies se monta a un camión con destino a un desértico paraje. Ahí montan una pasión desinhibida pero respetuosa de las estaciones del vía crucis. El asunto no habría de incomodar a nadie, pero los histriones se empeñan en caminar por el musical: el fanático del “cine cantado” puede entonces reclamar, con justicia, lo que se hace con el género “que nació para la felicidad”. Un Judas negro de piel y corazón traiciona al Cristo que canta en la voz de Ian Gillan, mientras Magdalena, con voz e imagen de Ivonne Elliman, no sabe “cómo amarlo”. En manos de Norman Jewison la acidez del LSD resulta inocua de cara al mito. El show debe continuar, nos dice con el musical, aunque termine como de costumbre.

La última tentación

(1988) 

Martin Scorsese concibe un Cristo digno de su panteón de personajes atormentados. Hace feliz eco a la novela de Kazantzakis y pinta a un Jesús endeble, pusilánime y atribulado (personificado por Willem Dafoe) que genera más indignación que compasión: es el único que, por ejemplo, construye cruces para los romanos; es el responsable de la debacle de su prima Magdalena. Judas, convertido en motivador insidioso, lo estimula para que esté a la altura de las palabras que prodiga a sus discípulos, de la misión que trazó. Sin embargo, su mente divaga; duda. Al final, la misión de Judas es inseparable de la de su maestro; al final, Pedro niega a Cristo: ¡y sobre esa piedra se erige la Iglesia católica!

El libro de la vida

(1998)
Acompañado de Magdalena, su asistente, Jesucristo aterriza en Nueva York el último día de 1999. ¿Su objetivo? Concretar los últimos detalles para la realización del Apocalipsis, que habrá de verificarse tal día. En el camino, sin embargo, le asaltan dudas filosóficas: ¿realmente la humanidad merece llegar a su fin, y de la manera señalada en el gran libro? Las dudas alimentan la discusión con un interlocutor privilegiado: Satanás. A partir de un guión suyo, Hal Hartley, que ha tenido una carrera tan irregular como marginal, recoge miedos finiseculares y, con humor, pone sobre la mesa dudas existenciales que habitan en el hombre desde que es hombre. Nadie mejor que Jesús, así, para dar peso a tal ambición.

La pasión de Cristo

 

(2004)
La enfermiza mente de Mel Gibson hace eco de lo más enfermizo del cristianismo sufriente y nos receta un Cristo que es vapuleado con saña por los soldados del ejército romano de ocupación. Los golpes se prodigan mientras la sangre, gustosa y copiosa, salpica la pantalla: el Cristo de Gibson es un campeón del aguante; nadie como él para soportar la saña y la ira de sus agresores. Así, la veneración por Él es consecuencia de su portentoso desempeño ante el maltrato. Ya se entiende la autoflagelación como espectáculo en algunas procesiones de Semana Santa. Pero tanto maltrato, más que incrementar la fe, convierte a Cristo en un asunto del género de terror. ¡Ay!

Mary

(2005)
Un conflictivo actor y director filma en Palestina la controversial cinta Ésta es mi sangre; su actriz principal inicia una búsqueda obsesiva del personaje que interpreta, María Magdalena; por su parte un periodista en Nueva York concibe un documental que busca la verdad sobre Cristo. Sus caminos se cruzan cuando la première de la cinta es el explosivo objetivo de un grupo fundamentalista. Quien esto firma (Mary) es nada menos que Abel Ferrara, ecléctico cineasta que lo mismo visita el horror que el thriller y el misterio; ahora hace de la búsqueda espiritual su tema principal. Mary es considerada como una respuesta a La pasión de Mel Gibson y en Venecia obtuvo cuatro reconocimientos. En Roma, sin embargo, apoyaron a Mel.

Un género patrio, ¿o tal vez no?

México siempre fiel. Y el cine mexicano también: la filmografía de origen nacional dedicada a la figura de Jesús es abundante: no menos de una decena de títulos lo llevan como estandarte y baluarte. Es particularmente numerosa en las décadas de los cuarenta y cincuenta del siglo pasado: la religión daba santo pretexto a la industria para beneplácito de los creyentes que, siguiendo las recomendaciones de la Iglesia, evitaban el cine los días de guardar.

Pero si la pasión es material indudable para la tragedia, la industria nacional puso su sello sobre las vicisitudes de Jesús: el melodrama, que aportó los rasgos de identidad de lo que aquí y afuera se ubicó con la etiqueta de “cine mexicano”, también habría de estampar su rúbrica indeleble en la personalidad de Cristo. El resultado: la fe también es un asunto de lágrimas.

Con prácticamente todas las visitaciones nacionales a este subgénero pasa más o menos lo mismo que con los acercamientos a los temas patrios: la solemnidad se impone sin pudor y la imaginación no atina a ir más allá de lo que apunta el texto bíblico y reconoce el dogma. Así, las historias se concentran alrededor de los momentos más memorables de la biografía cristiana: la resurrección de Lázaro, la rehabilitación de lisiados, la multiplicación de los panes, etcétera.

No deja de ser curioso, sin embargo, que la personificación de Cristo estuviera a cargo de actores que más bien hicieron carrera como galanes: Carlos Piñar en Cristo ’70 (1969); Enrique Rambal en El mártir del Calvario (1952); Enrique Rocha en El proceso de Cristo (1965); el argentino José Cibrián en Jesús de Nazareth (1942); Claudio Brook en Jesús, Nuestro Señor (1970); hasta Luis Alcoriza, en su breve filmografía como actor, pasó por el rol en María Magdalena (1945).

El mártir del calvario

(1952)
La sinopsis de El mártir del Calvario (1952) de Miguel Morayta es conocida por todos los que alguna vez recibieron lecciones de catecismo, pues es una transposición al carbón de algunos momentos memorables de las andanzas de Jesús por este valle de miserias: desde hacer andar a un paralítico hasta convertirse en la ineludible víctima de la inquina de Judas. Poco nuevo aporta, así, el curso de la historia aquí contada. Más memorables, por contrastantes, son los desempeños del debutante Enrique Rambal en el rol de Jesús, así como el de Manolo Fábregas como Judas: ninguno de los dos escapa al sello melodramático del género en estas tierras, no obstante, el traidor se lleva las palmas.

El evangelio según San Mateo

(1964)
La visita del italiano Pier Paolo Pasolini a los evangelios no podía ser solemne ni al pie de la letra. O tal vez sí, pero de la letra política (el cineasta reconocía sin problemas su condición de comunista, ateo y homosexual): El evangelio según San Mateo (1964), así, presenta a Cristo como un hombre de una profunda conciencia social, capaz de congregar multitudes y hacer proselitismo. Pero con todo y el aliento neorrealista que es evidente, Pasolini deja ver un ánimo lírico que redunda en la emotividad de toda una filosofía de vida: porque el Cristo según Pasolini no es sacrílego ni irreverente, es, ante todo, un modelo deseable para la humanidad en busca de plenitud.

El proceso de Cristo

(1965)
Todas las cintas mexicanas que se acercan a Cristo tuvieron realizadores de bajos vuelos. Todas, menos El proceso de Cristo, que fue escrita y dirigida por Julio Bracho. Aquí sí se abre un resquicio al ensayo: la historia se ubica 20 años después de la muerte de Jesús: Barrabás y Pedro coinciden en casa de Pilatos, quien vive atormentado por haber permitido la manipulación de los judíos para condenar a “su rey”. El recurso constante del salto al pasado (flashback) es útil para la ilustración lo mismo que la reconsideración. Si bien es cierto que la puesta en escena desmerece (maquillajes de inocultable falsedad; escenarios de cartón piedra), con la cámara de Bracho saca provecho del que acaso ha sido el mejor Cristo mexicano.

La vida de Brian

(1979)

Los reyes magos entran al establo. Ofrecen sus regalos al recién nacido. Todo va bien hasta que descubren que se equivocaron de pesebre. Brian es, así, tempranamente despojado de un futuro prometedor. En adelante vivirá a la sombra de Cristo. El corrosivo humor de los Monty Python, religiosamente británico, se despliega libremente en este acercamiento irreverente al mito cristiano: desmitifica el tiempo de Jesús, con todo y la prole de fanáticos ávida por construir una religión alrededor del primero que pase. Es poco probable que con Brian hubiera prosperado Iglesia alguna, pero valía la pena intentarlo: con suerte y sus practicantes saldrían reconfortados (y carcajeados) de misa. 

Jesús de Montreal

 

(1989)
Una compañía de actores monta una puesta en escena en la que el espectador se desplaza a lo largo de las estaciones del Vía Crucis de Jesús. El actor principal, el encargado de representar al hijo de María, se va transformando conforme la obra avanza. Al final ya no resulta tan sencillo establecer la frontera entre representación y realidad. Si el cristianismo original se sustentaba en la emulación, este Jesús de Montreal es fiel émulo de él. La cinta, dirigida por el quebequense Denys Arcand, resultó incómoda para las buenas conciencias de la Iglesia (como de hecho sucede en la cinta con la obra teatral): ¿acaso porque pone en evidencia que sus jerarcas no se acercan a la emulación, ni siquiera como representación?

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