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Andar en las nubes: hipótesis

Tal vez no sea circunstancial que ahora internet nos ofrezca “nubes” virtuales para “subir” nuestros archivos de textos, imágenes y videos, en vez de almacenarlos en dispositivos hardware. Nubes que, en realidad, son servidores en la casa de alguien

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Ejemplo de un servidor para almacenamiento de información en la nube. Foto: pixabay.com
Ejemplo de un servidor para almacenamiento de información en la nube. Foto: pixabay.com

Quizá las nubes sean de los pocos lugares que nos quedan fuera de la maquinaria capitalista de producción incesante de valor, que hace de nuestros cuerpos y nuestras mentes engranajes con propósitos definidos e ineludibles. Andar en las nubes se trata de una desviación del deber, todo mundo lo sabe. Una fuga del espacio-tiempo que, se supone, hemos de pasar frente a una computadora, dentro de una oficina o en una cadena de montaje. El trabajo de la maquinaria no se limita a los tiempos laborales, sino que se engrana directamente con el tiempo a bordo del transporte público, o con cualquier “tiempo muerto” (en la sala de espera del médico, en la fila del banco o en la taza del baño, por ejemplo), gracias a la magia del wi-fi y los teléfonos “inteligentes”.

Si andar en las nubes supone una fuga suave y progresiva hacia las ideas más inútiles, la “navegación” en redes sociales desde la ventana del celular consume fácilmente los nervios. Por un lado, debido al profundo compromiso que se llega a tener como usuario de las populares plataformas de contestar a toda publicación o comentario insensato u ofensivo que se despliega en el timeline de Facebook o de Twitter; por otro, a causa de la profusión de noticias terribles que corren como desagües de miseria, algunas de las cuales se repiten y se repiten, que nos alteran y nos deprimen, convenciéndonos a veces de que eso es mucho mejor que ignorar la actualidad nacional de feminicidios, desapariciones forzadas y despojos territoriales… Lo que aún no tenemos muy claro es si tal saturación de información en nuestra visión y nuestro cuerpo durante buena parte del día nos esté ayudando efectivamente a resolver algunos de los miles de problemáticas sociales y ambientales que nos aquejan en el barrio-global, y que la mayoría de nosotros en realidad solamente consumimos. Y no es que no nos afecten: es que la velocidad de las imágenes y la información apenas deja tiempo para asumir esas afectaciones y actuar en consecuencia.

Tal vez no sea circunstancial que ahora internet nos ofrezca “nubes” virtuales para “subir” nuestros archivos de textos, imágenes y videos, en vez de almacenarlos en dispositivos hardware. Nubes —se rumora en la misma red— que, en realidad, son servidores en la casa de alguien, que ocupan espacio físico y están al alcance de la intromisión de quienes ahí los tienen. Las ideas y las imágenes que pudieran flotar en el aire de los tiempos perdidos en el camino de la casa a la chamba, aligerando el cuerpo cuando no hay obligación de atender tareas específicas, pretenden ser capturadas por esa maquinaria etérea de procesamiento de datos que nos devuelve publicidad, series audiovisuales y cantidades ingentes de imágenes e intenciones de voto. Que ningún pensamiento se desperdicie.

Afortunadamente, las nubes parecen seguir siendo el lugar de las personas en situación de calle, a quienes, por cierto, los vecinos biempensantes de los barrios residenciales y los gobiernos empeñados en la “limpieza social” suelen culpar por la “inseguridad” de “sus” calles… Una última hipótesis es que la sumisión a la producción y el consumo capitalista para poder ser una “persona de bien” de la “clase media” implica el desprecio de quienes se niegan cada día a formar parte de la cadena de montaje de la fábrica total que es la vida en las metrópolis: el desprecio de quienes prefieren seguir andando en las nubes. Como las adolescentes que no han sido atrapadas por la luminosa ventana a la dimensión global. Como los enamorados que aún prefieren pensarse y suspirar viendo las nubes arriba, antes que dejarse controlar por el WhatsApp; o como los “pachecos” perdidos en melodías psicodélicas que se dan el lujo de desconectarse eventualmente de tan sórdida realidad.

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