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Adolfo Bioy Casares. El paraíso inacabable

Adolfo Bioy Casares es, sin duda uno de los escritores más entrañables de la literatura latinoamericana: un escritor cuya vasta obra ofrece numerosos accesos para disfrutar del mejor sentido que la lectura puede tener: un puro regocijo y, al mismo tiempo, una de las maneras más sabias de pasar por el mundo.

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"Los demonios me contaron que hay un infierno para los sentimentales y los pedantes. Ahí los abandonan en un interminable palacio, más vacío que lleno, y sin ventanas. Los condenados lo recorren como si buscaran algo y, ya se sabe, al rato empiezan a decir que el mayor tormento consiste en no participar de la visión de Dios, que el dolor moral es más vivo que el físico, etcétera. Entonces los demonios los echan al mar de fuego, de donde nadie los sacará nunca”.

Bioy Casares murió hace casi ocho años, en su natal Buenos Aires. Tuvo una vida larga, de ésas que parecen urdidas por un guionista de películas llenas de glamour y aventuras galantes: riqueza, lujo, elegancia, amistades prestigiosas. «Que tu vida se parezca a una descripción de tu vida», escribió una vez, y parece que puso todo su empeño en conseguirlo. Un depurado representante de la aristocracia ilustrada de su país, un dandy en todo momento y, hacia el final de sus días, un referente insoslayable de la cultura contemporánea en el continente, pero más allá de eso (que consta en las abundantes páginas de sus diarios, donde va llevando el registro de sus días con una curiosidad y una pasión invencibles), Bioy Casares es sobre todo un escritor cuyas ficciones alcanzaron un sitio distinguidísimo en la admiración de la crítica y, lo que más importa, en el afecto de sus lectores. Y es que sus libros, que nunca dejan de reimprimirse y circular para conquistar nuevos adeptos, tienen en común un sencillo principio: el gusto de haber sido escritos. El gusto de contar historias.

La invención de Morel, su novela más célebre —calificada por Jorge Luis Borges de perfecta—, es el relato desesperanzado de un fugitivo que, al llegar a una isla que supone desierta, encuentra al mismo tiempo la posibilidad y la imposibilidad del amor, la eternidad del instante y, a la vez, la libertad y la más absoluta soledad. Ahí están todas las claves del universo narrativo de Bioy Casares, incluidas las perplejidades colosales que la ciencia depara a la razón. Pero ocurre que, una vez familiarízándose con otros de sus títulos, se dificulta —felizmente— decidir cuál de todos será el mejor. La aventura de un fotógrafo en La Plata, por ejemplo: una historia aparentemente sencilla y decididamente deliciosa, o El sueño de los héroes, donde la fantasía constituye una forma alterna de realidad. O los volúmenes de cuentos, en los que infaliblemente propone desafíos inusitados a la imaginación, astutamente planteados bajo una apariencia de naturalidad que funciona como una trampa para que terminemos enterándonos, siempre, de algo completamente extraordinario.

Casado con la escritora Silvina Ocampo, y por décadas colaborador de Borges (razón por la cual, malamente, se ha querido verlo muchas veces a su sombra), con quien armó colecciones de literatura policíaca, tramó guiones cinematográficos y firmó, valiéndose de pseudónimos compartidos, historias humorísticas delirantes y desternillantes (Crónicas de H. Bustos Domecq, o Seis problemas para don Isidro Parodi), Bioy Casares recibió el Premio Cervantes en 1990, y al año siguiente el Premio Alfonso Reyes, en México. «La vida me ha enseñado que mientras el hombre vive es feliz, y la vida me exalta», dijo en una entrevista, poco antes de morir. Y esa certeza se trasluce en su particular actitud hacia el oficio (un oficio del que afirmó que era «el mejor del mundo»): contar historias. Por esa felicidad de la que gozó, y que está a nuestro alcance apenas abramos cualquiera de sus libros para encontrarnos con su prosa elegante y trabajada, transparente y gratamente navegable, es justo pensar que debe encontrarse a salvo del mar de fuego donde penan los pedantes y los sentimentales. Quién sabe: quizás, como el fugitivo de La invención de Morel, esté en el paraíso inacabable de un eterno amor. m.

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