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50 años en las aulas

El arquitecto Francisco Belgodere cumplió medio siglo de compartir su conocimiento con los jóvenes. 31 años los ha pasado en las aulas del ITESO.

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Hace medio siglo, Francisco Belgodere llegó a su primer día como profesor en el Colegio Montaignac para señoritas, en la ciudad de México. Entró al salón con un fuete y una silla por delante “para domarlas”, recuerda con una sonrisa. Al final del día, el miedo se transformó en el descubrimiento de una vocación que lo ha llevado a dedicar 50 años de su vida a la educación, de los cuales 31 han sido en las aulas del ITESO.

“Mi vida ha sido el aula […] Yo me siento más profesor”, se declara en referencia a todos los demás títulos y experiencias laborales que tiene: es arquitecto, escritor, restaurador e historiador; tiene un doctorado en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), y otro en Filosofía con especialidad en Historia del Arte Mexicano e Iberoamericano por la Universidad Complutense de Madrid. Ha ocupado puestos en el sector gubernamental, en la Secretaría de Cultura y en los ayuntamientos de Guadalajara y Tlaquepaque. Su trayectoria docente lo ha llevado a las aulas de la UNAM, la Universidad Iberoamericana de la ciudad de México y la Universidad Autónoma de Guadalajara.

 “Yo me siento bien sabiendo que vengo, cumplo con mi deber, doy lo que tengo para dar. Si hubiera tenido dinero a lo mejor hubiera dado dinero, pero Dios me dio un poco de conocimiento, eso es lo que doy”, comparte el arquitecto.

Además de la educación, Francisco Belgodere tiene otra pasión: el patrimonio cultural. Ésta le nació cuando tenía seis años y visitó la parroquia de San Miguel Arcángel, en la ciudad de México, que data del siglo XVII y donde su tío era vicario. El recinto, dice, lo llamaba para conocerlo, recorrerlo. Y es que para él, los edificios tienen alma: “cuentan mil cosas. Las historias, tragedias, se quedan en los edificios, en las paredes y te pueden transmitir”.

Hablar sobre Guadalajara, dice, lo “golpea mucho”, pues ha visto cómo se devastó el patrimonio de la ciudad. Recuerda en especial lo que sucedió con la Plaza Tapatía y la destrucción del edificio de la Escuela de Música de la UdeG.

“Me da lástima cómo ha cambiado todo, el cambio del paisaje ha sido lamentable. Ya no hay patrimonio. Aquí hablan y presumen de un centro histórico: ¿cuál? No hay, son plazas. Una catedral, un palacio de gobierno y unas cuantas iglesias no son un centro histórico. El centro histórico es su historia, viva, en piedra. Y eso ya no lo hay”. Y agrega que sin patrimonio “no somos nada: no somos de antes, no somos de hoy, no somos de mañana”.

Por ello, pide a los jóvenes que dejen por un momento todos los distractores e intenten sentir la ciudad, “que la vivan”, para que la puedan defender. “En las piedras está la identidad”, les dice a sus alumnos.

¿Cuánto más seguirá en las aulas?: “Hasta que Dios me dé la oportunidad”. m

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