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“Voy hacia mi cuerpo”

Este recuento ofrece una visita por cinco casos de artistas que, desde diversas aproximaciones, han acotado y desacotado, han expandido las preguntas, algunos a través de un trabajo de intensidades notables.

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Ban Jas Ader, foto de supersweet.org
Ban Jas Ader, foto de supersweet.org

A finales del siglo XX, los lectores mexicanos de poesía nos encantamos —me atrevo a usar el plural— con la poesía de Héctor Viel Temperley. Hospital Británico circuló en nuestro país en la década de los noventa, primero en una edición a cargo de la UAM, y años después vimos su poesía completa editada por Aldus. En algún momento del poema, Viel Temperley escribió: “Voy hacia lo que menos conocí en mi vida, voy hacia mi cuerpo”. La frase es peculiar si pensamos en que el poeta era un nadador consumado: Crawl es el título de uno los poemas largos que componen su obra. Pero hay en esa frase algo de enigma y mucho de verdad.

El cuerpo ha sido tema del arte desde que éste existe. Se ha escrito, se ha pintado, esculpido, se ha filosofado alrededor del cuerpo, sí. Pero éste pasó de ser tema a convertirse en medio de investigación o material de trabajo y exploración en el siglo pasado. Algo que comenzó tímidamente en las vanguardias con la disolución del lenguaje fónico y la desarticulación perceptiva, y que se vio expandido con los feminismos, la revolución cultural de los sesenta, y con las prácticas que derivan de una u otra forma de la pregunta spinoziana: ¿qué puede el cuerpo?

La potencia del cuerpo no sólo se refiere a su rendimiento, a sus posibilidades o a sus límites, a su misterio o a su exhibición, a sus afectos y sensaciones o al binomio placer-dolor. El cuerpo se rescató del silencio de los espacios privados y se puso en la escena pública, se cuestionó, se desacotó: cómo bailar, más allá de la danza clásica; cómo entrenarlo para hacer un teatro extremo o cine experimental; cómo descapitalizar la voz de un canto armónico o un lenguaje articulado en un tono medio y, sobre todo, cómo hacerlo fuente y foco en el performance, una práctica propia de los siglos XX y XXI que ha adquirido dimensiones potenciales, tanto como cada cuerpo de cada artista que se pregunta qué puede hacer con su propio territorio.

Este recuento ofrece una visita por cinco casos de artistas que, desde diversas aproximaciones, han acotado y desacotado, han expandido las preguntas, algunos a través de un trabajo de intensidades notables. Todo trabajo de cuerpo implica una exploración sin fondo, rica, enigmática, sacudidora y muchas veces incómoda que vale la pena explorar. Estas prácticas nutren las muchas formulaciones alrededor de eso que, como dice Viel Temperley, intentamos conocer.

 

Ban Jas Ader (1942-1975)

La obra de este artista, nacido en Holanda, es breve, extrema y lírica. En una acción registrada por medio del video, una cámara hace un close-up al rostro del artista, quien llora copiosamente con los ojos cerrados (I’m Too Sad to Tell You). Otras de sus piezas, todas registradas en fotografía y video, tienen como gran metáfora la caída: en una se arroja desde el techo de su casa, en otra más se lanza en bicicleta a un canal, explorando la gravedad como elemento y el cuerpo como materia de frágil resistencia. Ver el momento del quiebre parecía ser su investigación final. Ese punto llegó cuando desapareció en altamar luego de embarcarse desde Cape Cod, Massachusetts, con la idea de llegar a la costa inglesa.

 

Cecilia Vicuña  (Chile, 1948)

Poeta y performer, su trabajo va a la esencial relación entre el sonido y el origen de la palabra. No es gratuito que esto refleje también la relación corporal de los símbolos: la sangre menstrual, por ejemplo; el cuerpo de la mujer, el color rojo. La extensión de los sonidos, en dos lenguajes (español e inglés), el canto, la enunciación y la presencia del cuerpo. Desde sus primeras exploraciones en su Chile natal usó el término para hablar de un trabajo que implicaba elementos naturales: palitos, conchas, arena, para construir esculturas precarias. Su obra está circunscrita al término o a la búsqueda de lo ritual, y para ello usa la voz en una potente exploración que mistifica, sí, y reorganiza el lenguaje. 

 

Ricardo Castillo  (Guadalajara, 1954)

Castillo ha publicado diversos títulos de poesía, pero es en escena, en presencia, en donde su poesía cumple un ciclo. Para él, según sus propias palabras, escribir poesía es un acto físico y orgánico y la vida del poema en el espacio de la lectura adquiere un peso singular. La forma en que la poesía adquiere materialidad a través de su voz. La investigación de los límites, como en el caso de Borrados, es un buen ejemplo de la búsqueda que implica investigar qué hay detrás del poema. Su trabajo fonético, como Il re lámpago, dan cuenta de la rica indagación en la extensión de la voz, las capas de ésta que pueden usarse a partir de herramientas tecnológicas y la poesía sonora hecha desde México.

 

Lukas Avendaño (Istmo de Tehuantepec, 1980)

Es imposible imaginar el trabajo de Avendaño sin poesía y sin cuerpo, sin la exploración de la sexualidad que desborda en lo queer, sin los símbolos del imaginario oaxaqueño, sin la cultura muxhe. Formado como actor, bailarín y antropólogo, Avendaño investiga directamente a través de la encarnación y el juego entre lo masculino-femenino para ir mucho más allá del binarismo impuesto por el heteropatriarcado.

Avendaño siempre parte de textos, en su mayoría confesionales, de dureza y realismo, como el manifiesto Hablo por mi diferencia, del fallecido autor chileno Pedro Lemebel. La peculiar belleza coreográfica y la fuerza de sus performances crean un contraste que sobrecoge a la audiencia.

 

Diana Torres (Madrid, 1981)

Es una de las principales voces de un movimiento colectivo llamado Pornoterrorismo. El trabajo de Diana y sus compañeros es incómodo con toda intención, pues consiste en mecanismos que, a través de la intervención de los espacios públicos o del performance acotado a un espacio escénico, propone el desplazamiento de nuestra ideología y cómo vemos nuestro cuerpo. El Pornoterrorismo juega con las etiquetas que la psicología clínica y la psiquiatría han impuesto a los cuerpos de las mujeres: la histeria, el exhibicionismo, el narcicismo son elementos que se subvierten en un lenguaje ríspido, brutal y directo que busca desarmar los discursos que pretendieron tener sometidos los cuerpos. Diana denuncia el control social de las sexualidades y reivindica el placer a través de acciones poderosas, como usar el cuerpo desnudo como receptáculo y convertirlo en instrumento en el que resuena, literalmente, la poesía. 

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