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“Tenemos que hacer lo necesario”: Luis María Ugalde Olalde, SJ

Recientemente distinguido con el Doctorado Honoris Causa por el Sistema Universitario Jesuita, el padre Ugalde ha llevado adelante su obra académica a la par de su labor como gestor de la educación de calidad para todas y todos, y también es una voz crítica que se alza en medio de situaciones de urgencia en América Latina, como la que atraviesa actualmente Venezuela, el país donde ha residido la mayor parte de su vida y donde trabaja por un cristianismo que transforme la realidad

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Luis María Ugalde es un referente en materia de educación. Foto: Luis Ponciano
Luis María Ugalde es un referente en materia de educación. Foto: Luis Ponciano

El cristianismo no es para guardarlo en la sacristía, ni la universidad es sólo para formar profesionales exitosos. El jesuita Luis María Ugalde Olalde sintetiza en estas frases dos de las convicciones más profundas que guían su vida.

“La suya es una de las voces más respetadas en toda América Latina. Arriesgado en su discurso, directo y audaz, en medio de protestas populares, guerrilla, luchas armadas y terrorismo político, el padre Luis Ugalde denuncia con o sin cámaras, con nombre y apellido, la corrupción, las violaciones de derechos humanos y los abusos del poder”, afirmó Mónica Márquez, académica del ITESO, al darle la bienvenida a la ceremonia en que el Sistema Universitario Jesuita (SUJ) le otorgó el Doctorado Honoris Causa, el 29 de agosto pasado.

Las universidades jesuitas mexicanas plasmaron en la invitación al acto académico, celebrado en el ITESO, que decidieron distinguir a Luis María Ugalde Olalde, sj, “por su labor educativa, por su gestión académica y por su compromiso social. Porque su voz es requerida y compartida con tanta frecuencia como las difíciles circunstancias que atraviesa Venezuela, su país. Y porque como jesuita entiende la inspiración cristiana y la cultura religiosa como transformación del mundo”.

Vasco de nacimiento (Bergara, Guipúzcoa, 1938) y venezolano por decisión, el padre Ugalde recuerda sus orígenes y su vocación religiosa, habla acerca de la situación de Venezuela y destaca la misión de las universidades confiadas a la Compañía de Jesús. “La universidad es para buscar soluciones”, subraya.

Luis María Ugalde Carpas dispuestas del refugio del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) en Boa Vista, Brasil, el 3 de mayo de este año. Foto: Reuters

¿Cómo descubrió su vocación de jesuita?

Yo nací en plena Guerra Civil española y con la guerra mundial, que estaba también a las puertas. Eso afectó mucho, y en esa época España era muy pobre. Estudié la escuela primaria con los dominicos, pero no tenía motivación religiosa. Después, no sé quién, ni cómo, le planteó a mi familia la posibilidad de que yo fuera a estudiar el bachillerato al Colegio Francisco Javier, que era vocacional. Yo tengo excelentes recuerdos del colegio porque teníamos muy buenos profesores, y en ese ambiente me sentí espiritualmente muy motivado a ser jesuita, con la inspiración de San Francisco Javier, el misionero, y de los jesuitas que iban a cualquier parte del mundo. Al terminar el bachillerato ingresé al noviciado.

¿Cómo llegó a Venezuela?

En ese tiempo, los jesuitas en Venezuela eran pocos, lo mismo que en Centroamérica, y el refuerzo fundamental eran jesuitas vascos. En el noviciado pedían muy pronto voluntarios. Uno escribía una carta ofreciéndose. A los tres meses de haber entrado al noviciado, a mí me dieron destino para Venezuela, y nos fuimos ocho. Una de las cosas que yo agradezco es que se consideraba bueno que viniéramos muy jóvenes, y veníamos de por vida. Tenía entonces 18 años.

¿Ya estaba claro que era para siempre?

Uno quemaba las naves, así era. Tanto la familia como nosotros nos despedíamos para siempre; hoy cuesta quizás entender esto, pero nunca hemos dudado que fue una decisión sensata.

¿Qué se imaginaba que encontraría en Venezuela?

La verdad es que de Venezuela conocía muy poco, sólo sabía cuál era la capital y un poco más, pero era una decisión incondicional. Si me hubieran dicho: “Usted vaya a Zaire”, me hubiera ofrecido para ir a Zaire.

¿Qué encontró?

Venezuela había sido un país muy anticlerical. Hacia 1875 tuvimos un gobernante que suprimió a la Iglesia y que expulsó a toda la conferencia episcopal, a todos los obispos sin excepción, cerró los seminarios y prohibió la vida religiosa. Cuando llegamos, se estaba recuperando la Iglesia. Nosotros formamos parte de ese proceso de recuperación desde el noviciado jesuita.

Luis María Ugalde Foto: cuentasclarasdigital.org

¿Tenía nostalgia por su casa?

Ahora, a la distancia, veo a un muchacho de 18 años, y digo: ¿a esa edad se puede tomar una decisión tan seria como ésa? Pero yo nunca he dudado de la decisión. En aquella época, la comunicación era poca con la familia. Si había alguna llamada telefónica era porque había muerto alguien y lo demás era una carta mensual. La primera vez que volví a pasar por casa a saludar a mis padres y a mis hermanos fue cuando me destinaron para estudiar teología en Alemania. Llevaba diez años fuera del país y me dijeron: “Ve a pasar quince días a tu casa”.

¿Un sentimiento ambivalente del gusto por su vocación y la nostalgia por la familia?

Claro. Por ejemplo, cuando murió mi mamá, relativamente joven, a los 65 años, yo estaba en Alemania. Los compañeros centroamericanos me dijeron: “Tienes que ir al funeral”, y fui. Muchos años más tarde, cuando murió mi papá, a los 94 años, yo estaba en Bogotá. Me llegó la noticia y no pude ir porque yo estaba coordinando una reunión de 30 obispos de toda América Latina y 30 superiores religiosos. Era imposible. Digamos que la vocación nuestra carga con eso, es uno de los presupuestos básicos que uno acepta.

¿Qué le queda de vasco?

Algunos creen que no, pero me queda la lengua. Cuando voy con mis amigos, con la familia, hablamos en vasco. En el vasco que aprendimos entonces, que no era de escuela, porque la escuela era todo en castellano, sino el vasco que se transmitía en la casa. Y creo que me queda la cabeza dura. Los vascos tenemos fama de eso, yo diría la tenacidad: si a mí me llega una idea, muevo cielo, mar y tierra para lograrlo. Eso me ha ayudado mucho en los proyectos. Hay gente que en las dificultades se agacha: yo soy de los que se crecen. Así era en el deporte también. Fui muy futbolista; si vamos perdiendo el partido, no me rindo, hay que remontar. Me parece que eso es muy vasco. Y la austeridad. Nosotros éramos ocho hermanos en plena posguerra y en España faltaba todo. Nos acostumbramos a la austeridad y al trabajo, a ayudar en el campo desde pequeños.

Esa tenacidad la muestra ahora con la situación de Venezuela…

La gente me dice: “¿Cómo usted mantiene el optimismo? ”. Y yo trato de hacer dos cosas: uno, no disfrazar la realidad, que cada día es más trágica, pero al mismo tiempo, cuando la gente dice: “Aquí no hay nada que hacer”, yo digo: “Ahora es cuando hay que hacerlo con la convicción de que esto tiene salida”. Pero tenemos que hacer lo necesario, no esperar a que otros lo resuelvan. Y, desde el punto de vista cristiano, el cristianismo no es para guardarlo en la sacristía, sino para asumir responsabilidades públicas.

Luis María Ugalde Aspecto de una manifestación, el 30 de agosto de 2017 en Caracas, Venezuela, en homenaje a las víctimas de la violencia durante las protestas contra el gobierno del presidente venezolano Nicolás Maduro. Foto: Reuters

¿Qué es eso que se necesita hacer?

Creo que, en este momento, ni el mismo gobierno de Venezuela duda que la solución de los problemas del país pasa por su salida. Hay un resquebrajamiento del gobierno. Muchos que fueron ministros dicen que esto no tiene futuro, que la propuesta política y económica es insostenible. Lo que pasa es que hay mucho miedo en el gobierno. Se preguntan: “Si salimos, ¿en dónde quedamos nosotros?”. Maduro se aferra y cree que sería ridículo entregar el poder en unas “elecciones burguesas”. Entonces se aferran, como se aferraron los países de la era soviética, hasta que se derrumban.

¿Podrá ocurrir una transición pacífica?

Es importante recordar que el muro de Berlín no se derrumbó a bombazos, cayó a conciencias, es decir, la gente dijo: “¡Basta ya, hasta aquí llegamos!”, porque el sistema se convierte en tan antihumano que la población de un día para otro se levanta. No hubo un solo tiro. Hay algo muy interesante en Alemania, y es que ellos, viniendo de un régimen tan represivo, se las arreglaron para hacer la transición sin ningún fusilado. Eso es lo que nos espera a nosotros; sería horrible que el cambio empezara cortando cabezas, persiguiendo, y entronizando la venganza.

¿Habrá entonces un cambio en Venezuela?

Sí, y antes de lo que la gente piensa. Lo que pasa es que, cuando se está en el túnel, la tendencia es decir: “Nunca saldremos”. Y los dictadores quieren que la población piense que son perpetuos, pero la historia demuestra que no lo son: ni Pinochet ni el militarismo en Brasil, Argentina y Uruguay, dictaduras terribles, se pudieron sostener.

¿Y también en Nicaragua?

También a Nicaragua le tiene que pasar. Daniel Ortega se había ya revelado como un dictador que controlaba el poder Judicial, las elecciones, todo. De pronto, algo que era una discusión sobre la ley de pensiones se convierte en las protestas que exigen la salida del dictador que parecía tener todo controlado. De la noche a la mañana se le fue todo de las manos. Ya no hay condiciones para que dure su gobierno. Eso no quiere decir que sea la próxima semana: tiene todavía el poder de represión, pero yo creo que ya está herido de muerte, como el de Venezuela.

Luis María Ugalde Las personas cargan sus pertenencias mientras cruzan la frontera del río Táchira hacia Colombia, cerca del pueblo de Villa del Rosario. La foto es de agosto de 2015. Foto: Reuters

Las universidades jesuitas

Luis María Ugalde Olalde es licenciado en Filosofía y Letras, Teología y Sociología y doctor en Historia. Especialista en historia de Venezuela, es autor y coautor de una treintena de libros. Fue superior de la Compañía de Jesús en ese país y rector de la Universidad Católica Andrés Bello de 1990 a 2010.

Durante la ceremonia en que el SUJ le otorgó el Doctorado Honoris Causa, el Rector del ITESO, José Morales Orozco, SJ, dijo que el padre Ugalde nos invita a considerar “que el trabajo académico también es una manera de adherirnos a la misión de la Compañía de Jesús y que este trabajo debe ser, ante todo, de discernimiento y de liberación de las personas y las sociedades”.

Morales Orozco recordó también que Ugalde Olalde consolidó la Asociación de Universidades de la Compañía de Jesús en América Latina (AUSJAL) durante los diez años que la presidió, entre 1999 y 2009.

Luego de recibir la distinción, Ugalde Olalde pronunció una conferencia que tituló: “De la universidad que responde a la universidad que se pregunta”. Recordó que su primer contacto con la universidad fue hace 60 años: “Aquélla parecía que era una universidad que sabía todo y tenía respuesta para todo”. Pero los años sesenta serían intensos en transformaciones. “Para mí, en lo personal, todo cambió y se volvió pregunta”.

¿Cuál es el papel de las universidades de inspiración cristiana?

Si usted tiene estudiantes de Administración, de Ingeniería, de Derecho, evidentemente tiene que enseñarles administración, ingeniería y derecho, pero, al mismo tiempo, la aplicación humanizadora de esos conocimientos. Eso no es algo marginal, la universidad debe ser un centro donde el estudiante logre un mejor conocimiento de la realidad y se pregunte: “¿Cómo hacer para que mi carrera no sea sólo buena para mí, sino también para el país?”. La universidad debe ser una etapa de abrir los ojos a la realidad, de tender puentes y de adquirir una motivación interna que tiene que ver con la inspiración cristiana, la de descubrir la fraternidad y la solidaridad con la gente.

Decía usted en su discurso que en algún momento preguntó: “¿No estaremos formando profesionales exitosos para sociedades fracasadas?”.

Sí, me atreví a hacer esa pregunta en el año 1990, cuando participé en una comisión sobre nuestra identidad como universidad. Percibimos que las universidades eran buenas y que tenían demanda, las familias querían que los hijos salieran con su título de una buena universidad como las nuestras. Pero si nosotros nos quedamos sólo en esa motivación y no abordamos el cambio en el país, sacaremos profesionales exitosos en países fracasados. Tenemos que cuidar que el supremo valor no sea: “Que me vaya bien a mí y los demás no me importan”. Tenemos que cuidar cómo ser una universidad de primera y, al mismo tiempo, una universidad de primera en el compromiso con el país. Tratamos de formar esa conciencia comprometida, porque nuestras universidades no son simplemente una plataforma para darles profesionales dóciles a las empresas más poderosas, sino profesionales conscientes de que la realidad tiene que cambiar.

Luis María Ugalde Niños y mujeres esperan la comida que prepararon los residentes y los voluntarios para repartir gratuitamente en una calle del barrio de Caucaguita en Caracas, Venezuela, en septiembre de 2016. Foto: Reuters

¿Cómo concretar ese compromiso?

En AUSJAL insistimos mucho desde un principio en que las universidades deben enseñar el sentido de lo público; no formar políticos partidistas, pero sí una visión política, la dimensión pública de la fe cristiana y del compromiso cristiano. Es muy fácil salir a la calle y protestar. Si, por ejemplo, falta agua potable en una ciudad, no hay que estudiar nada para indignarse y salir a manifestarse. En ocasiones la protesta es necesaria, pero para ello no hace falta la universidad, la universidad está para buscar y aportar soluciones.

El Rector del ITESO comentó que usted ayudó a consolidar AUSJAL. ¿Cómo fue eso?

Lo que pasaba era que los rectores nos encontrábamos cada dos años y luego cada uno se iba a atender su universidad. Así era difícil dar seguimiento a los temas. Entonces inventamos dos cosas: los enlaces y los homólogos. Cada rector puso a una persona encargada del enlace con AUSJAL que hace de puente, comunica y lo mantiene informado. Los homólogos son grupos de personas que trabajan sobre algún tema común. Yo, como homólogo, comparto con alguien de otra universidad lo que hago. Lo mejor de cada universidad se comparte, se trabaja en colaboración, y las universidades más jóvenes también se benefician de la experiencia de las universidades más veteranas: “Oye, no hagas esa reforma así, nosotros ya la hicimos y fue un fracaso”, o “Tal cosa nos salió muy bien”.

¿Reminiscencia del sistema de comunicación entre jesuitas que estableció san Ignacio por medio de cartas?

Claro, para san Ignacio la comunicación era fundamental. En aquellos años, las cartas podían tardar años en llegar. Ahora, con los medios modernos, la comunicación se facilita mucho y sigue siendo clave. Ahí hay mucho que hacer. Por ejemplo, que los estudiantes de nuestras universidades en los diversos países se comuniquen para trabajar en proyectos en común, o que digan: “Yo soy argentino y mi tutor es mexicano”, o que aprendan idiomas comunicándose mediante la tecnología con jóvenes de otros países. Es un potencial infinito, sin gasto mayor y sin tener que salir de tu país. De esa manera, no solamente se comparte conocimiento, sino que también se va constituyendo sentido de identificación y de que formamos un solo cuerpo. Además, hay ventajas prácticas, por ejemplo, en las bibliotecas: al hacer compras comunes para todas las universidades eres un cliente de primerísima y consigues rebajas significativas.

Luis María Ugalde Entrega del Doctorado Honoris Causa por parte de Sistema Universitario Jesuita. Foto: Luis Ponciano

¿Qué retos ve ahora para AUSJAL?

Lo fundamental de AUSJAL es la inspiración común y sentirnos parte de una misma comunidad. Es como si dijéramos que es una misma universidad con 30 núcleos en diversos países, con plena autonomía, pero con una misma misión y mucha colaboración. Creo que el reto fundamental, que es permanente, es fortalecer que las comunidades universitarias se sientan cada vez más parte de esta comunidad, que el estudiante sepa que pertenece a su universidad, pero que al mismo tiempo sepa que pertenece a todas las universidades de AUSJAL, que tiene parientes en toda América Latina.

¿Qué significa para usted el Doctorado Honoris Causa que le otorgó el SUJ?

Bueno, por un lado significa que los compañeros me aprecian, el mérito es de ellos, pero, además de eso, yo viví con mucho entusiasmo la conformación del SUJ. Una vez pasaba yo por la Ibero de la Ciudad de México y no sé por qué me invitaron a la reunión del Sistema. Y me puse muy contento al ver que estaba funcionando, porque son cosas con las que uno ha soñado, que tenemos que articularnos; pero yo no tengo ningún mérito ahí. Agradezco este reconocimiento y lo vivo con mucha alegría porque me hace sentir que yo pertenezco a este Sistema y que han venido los rectores a invitarme a su casa.

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