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“La última carta por echar es la de la sociedad civil”

Director del albergue para migrantes Hermanos en el Camino, ubicado en Ixtepec, Oaxaca, Alejandro Solalinde es una figura fundamental para entender el fenómeno de la migración en México. Su trabajo le ha traído muchas satisfacciones, pero también enemigos: las amenazas de muerte se repiten una y otra vez: hace poco adelantó un viaje al extranjero después de seis amenazas en dos meses.

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La tarde del 9 de marzo de 2012, Guadalajara, ciudad de paso para miles de migrantes, se estremeció: al mediodía, un operativo militar detuvo a Érick Valencia, el 85, presunto líder del Cartel Jalisco Nueva Generación. Como respuesta, integrantes del grupo criminal prendieron fuego a camiones y tráileres en la zona metropolitana y otros puntos de Jalisco. Las columnas de humo se elevaron en el cielo acompañadas de uno de los sentimientos más instintivos del ser humano: el miedo.

Cuatro días después, llegó a Guadalajara el padre Alejandro Solalinde (Toluca, 1945), director del albergue para migrantes Hermanos en el Camino, ubicado en Ixtepec, Oaxaca —uno de los puntos más peligrosos para los centroamericanos que buscan el sueño americano pero que primero deben padecer la pesadilla mexicana. Si alguien sabe del miedo es él: lo ha visto en los migrantes, lo ha escuchado de cerca. Lo han amenazado repetidas veces y, sin embargo, dice no tener miedo. “Vencí al miedo y avancé. Y cada que avanzo, ellos [los maras, la policía de Ixtepec, el Instituto Nacional de Migración] no saben qué hacer. Cuando alguien logra meterte miedo, te controla. Yo no tengo miedo”.

Los alumnos y maestros del ITESO escuchan al padre con atención. Participa en el programa del Día de la Comunidad Solidaria, el 13 de marzo de 2012. Solalinde habla, y habla claro: se dice contento de llegar a la Arquidiócesis con más seminaristas de México, pero que no tiene ni un albergue para migrantes; dice respetar a los que se emocionan por la inminente visita de Benedicto XVI, pero les recuerda que Jesús fue, primero que nada, un migrante; explica que cada vez va a haber más migrantes en Guadalajara porque la ruta del Golfo está controlada por los zetas, y en cambio acá —ironiza— “San Chapo nos protege”; se burla de los guardaespaldas que lo acompañan, a los que califica como “una vacilada, porque cuando te quieren matar, te matan”, pero aclara que los trae porque así lo dictan los protocolos de seguridad y para "no darle pretexto" al gobierno de México si le pasa algo. Fija postura ante la muerte: “La muerte no es una amenaza. Soy feliz en esta vida, pero si los hermanos delincuentes me despachan, la obra va a seguir”.

EFE

Hombre de profunda fe y afilada crítica a la Iglesia Católica —“la quiero, por eso la atornillo”, dice—, Solalinde habla durante casi dos horas. Y una vez transcurrido ese tiempo todavía tiene ánimos de platicar. Atiende de buena gana una entrevista más, para seguir hablando de lo que tanto le apasiona: el ser humano, sobre todo el migrante. Y es que se ha convertido, desde hace ya varios años, en una figura imprescindible para entender el fenómeno de migración en México.

¿Cómo ha cambiado el tema de la migración desde que comenzó su labor?

Se ha avanzado. Es imposible no avanzar. Se ha avanzado en visibilizar la situación de los migrantes, en la creación de leyes, en la concientización de los legisladores y personas de gobierno, en la conciencia nacional, en el sentido de decirle a la gente que no basta ser un pueblo católico guadalupano, sino que se tiene que demostrar protegiendo y cuidando a nuestros hermanos del sur.

Cuando nosotros empezamos, había si acaso nueve casas de migrantes. Hoy estamos hablando de 55 y se están abriendo más. Entonces había pocos defensores de los derechos humanos, ahora estamos hablando de más o menos 500, además de muchos activistas de diferentes organizaciones. De cinco años para acá se dio un vuelco a la historia de la migración en México en todos los aspectos. También se ha avanzado en la respuesta creciente de la Iglesia Católica, porque también es cierto que poco a poco más pastores, más miembros de la alta jerarquía, se van solidarizando con este desafío pastoral.

¿Qué lugar ocupan los migrantes en una agenda nacional rezagada y llena deudas con los indígenas, con los pobres, con las mujeres?

Tenemos un rezago con el ser humano, con la gente. Pero sobre todo con los más pobres y vulnerables. Una cosa hermosa que destaco es la respuesta de la Iglesia Católica. Yo soy muy crítico, porque ella me enseñó a hacer autocrítica, pero la amo. Es mi Iglesia y tengo confianza en ella. Ha respondido, responde, pero es lentísima.

La respuesta que me da mucha esperanza es la articulación en red de las representaciones de las conferencias episcopales del Caribe, Centroamérica, México, Estados Unidos y Canadá. Hemos tenido reuniones muy importantes y que hablan de una movilización de la Iglesia a nivel regional, cosa que había costado mucho trabajo. Esto ha permitido compartir visiones, pero también transformar conciencias, dar respuestas pastorales. Porque las iglesias centroamericanas, salvo honrosas excepciones como el obispo de San Marcos, Guatemala, Álvaro Ramazzini Imeri, estaban a ciegas, no sabían ni qué, pero poco a poco han entrado en una mayor conciencia de esto.

AP

¿Se puede hablar de un pecado de omisión de parte de la Iglesia Católica?

Por supuesto que sí. No sólo en esto, sino en muchas cosas. Nos hemos concentrado en una iglesia cultual, concentrada en la liturgia, en los sacramentos, en la administración, y esto nos preocupa. La Iglesia tradicional, que conserva estructuras muy fuertes de la Edad Media, pone como patrón de los párrocos a Juan María Vianey, un santo arraigado a su parroquia que de ninguna manera puede ser para nosotros un modelo actual. Los documentos de Aparecida Brasil y del Concilio Vaticano II nos proponen otro modelo de Jesús: un Jesús dinámico, migrante, que está todo el tiempo en movimiento, construyendo el Reino. Está ejerciendo una acción reinocéntrica, cosa que no tiene la Iglesia actual y que no ha tenido en dos mil años. Tenemos que cambiar y volver a Jesús, pero un Jesús con Reino porque uno sin Reino sirve para justificar cualquier tipo de vida.

¿Cómo permear este cambio de visión no sólo en la Iglesia, sino en la sociedad en general, para que dejemos de ver a los migrantes como una amenaza?

La gente les tiene miedo porque no los conoce. Es miedo de ignorancia. Cuando la gente se acerca a los migrantes, se sienta a platicar con ellos, los escucha, se pierde el miedo y nace la solidaridad. Hay que superar la tentación de dejarles la torta y retirarse. Es necesario sentarse en las vías, escucharlos. Eso es importante y va a transformar nuestra vida.

Ésa es la estrategia que he hecho para que la gente se acerque al albergue. La gente me dice: “Padre, te voy a dar cinco kilos de frijol para que los lleves al albergue”. Y les digo: “Me gustaría que tú los llevaras. Si los vas a dar, llévalos. Si no los llevas, no los quiero. Y los llevan”. Cuando están ahí, los invito a sentarse a platicar, y entonces comienzan a caerse mitos, leyendas y temores, y empiezan a acercarse. Cuando la gente entiende esto, empieza a cambiar su punto de vista. Después regresan sin miedo a convivir, hasta que finalmente se quedan a ayudar y se hacen parte del equipo de voluntarios.

¿Qué opina de la doble postura de México frente a la migración, que, por un lado, alza la voz ante lo que pasa en Estados Unidos pero, al mismo tiempo, parece cerrar los ojos ante lo que pasa en el sur?

Esa contradicción es una incongruencia de la política pública de México, que es pragmática y, además, sumisa a Estados Unidos. Por quedar bien con Estados Unidos se ha renunciado a tener una política exterior de dignidad. La soberanía de México consiste en conservar la libertad de decisión desde su conciencia y, sobre todo, buscar el bien de los hermanos centroamericanos. Lo más doloroso que hemos visto es el olvido del cariño y solidaridad que debemos a Centroamérica para convertirnos en policías de nuestros propios hermanos. Es una política incongruente, cobarde, miope. Si el gobierno, en lugar de hacer el triste papel del gendarme que cuida el patio trasero, fuera el promotor de un plan integral de desarrollo con Meso y Centroamérica, vería los resultados. Hay lazos comunes, hay cariño a pesar de las heridas. Estamos a tiempo de recuperar la política exterior que antes teníamos.

Reuters

El año pasado usted dio mucho de qué hablar al hacer una declaración en la que pedía disculpas a los zetas…

Ésa fue una de las cosas más controvertidas que he tenido en mi experiencia de los últimos años. Esa declaración la hice a propósito de la incongruencia e hipocresía [del gobierno mexicano]. Me acababa de reunir con Francisco Blake Mora [entonces secretario de Gobernación] en el marco del diálogo con el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, y oí que dijo: “De Centroamérica nos viene la única amenaza del crimen organizado. Nosotros estamos bien. Es cierto que algunos estados no, pero el gobierno federal está bien”. Es evidente que no hay autocrítica y un reconocimiento de nuestras responsabilidades en la crisis que vivimos hoy.

Entonces en Coatzacoalcos, la capital de los secuestros de migrantes, dije que pedía perdón a los zetas, no por ser zetas ni por todo lo malo que han hecho, sino porque no nacieron siendo zetas: son producto de una sociedad enferma. Yo pido perdón por las familias por las que pasaron, que no les supieron dar amor; por la escuela que no los formó por dentro ni les enseñó el respeto y el amor al ser humano; por la Iglesia —porque la mayoría de ellos son católicos— que no los evangelizó ni les enseñó al Dios verdadero; por el gobierno, que se ha vuelto perseguidor del poder y el dinero. Eso dije. Y era una manera de decir: “No seas hipócrita, los zetas no cayeron del cielo: son producto de todos nosotros”.

¿De dónde saca ánimos para seguir con su labor cuando, muchas veces, la oposición viene de las autoridades?

Es muy fácil: a mí, Jesús me mandó una misión: trabajar por el ser humano, sobre todo con los más vulnerables, estar del lado de ellos. Si Jesús estuviera aquí en persona, haría eso: estaría en las vías, no en los templos. Y entonces me queda claro que lo que yo tengo que hacer es eso. Es lo único que me interesa. No me preocupa si voy a tener éxito o no, si voy a terminar o no. El resultado le toca a Dios. Yo lo voy a seguir haciendo así esté todo en contra, así me digan que me van a matar. Lo hago porque para mí lo más importante es eso.

Me parece admirable la tranquilidad con la que habla del miedo y de la muerte. ¿Cómo compartir esa perspectiva con la gente?

Yo les diría que en todo momento tomen como ejemplo a Jesús. Que no nos tomen a nosotros. Él tenía cinco expresiones muy fuertes que resumen su evangelio. Primera: ánimo, tenemos un Dios antidepresivo: si tenemos fe, nadie tiene por qué deprimirse. Segunda: no tengan miedo, porque a pesar de los reveses que tengamos, la batalla se va a ganar porque Él ya ganó. Tercera: levántate, no estés triste, no estés como desahuciado. No importa si tienes cáncer, si se murió un ser querido, si no te hacen justicia: yo estoy contigo, levántate. Ésa es la cuarta: estoy contigo. Y la última: yo te amo. Su hijo nos amó con todas las acciones que hizo. Con estas cinco expresiones nadie puede sentirse desolado o con miedo. Yo confío plenamente en Él y si estoy ante un precipicio del que no se ve el fondo y además está oscuro, si me dicen que me eche un clavado sabiendo que él me va a detener, me lo hecho. Estoy en sus manos.

EFE

2012 es un año difícil para el país. ¿Cómo capitalizar lo que logró el año pasado el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad?

Ciertamente este año es crucial. Nuestros asesores nos decían que el reto es sobrevivir a 2012. Es un año terrible, pero también de una gran oportunidad. De los políticos podemos esperar poco, porque lo único que han hecho, campaña tras campaña, además de promesas de amor eterno y cosas que nunca cumplen, es hacerse grandotes empequeñeciendo a los demás, criticándose y desautorizándose unos a otros, como si con eso demostraran que son mejores. En lugar de eso deberían pensar en un proyecto de Nación compartido, un pacto nacional. Un compromiso de cara al pueblo que suponga una reforma profunda del Estado, la rendición de cuentas y la revocación de mandato. Si hacemos esto, gana México. Pero si van a seguir unos contra otros, es el cuento de nunca acabar.

De los políticos no espero grandes cosas. Soy franco: ya tuvimos 70 años de ver cómo actúa el PRI, no ha cambiado mucho. Ahí siguen Salinas y los tres ex góber preciosos de Puebla, Oaxaca y Veracruz [Mario Marín, Ulises Ruiz y Fidel Herrera], que ya sabemos qué tipo de políticos son. Del PAN ya vimos: van once años y medio que hemos visto cómo arruinaron al país. Alguna cosa harían bien, pero, ¿qué pueden prometer? ¿Más de lo mismo? ¿Más guerra? ¿La sumisión al capital financiero y la macroeconomía fregando a los pobres y al campo? Ah, pero eso sí: siendo más católicos yendo todos a misa, convenciendo a la gente de que la única solución es esperar del cielo. Del PRD ya sabemos que es un partido que está chucheando, se ha corrompido igual que los demás. Andrés Manuel viene de las mismas raíces que el PRI, pero quizás habría que darle el beneficio de la duda. No estoy diciendo con esto que sea el bueno. El pueblo reconoce que ninguno es el bueno.

Si no podemos esperar nada de ellos, pero son los que tienen las herramientas, ¿habrá que darles la vuelta?

No podemos darles la vuelta. La ley dice que tienen que ser ellos o ellos. La otra alternativa es la revolución, pero no la queremos. Tenemos que presionar desde la sociedad civil, presionar con todo y de forma organizada. Si no tenemos una estrategia de red, no sirve de nada. Nos vamos a atomizar, a cansar, a desgastar, y vamos a terminar siendo comparsas. Tenemos que rehacer un trabajo en red sabiendo que vienen tiempos difíciles. La última carta por echar es la de la sociedad civil. Si falla ésa, ya no hay nada más que hacer.

EV

El año pasado, el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad cobró fuerza, sumó a muchas personas, pero se ha ido desdibujando. Incluso Julián LeBarón decidió hacerse a un lado. ¿Cómo mantener esa cohesión como red?

Creo que no importa el movimiento. Ni Javier [Sicilia] ni yo. Lo que importa es canalizar todas las insatisfacciones, la sed, la indignación de la gente, canalizar todo eso a propuestas orgánicas.

El movimiento no podía tener solidez porque era una experiencia que se expresaba en caravanas, pero que no llegó a cuajar como movimiento. El Movimiento es otra cosa: una acción encadenada, articulada, de toda la sociedad civil, y no llegó ese momento porque era una unidad en la diversidad. Faltó cohesionarla, organizarla para darle fuerza a todas las expresiones que había. Sin embargo, ahí está la insatisfacción, está la gente y no importa si es el canal del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, por otro, o por todos juntos. Lo importante es juntarnos todos y hacer un proyecto único de Nación. Mientras no hagamos esto, va a tardar mucho el cambio en México. m

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