Volver al inicio

¿De rigurosa etiqueta?

La etiqueta es inabarcable, entendida como la codificación de todo trato con los demás, o incluso con uno mismo. Lo que sí está a nuestro alcance son los modales. 

Enviar por e-mailEnviar por e-mail
Antetitulos: 

“Porque todo tiene un porqué”: es la última y concluyente razón que brinda la Casa de Protocolo, institución española dedicada a la enseñanza de protocolo, a quienes se pregunten por qué tendrían que estudiar —claro— protocolo. Otra razón es: “Porque, aunque haya aprendido a caminar con un año, quiero aprender a hacerlo bien”. Quién va primero y quién después, cómo han de arreglarse los cubiertos en una mesa, en qué orden se saluda a los presentes; además, “las banderas no se colocan solas y como la gente desea”. Etcétera. Conocimiento intrincado de los comportamientos que conviene observar en sociedad, coreografía de las funciones diplomáticas, conjunto de los gestos mediante los cuales la propia educación se muestra al mundo, y también de aquellos de los que más vale abstenerse, todo código de etiqueta es una moral tajante: esto está bien, esto está mal, y no hay términos medios.

Pero regresemos unas líneas: ¿no sabemos caminar? Según los árbitros que vigilan estas normatividades, seguramente no: nadie sabrá en tanto no se haya aplicado a aprenderlo. Tampoco sabemos sentarnos. Ni hablar. Ni vestirnos. Ni subirnos al carruaje, ni cómo mover el abanico o disponer las flores, ni hacer el regalo correcto cuando una pareja amiga celebre su aniversario de seda. La etiqueta es inabarcable, entendida como la codificación de todo trato con los demás —y también como la ritualización de la vida a solas, por si fuera poco: el famosísimo Manual de Carreño, entre sus cientos de admoniciones, instruye también sobre las correctas formas de hallarse sin nadie más en la propia habitación. Y, por inabarcable, la etiqueta también termina por parecernos ajena: si ignoramos cuál es la ocasión justa para hacer una media caravana en presencia de la reina, lo más seguro es que no sólo ignoremos todo lo demás, sino también que jamás llegaremos a estar en presencia de ninguna reina.

Lo que sí está a nuestro alcance son los modales. Mientras que las normas de etiqueta son legislaciones rigurosas cuyo fin último es ostentar el refinamiento, la jerarquía y el estatus de quienes las acatan —y por eso al común de los mortales pueden resultarle tan ociosas: son propias de gente que no tiene gran cosa que hacer—, los modales básicos tienen explicaciones elementales en el sentido común y no buscan sino facilitar la convivencia: aunque también se llegue a ellos mediante la educación, lo que más cuenta cuando operan óptimamente es el respeto. Quizá no lleguemos a saber, ni nos haga falta, en qué ocasiones debe vestirse frac o cómo ha de tomarse la taza cuando nos inviten —que no nos invitarán— a tomar el té en la recepción del embajador. Pero sí sabemos que hay que saludar, despedirse, dar las gracias, callarse en el cine, evitar a los demás toda molestia evitable y no hablar con la boca llena, entre otro millón de formas de llevarnos mejor y ahorrarnos la pena. m.

  • Más reciente
  • Más popular
Allende sigue siendo una cicatriz de la guerra en México. Los...
Jueves, Junio 1, 2017 - 12:38
En un rincón de Shanghái, rodeado por un muro de cemento, se...
Jueves, Junio 1, 2017 - 00:30
El objetivo es ayudar a menores de escasos recursos para que recuperen la audición y retomen sus estudios.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), 360 millones de...
Jueves, Junio 1, 2017 - 00:30
Aunque existe un Sistema Nacional de Atención a Víctimas, los avances son pocos
En México, nueve de cada diez personas no denuncian los delitos, y...
Jueves, Junio 1, 2017 - 00:30

sígueme
  • RSS
  • Twitter
  • Facebook
  • Linkedin
  • Flickr
 

issuu.com

Publicidad

Web Diana Martin