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¿Cuánto vale un atardecer?

Esta carencia de cualidad del dinero promueve la ausencia de cualidades entre las personas que lo intercambian. En las transacciones financieras ninguna persona tiene valor, sólo el dinero lo tiene. Incluso las cualidades de los objetos se diluyen. Lo que cuenta no es su singularidad sino el precio que se paga por ellos.

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El dinero es ese símbolo arbitrario que permite equiparar la solución al hambre en el mundo con los beneficios que generan las redes de trata de personas: ambos temas están tasados por organismos internacionales en 30 mil millones de dólares anuales —y el dinero además permite llamar “beneficios” a dicha cantidad—.

En la misma tónica, el dinero hace que podamos preguntarnos cuánto cuesta el tratamiento para una persona que vive con VIH, cuánto cuesta el urinario de Marcel Duchamp y cuánto el rescate del Centro de Guadalajara en forma de Ciudad Creativa Digital. El dinero es el dios de nuestro tiempo, escribió hace un siglo Georg Simmel en su ensayo sobre Psicología del dinero, porque “toda la diversidad del mundo se aviene a unidad en él”.

Si el dinero se convierte en denominador común de todos los valores de la vida —continúa Simmel—, si la pregunta ya no es por lo que valen sino cuánto cuestan, entonces el carácter singular de esos valores se diluye. Si no se le puede poner precio a un atardecer, éste carece por completo de interés en el imaginario colectivo. Se puede constatar, en el mismo orden de ideas, que para algunos individuos sólo tiene valor lo que no pueden llegar a poseer.

Según Simmel, una de las cualidades más significativas de la razón humana consiste en convertir los medios en fines, dándoles valor autónomo. “Me gustan el dinero, los autos y las fiestas”, declaraba una modelo en una revista de actualidad, sin que la lógica de su afirmación sea que el dinero sirva para comprar autos o pagar fiestas.

Así, el dinero es más un valor que un signo de valor, un punto de intersección entre las mercancías sin ser él mismo una mercancía, que oculta un conjunto de factores psicológicos cruciales. Uno de ellos es que se trata de un valor que no está anclado en la cualidad —tanto si está acuñado en oro (cuyo valor no dejaría de ser arbitrario) como en papel—sino en la cantidad.

Esta carencia de cualidad del dinero promueve la ausencia de cualidades entre las personas que lo intercambian. En las transacciones financieras ninguna persona tiene valor, sólo el dinero lo tiene. Incluso las cualidades de los objetos se diluyen. Lo que cuenta no es su singularidad sino el precio que se paga por ellos. En un polo, la gran cantidad de cachivaches que se pueden comprar en la temporada de rebajas; en el otro, los artefactos cuyo valor radica en que cuestan una gran cantidad de dinero. Siempre la cantidad.

Pero, sobre todo, el dinero es un código —tener dinero/no tener dinero— que trastoca la realidad, poniéndose a sí mismo en el lugar absoluto de nuestras necesidades y nuestros deseos. “Si la realidad ha enloquecido tenemos que inventar conceptos delirantes”, señala el manifiesto Dinero gratis, que se propone como intervención psicopolítica: si el dinero es un valor en sí mismo, quitemos de en medio los méritos del trabajo para conseguirlo. m.

 

Para leer.

:: Cultura líquida y dinero, de Georg Simmel (Anthropos, 2010).

 

En la web.

:: Dinero gratis.

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