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Morelianas 2012

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Bajo una lluvia incesante, con largas filas y salas llenas transcurrió el primer fin de semana del Festival Internacional de Cine de Morelia, que fue inaugurado el sábado 3 con No (2012), la más reciente entrega del chileno Pablo Larraín. Los primeros días se exhibieron algunos de los estrenos internacionales que más expectativas me generaban: The Master (2012), Amour (2012), Anna Karenina (2012) y 7 días en la Habana (2012). Y no me han decepcionado, como se verá.



             No, que se estrena este fin de semana, se ubica en 1988, cuando las presiones internacionales obligaron al gobierno de Augusto Pinochet a organizar un plebiscito en el que se decidiría si el militar habría de seguir en el poder ocho años más. La oposición invita al publicista René Saavedra (interpretado por Gael García Bernal, quien ha sido el foco de todas las lentes por acá) para llenar los quince minutos diarios de televisión que le han asignado al “No”. Éste propone una estrategia que hace hincapié en la alegría y echa mano de las prácticas de su profesión, por lo que su campaña es similar a la que se diseñaría para vender cualquier producto. Su iniciativa prospera, pero genera disgustos entre propios y adversarios: los primeros porque creen que es una burla al dolor de las víctimas de la dictadura; los segundos porque comienza a tener éxito. Como en sus cintas anteriores (Tony Manero, Post Mortem), Larraín sigue a un individuo sin convicciones propias, que es insensible al curso de los eventos y que si bien sigue la dirección que le marcan los demás, no avanza y queda estancado. Exhibe, además, la profunda división de la sociedad chilena. El estilo, que deja ver una pátina ochentera y presenta colores “deslavados”, es pertinente para hacer visible la grisura que habita a su protagonista. El resultado es apasionante, otra vez.

 

            The Master, el largometraje más reciente de Paul Thomas Anderson inicia al final de la segunda guerra mundial. Registra las contrariedades de Freddie Quell (Joaquin Phoenix), un marino alcohólico con problemas mentales. Al terminar la guerra, éste vive en permanente estado de ebriedad y va de un trabajo a otro. Hasta que sube como polizón al barco Alethia, que comanda Lancaster Dodd (Philip Seymour Hoffman), un “científico y filósofo teórico” que encabeza La Causa. Ésta es una especie de secta que ofrece solucionar los problemas existenciales de sus “pacientes” regresándolos a sus vidas pasadas. Entre ambos se da una relación ambigua, entre la atracción sexual y los nexos padre-hijo: Dodd protege a Quell, pero también hace de él su “conejillo de Indias”; éste busca complacer a aquél y lo sigue con admiración. La historia sirve a Anderson para mostrar el atolondramiento que vivieron los que participaron en la guerra y el ambiente optimista que encontraron en casa: La Causa cree que el hombre puede acabar con las taras de su animalidad y alcanzar la perfección. Se examina además un modelo de familia que nació en los años cincuenta y se basa en la simulación. La visión de la cinta es desconcertante; si bien hay una riqueza considerable en los apuntes que hace sobre las carencias que están en el origen de algunas relaciones y la disposición al autoengaño por la que ellas se vuelven vitales, el relato es reiterativo, por momentos pretencioso y grandilocuente; y si hay momentos de gran intensidad dramática, también es cerebral… y fría. Con The Master Anderson obtuvo en Venecia el León de plata al mejor director, y Phoenix y Hoffman el de mejor actor (y no sería raro ver a alguno de ellos –o a ambos– nominado al Óscar).

 

            Con Amour Michael Haneke obtuvo su segunda Palma de oro. El alemán ingresa a la intimidad de Anne (Emmanuelle Riva) y Georges (Jean-Louis Trintignant), una pareja de ancianos ex músicos que habita un departamento parisino. Su relación es afable, pero un contratiempo cambia sus vidas: la salud de ella se deteriora y pierde movilidad, y él se hace cargo de sus necesidades. Conforme pasan los días, las cosas empeoran. Haneke explora día a día los conflictos que suponen la vejez y la incapacidad de hacerse cargo de uno mismo. Es entonces cuando cobra sentido el título. Con una cámara a menudo estática y largos planos, una fotografía notable (cortesía de Darius Khondji) y actuaciones sutiles Haneke hace una crónica cálida de la cotidianidad en la debacle de la vida. Propone además algunas dosis de simbolismo que sugieren un pasaje a lo sobrenatural, y el título cobra mayor sentido… y emotividad.

 

            Anna Karenina de Joe Wright es otra visita del cine (pero no una más) a la novela de Lev Tolstoi. La historia es, por lo tanto, conocida: el personaje epónimo (interpretado por Keira Knightley) viaja de San Petesburgo a Moscú para interceder por su infiel hermano ante su cuñada. Por allá conoce al conde Vronsky (Aaron Taylor-Johnson) y surge entre ellos un deseo irrefrenable. La peor parte la lleva ella, pues es casada y su pasión no sólo pone en riesgo su matrimonio sino que la aleja de su hijo. Wright concibe un fastuoso dispositivo teatral, nos guía por el escenario y va detrás de bastidores. Pero el teatro de la vida que se despliega ante nosotros no es estático, sino de una fluidez asombrosa –como en Atonement (2007)–, pues la cámara, en constante movimiento, enlaza espacios y situaciones, lo pequeño y lo majestuoso. La propuesta tiene su encanto, y es pertinente para explorar los meandros de lo irracional en una época –finales del siglo XIX– que se jactaba de su racionalidad.

 

            Como Paris, je t’aime (2006) y New York, I Love You (2009), 7 días en la Habana (2012) congrega una serie de cortometrajes que tienen como escenario la ciudad del título. Al Caribe, en esta ocasión, viaja un diverso y multinacional grupo de cineastas: Juan Carlos Tabío, Laurent Cantet, Gaspar Noé, Benicio del Toro, Julio Medem, Elia Suleiman y Pablo Trapero. A lo largo de una semana, seguimos historias que a menudo tienen como pretexto la llegada de algún extranjero (Emir Kusturica va a recibir un premio; un actor norteamericano –interpretado por Josh Hutcherson– va a la escuela de cine; un empresario español recluta artistas), quien se inserta en la cotidianidad habanera. El conjunto esboza un paisaje de calles y casas ruinosas, de precariedades económicas y dificultades cotidianas, pero también sigue a personajes alegres y enjundiosos.  Le dan sabor a los cortos la música, el humor y la sensualidad de las caribeñas. De este contexto escapa la propuesta de Noé, quien presenta un ritual santero para liberar a una chamaca de sus demonios sexuales. Como sucede con esta clase de proyectos, el resultado es desigual.

El festival comienza bien. Y ya hasta parece que sale el sol.

 

 

           

 

Texto publicado en el blog En pantalla de Letras Libres el 6 de noviembre de 2012

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