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En el cine no, ¡por favor!

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No acostumbro ver televisión. Pero cuando esto sucede, me aseguro de tener el control remoto a mano, para evitar imprevistos: de pronto, y luego de un comercial de muñecas que hablan o perritos que mueven la cola, pongamos por ejemplo, aparece algún merolico político. Entonces toca, de inmediato, cambiar de canal. No tengo ningún interés en escuchar las frases promocionales que los sesudos asesores de campaña hacen recitar a estos sujetos, de sonrisa tan falsa como constante, que buscan sentarse en la silla del presidente, o en la del gobernador, o en la que su megalomanía les demande. En la tele uno puede cambiar de canal, ¿pero en el cine?

 

     Tuve el gusto de ver Pina (2011), el genial documental de Wim Wenders –del que ya hablaremos en otra ocasión– que ha sido incluido en el programa de Ambulante de este año. Tuve el disgusto de no poder evitar ver lo que nos recetaron antes del primer plano que propone el alemán. Asistí a una de las salas comerciales (que, por cierto, son las únicas que cobran por ver los documentales ambulantes) a ver la película de marras. El disgusto comenzó con el retraso habitual: en estas salas nunca, pero nunca, inician las funciones a la hora que anuncian. Luego de la espera, y cuando por fin se apagaron las luces, los asistentes tuvimos que soportar una ráfaga de propaganda: del encopetado mayor, de su clon local, de un gordito medio calvo al que no le entendí nada; luego la dramatización del partido que dice luchar por la ecología y propone la pena de muerte. La verdad, qué fastidio. ¡No se vale!

            Como si no tuviéramos suficiente con ver las caras de estos tipos en espectaculares que contaminan el paisaje urbano; como si no tuviéramos suficiente con tener que cambiarle de canal, ahora nos los recetan en el cine. Pagar por un boleto para ver propaganda –y lo mismo va para la publicidad– es un abuso, un insulto, una falta de respeto al tiempo y la inteligencia de los que vamos a ver una película. Lo mínimo que podrían hacer los exhibidores es anunciar la hora en la que efectivamente va a iniciar la cinta por la que uno pagó, así uno podría evitarse el fastidio de ver las malas comedias propagandísticas que interpretan los candidatos.

            En el futuro, desafortunadamente, no nos salvaremos de ver a algunos de ellos, pero en el cine no, ¡por favor!

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